el café

marquelo

Negrito villero
Entro en un café. A mi costado un viejo aguanta el
peso del pasado en una celda roja de vino. Sabe que ha terminado en
este convento de recuerdos, como en un rosario sin fin de voces que
se estrechan en las mesas.

Lo miro apenas al llegar;
desconozco las partidas de nacimiento y no sé su nombre,
sé sin embargo que nombre llevan sus ojos, pero me ha visto entrar con
las burlas de la lluvia, con mis zapatos de carretera vieja dispuestas

a buscar camino.

Pido un café tiritando con la tarde y mis huesos
suenan impostando
a las campanas.

Y la fondera llega a mí con ese aire de sueño transgredido por el
humo.
Pido la cuenta, ella me responde: "este te la ha pagado".

Miro ahora al viejo con detalle matemático
me afianzo solidario en lo que fue su suma, pero ahora veo solo la
resta de sus cabellos.
Pienso que llegaré también a ser resta / rellenar crucigramas o malos
poemas.
Me voy dejándole unas palmadas en su brazo y los restos de mi lucha
con la lluvia. Asienta.
Pienso que sólo le falta salir a la calle,

pasear a su estómago hasta el final del camino

para que vea nuevamente como antes, valiente y enamorado

el atardecer.

 
Entro en un café. A mi costado un viejo aguanta el
peso del pasado en una celda roja de vino. Sabe que ha terminado en
este convento de recuerdos, como en un rosario sin fin de voces que
se estrechan en las mesas.

Lo miro apenas al llegar;
desconozco las partidas de nacimiento y no sé su nombre,
sé sin embargo que nombre llevan sus ojos, pero me ha visto entrar con
las burlas de la lluvia, con mis zapatos de carretera vieja dispuestas

a buscar camino.

Pido un café tiritando con la tarde y mis huesos
suenan impostando
a las campanas.

Y la fondera llega a mí con ese aire de sueño transgredido por el
humo.
Pido la cuenta, ella me responde: "este te la ha pagado".

Miro ahora al viejo con detalle matemático
me afianzo solidario en lo que fue su suma, pero ahora veo solo la
resta de sus cabellos.
Pienso que llegaré también a ser resta / rellenar crucigramas o malos
poemas.
Me voy dejándole unas palmadas en su brazo y los restos de mi lucha
con la lluvia. Asienta.
Pienso que sólo le falta salir a la calle,

pasear a su estómago hasta el final del camino

para que vea nuevamente como antes, valiente y enamorado

el atardecer.

"Pido un café tiritando con la tarde y mis huesos
suenan impostando
a las campanas."


Me gusta el café y tomarlo con versos, con buenos versos,ya ni te cuento.
Es un poema muy bueno, compañero,mucho...
Un abrazo
 

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