Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
En una esquina del potrero, tendido de lado en la gramilla y chispeado íntegramente de sudor y rocío, aquel caballo negro semejaba un retazo de noche caído a la tierra. Un copioso firmamento que, con su mano izquierda quebrada, arrastrándose, luchaba imperiosamente por incorporarse y devolverse a las alturas. Como no podía, con los ojos desorbitados de dolor e impotencia, resollaba, y al cabo de unos momentos, volvía a revelarse contra su mal.
Era una lástima ver aquel prodigio equino desparramado en el suelo, pataleando iracundo con sus tres patas sanas; coceando en vano el aire de su desgracia. Quinientos kilos de rebeldía y brío, humillados en tierra por la impericia humana: “Cuando lo atracamos al palenque, se puso como loco. Se enredó la mano en la piola y se la quebró nomás”, me explicó a la pasada un peón.
Con mi padre, nos habíamos allegado al establecimiento ganadero a fin de adquirir algunos novillos. Mientras veíamos los animales disponibles, de tanto en tanto, yo me volvía a observar la angustiosa lucha de aquel animal. “Aquel y aquel”, oí decir mi padre, eligiendo los vacunos. Acto que me reintegró por fin a nuestro único propósito.
Fue entonces, cuando a mis espaldas, el ‘humanitario’ marronazo en la frente del potro herido, sonó como una campana de piedra. El peón encargado de su sacrificio, siguió su trajín *marrón al hombro como si tal cosa. Ni un solo verso de Yupanqui ni de ningún otro juglar criollo, sujetó su brazo. Para qué, era lo lógico: “Qué v’andar sufriendo inutilizao por más tiempo, el *sotreta”, comentó el verdugo.
Ahora, viendo inmóvil al compañero de siglos de la historia del hombre y su hazaña, en un vano arrebato defensor, íntimamente le digo: ‘Vos no tuviste la culpa de lo que te pasó, hermano. Qué culpa vas a tener de depender de la brutalidad humana y de *chambones encima’. Pero reitero, nosotros habíamos venido por otro asunto: “Y también aquellos cuatro *pampas”, concluyó mi padre en su elección.
Ya de vuelta, mientras fumo, contemplo la noche; su firmamento. Felizmente la noche está entera. A pesar de que una funda azabache de piel con huesos, colgará de un gancho de frigorífico o se irá pudriendo en la hondonada que le destinen, al firmamento no le falta ningún retazo; el caballo negro galopa muy alto otra vez, fuera de tiro de *sobeo. Ese es mi magro consuelo de “paisano extraño” (de poeta).
Qué más puedo hacer, sino asimilar la impotencia del bien frustrado y su pena.
©Juan Oriental
Glosario criollo:
*Marrón: Mazo de hierro.
*Chambones: Inexpertos.
*Sotreta: Rocín ordinario.
*Pampas: Raza vacuna.
*Sobeo: Lazo de tientos de cuero trenzados.
Era una lástima ver aquel prodigio equino desparramado en el suelo, pataleando iracundo con sus tres patas sanas; coceando en vano el aire de su desgracia. Quinientos kilos de rebeldía y brío, humillados en tierra por la impericia humana: “Cuando lo atracamos al palenque, se puso como loco. Se enredó la mano en la piola y se la quebró nomás”, me explicó a la pasada un peón.
Con mi padre, nos habíamos allegado al establecimiento ganadero a fin de adquirir algunos novillos. Mientras veíamos los animales disponibles, de tanto en tanto, yo me volvía a observar la angustiosa lucha de aquel animal. “Aquel y aquel”, oí decir mi padre, eligiendo los vacunos. Acto que me reintegró por fin a nuestro único propósito.
Fue entonces, cuando a mis espaldas, el ‘humanitario’ marronazo en la frente del potro herido, sonó como una campana de piedra. El peón encargado de su sacrificio, siguió su trajín *marrón al hombro como si tal cosa. Ni un solo verso de Yupanqui ni de ningún otro juglar criollo, sujetó su brazo. Para qué, era lo lógico: “Qué v’andar sufriendo inutilizao por más tiempo, el *sotreta”, comentó el verdugo.
Ahora, viendo inmóvil al compañero de siglos de la historia del hombre y su hazaña, en un vano arrebato defensor, íntimamente le digo: ‘Vos no tuviste la culpa de lo que te pasó, hermano. Qué culpa vas a tener de depender de la brutalidad humana y de *chambones encima’. Pero reitero, nosotros habíamos venido por otro asunto: “Y también aquellos cuatro *pampas”, concluyó mi padre en su elección.
Ya de vuelta, mientras fumo, contemplo la noche; su firmamento. Felizmente la noche está entera. A pesar de que una funda azabache de piel con huesos, colgará de un gancho de frigorífico o se irá pudriendo en la hondonada que le destinen, al firmamento no le falta ningún retazo; el caballo negro galopa muy alto otra vez, fuera de tiro de *sobeo. Ese es mi magro consuelo de “paisano extraño” (de poeta).
Qué más puedo hacer, sino asimilar la impotencia del bien frustrado y su pena.
©Juan Oriental
Glosario criollo:
*Marrón: Mazo de hierro.
*Chambones: Inexpertos.
*Sotreta: Rocín ordinario.
*Pampas: Raza vacuna.
*Sobeo: Lazo de tientos de cuero trenzados.
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