Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Un bol lleno de cáscaras de pipas y algunas colillas sembradas entre medias, bocetos de ese rasgo en concreto que no se me iba de la cabeza apilados por todas partes, algunos rasgados o arrugados, otros que habían sido relegados a posavasos. Ese rasgo estaba en cada punto en el que mirase: debajo de la cama, entre las páginas de un libro, en la papelera, clavado en la pared como un insecto disecado… Las islas maliciosas que flotan entre los ojos y la nariz.
¿Quién demonios eres? ¿Dónde te he visto? Ese rasgo que nublaba todo lo demás no tenía, a simple vista, nada de especial. Y tampoco me sentía capaz de plasmarlo con todo el detalle que me obsesionaba.
Y cuando te encuentre, de todas maneras, ¿qué te diré? ¿Qué vida estarás llevando? Tal vez seas un violador, o un polvo de una noche, o tengas pareja, o ni siquiera vivamos en el mismo país. Quizá te vea y no te reconozca. Y tú, ¿me reconocerías a mí? ¿Te habrán inyectado en las sienes también un rasgo que sea únicamente mío?
Nos cruzaremos por la calle, entre la multitud, y esa humareda de rostros desdibujará los nuestros.
Me senté en el alféizar de la venta y estudié los edificios y sus luciérnagas. Como si éstas pudiesen hablarme en ese lenguaje que parpadea sobre la grasa de la ciudad. El apartamento era pequeño, sin paredes. La cama estaba junto a la ventana, y la cocina, al otro extremo. Los libros se amontonaban en las esquinas a falta de estanterías. La luz del baño estaba encendida, blanca mortuoria y derramada sobre el azulejo enfermo.
A veces los neones de las metrópolis llaman a los fantasmas. ¿Serás tú uno de ellos, que se ha quedado atrapado en alguna de mis bombillas?
Su cara iba dibujándose cada vez con más precisión tras mis párpados. Tenía ojos de egipcio. Pero podría tratarse de mi propia imaginación intentando completar el puzle por su cuenta. Garabateé un nuevo boceto.
Cada trazo hacía más real al fantasma, lo acercaba al mundo vivo y violento que se veía desde mi ventana. Aparece, aparece. Porque tú serás mi igual. Como un demiurgo dibujé un esqueleto, luego los músculos, luego la piel…Y, mientras lo hacía, imaginaba el tono de su voz y todos esos diminutos detalles que forman un todo. Le hablé de mi apartamento, de los libros que me gustaban, de las películas que había visto recientemente, de los pocos sitios en los que había estado.
Durante tres días de brujería instruí a ese garabato borroso en todo lo que yo conocía, aunque no fuera mucho. Leí y canté para él. Me tumbé en la cama desnuda tras la ducha y le mostré mi virginidad sin ningún pudor. Me acaricié para él.
Durante tres días él fue el reflejo de un yo que desconocía. Y me hizo libre.
Al cuarto día me atreví a guardarlo con cuidado fuera de mi vista. Me vestí y salí a comer sola. Todos los sentidos que había masticado y tragado regresaron a mí, hambrientos. ¡Diabólica y feliz caminé, iluminada por ese viaje a través de la oscuridad y el cuerpo!
¿Quién demonios eres? ¿Dónde te he visto? Ese rasgo que nublaba todo lo demás no tenía, a simple vista, nada de especial. Y tampoco me sentía capaz de plasmarlo con todo el detalle que me obsesionaba.
Y cuando te encuentre, de todas maneras, ¿qué te diré? ¿Qué vida estarás llevando? Tal vez seas un violador, o un polvo de una noche, o tengas pareja, o ni siquiera vivamos en el mismo país. Quizá te vea y no te reconozca. Y tú, ¿me reconocerías a mí? ¿Te habrán inyectado en las sienes también un rasgo que sea únicamente mío?
Nos cruzaremos por la calle, entre la multitud, y esa humareda de rostros desdibujará los nuestros.
Me senté en el alféizar de la venta y estudié los edificios y sus luciérnagas. Como si éstas pudiesen hablarme en ese lenguaje que parpadea sobre la grasa de la ciudad. El apartamento era pequeño, sin paredes. La cama estaba junto a la ventana, y la cocina, al otro extremo. Los libros se amontonaban en las esquinas a falta de estanterías. La luz del baño estaba encendida, blanca mortuoria y derramada sobre el azulejo enfermo.
A veces los neones de las metrópolis llaman a los fantasmas. ¿Serás tú uno de ellos, que se ha quedado atrapado en alguna de mis bombillas?
Su cara iba dibujándose cada vez con más precisión tras mis párpados. Tenía ojos de egipcio. Pero podría tratarse de mi propia imaginación intentando completar el puzle por su cuenta. Garabateé un nuevo boceto.
Cada trazo hacía más real al fantasma, lo acercaba al mundo vivo y violento que se veía desde mi ventana. Aparece, aparece. Porque tú serás mi igual. Como un demiurgo dibujé un esqueleto, luego los músculos, luego la piel…Y, mientras lo hacía, imaginaba el tono de su voz y todos esos diminutos detalles que forman un todo. Le hablé de mi apartamento, de los libros que me gustaban, de las películas que había visto recientemente, de los pocos sitios en los que había estado.
Durante tres días de brujería instruí a ese garabato borroso en todo lo que yo conocía, aunque no fuera mucho. Leí y canté para él. Me tumbé en la cama desnuda tras la ducha y le mostré mi virginidad sin ningún pudor. Me acaricié para él.
Durante tres días él fue el reflejo de un yo que desconocía. Y me hizo libre.
Al cuarto día me atreví a guardarlo con cuidado fuera de mi vista. Me vestí y salí a comer sola. Todos los sentidos que había masticado y tragado regresaron a mí, hambrientos. ¡Diabólica y feliz caminé, iluminada por ese viaje a través de la oscuridad y el cuerpo!
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