Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Villablanca
A tantos de tantos de dos mil y tantos
Mi querida Lara:
La calle donde vivían mis padres, aquella en que nosotros también vivimos, desemboca en la plaza Circular, sí, la plaza grande de jardines y bancos, donde jugaban los niños y se sentaban al sol de la tarde los ancianos. Hoy, he pasado por allí, he recorrido las calles por las que caminé tantas veces. He dejado a un lado el viejo kiosco de los periódicos, donde siguen despachando la prensa diaria, aunque ahora sea una jovencita quien atiende y no el hombre aquel del gesto serio y la boina negra. Sin darme cuenta me he apoyado en el buzón de correos; el viejo buzón de correos, repintado ahora con los nuevos colores, pero con sus zonas oxidadas por los años de intemperie, que han dejado huella del paso del tiempo. Y he recordado las innumerables veces que me acerqué a él, con una carta en las manos y la emoción de las palabras que te había escrito. Aquellas cartas largas de las tardes de verano cuando casi el sol caía y yo me ponía a escribir mientras desde el salón venía, lejana y queda, la música de alguna orquesta que escuchaba mi madre en el aparato de radio. Llegaban entonces todas las palabras, aquellas que contigo delante no acertaba a decir pero que, con la pluma entre los dedos, pugnaban por salir, para vestir sentimientos, para hablar de amores, para decirte cómo te echaba de menos y cómo extrañaba tu presencia. Y una vez terminadas, en aquel papel blanco, inmaculado sobre el que rasgueaba la sheaffer, aquella estilográfica ¿recuerdas? que me había regalado mi padre cuando ingresé en la facultad, la colocaba con cuidado en el sobre, ponía tu dirección, el sello de rigor y salía hasta el buzón para que estuviese en él antes de la última recogida. Cuántas veces, al depositar el sobre, me apoyaba sobre el buzón para hacerle confidencias o para pedirle que la carta fuese rauda hasta tus manos. Allí dejaba esperanzas, sueños aquel futuro que pensábamos y que la vida se encargó de deshacer. Tiempo hermoso, de juventud, cuando piensas que el devenir será como tú has planificado.
Te extrañará que te haya escrito, más cuando hace tantos años que nuestros caminos se han separado, pero hoy me pudo la nostalgia y, por unos instantes he recordado aquellos momentos y has venido a mi memoria.
No hay un reproche, no. Ni tan siquiera una queja. No es momento, ni hay razón para ello. Es, simplemente, volver la vista atrás, como un grato recuerdo.
Espero que te encuentres bien, ya que hace mucho que nada sé de ti. Un abrazo.
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