Irma Recio Lopez
Poeta recién llegado
Los rayos se esconden del sol, en poniente
el astro fulgura desoladamente
y motea el verde de las hojas verdes
de un carmín intenso que estalla y se pierde.
La noche se acerca trágica y aleve,
con su negro manto cubre las paredes,
las calles desiertas, la estatua, la fuente;
la plaza serena, se silencia inerte.
El frío pulula áspero y grosero,
el cielo se tiñe de gris aguacero,
las estrellas huyen, se oculta la luna
y el paisaje todo se sumerge en bruma.
Él, lo observa todo pues todo lo sabe,
todo lo analiza, lo sopesa grave,
pero nadie entiende su mensaje oscuro
y vaga impaciente prosaico y absurdo.
Con mano pesada coge la botella,
la mira, la toca, la huele, la aferra,
la empina y con ansias la acerca a su boca,
se bebe de a tragos su hiel y su bronca.
Sentado en el banco de la plaza vieja,
delira, suspira, blasfema, protesta;
el alcohol le aporta la filosofía
de toda la vida, de todos los días.
Perdida la cuenta de todos sus años,
los que se escaparon tras los desengaños,
se encuentra muy solo, borracho y perdido,
sin amor ni amigos, sin Fe, sin abrigo.
Intuye agorero que alguna mañana,
aquella en que febo queme con más ganas,
sus huesos cansados hallarán olvido
sobre el duro banco, desnudo y sombrío.
Las lágrimas corren por su cara bruna,
las manos se crispan, ásperas, huesudas;
con algunos tragos se evade del frío
y entre copa y copa, se queda dormido.
el astro fulgura desoladamente
y motea el verde de las hojas verdes
de un carmín intenso que estalla y se pierde.
La noche se acerca trágica y aleve,
con su negro manto cubre las paredes,
las calles desiertas, la estatua, la fuente;
la plaza serena, se silencia inerte.
El frío pulula áspero y grosero,
el cielo se tiñe de gris aguacero,
las estrellas huyen, se oculta la luna
y el paisaje todo se sumerge en bruma.
Él, lo observa todo pues todo lo sabe,
todo lo analiza, lo sopesa grave,
pero nadie entiende su mensaje oscuro
y vaga impaciente prosaico y absurdo.
Con mano pesada coge la botella,
la mira, la toca, la huele, la aferra,
la empina y con ansias la acerca a su boca,
se bebe de a tragos su hiel y su bronca.
Sentado en el banco de la plaza vieja,
delira, suspira, blasfema, protesta;
el alcohol le aporta la filosofía
de toda la vida, de todos los días.
Perdida la cuenta de todos sus años,
los que se escaparon tras los desengaños,
se encuentra muy solo, borracho y perdido,
sin amor ni amigos, sin Fe, sin abrigo.
Intuye agorero que alguna mañana,
aquella en que febo queme con más ganas,
sus huesos cansados hallarán olvido
sobre el duro banco, desnudo y sombrío.
Las lágrimas corren por su cara bruna,
las manos se crispan, ásperas, huesudas;
con algunos tragos se evade del frío
y entre copa y copa, se queda dormido.