Arturo Riquelme
Poeta adicto al portal
El poeta entre los gorriones...
en él funciona la oreja,
el sonido, las piedras que hallan
voces.
Con las mismas preguntas de siempre,
adorando las insignias del silencio
con su villorrio de letras prisioneras,
un antes y un mucho antes
de su ingenuidad, cortando el aire,
su precaria frenología de lo invisible
en su útero eterno de fantasía
en oleajes peregrinos,
con el esqueleto disfrazado de cuerpo
intermitente, sin ser un poeta
a ciencia cierta, en su ombligo
de escritor algo brujo de las silabas
profanas,
él se contagia de pesares
y rueda como un puente
que no lleva agua, se desase de las cartas viejas,
de amores inexactos,
les prende fuego, luego;
las ceniza son las mismas
cremas con que sacude las arrugas del día.
Es una desgracia ver la poesía en la calle,
es una tremenda desgracia no escribirla,
la memoria me falla, escribo en platos rotos,
en servilletas,
en los charcos, a veces en tu piel.
¿Para qué los versos en las tormentas?
él maneja sus propios holocaustos,
y se perfila como un demonio de la estética,
parecería que sus armas están sin pólvora,
sin filo, sin el dominio de la peripecia del instante.
Él no alcanza a medir sus versos
ni quiere ser seducido por el ascenso;
aquel que se levanta
en la imaginación
de su física de letras mortificadas.
en él funciona la oreja,
el sonido, las piedras que hallan
voces.
Con las mismas preguntas de siempre,
adorando las insignias del silencio
con su villorrio de letras prisioneras,
un antes y un mucho antes
de su ingenuidad, cortando el aire,
su precaria frenología de lo invisible
en su útero eterno de fantasía
en oleajes peregrinos,
con el esqueleto disfrazado de cuerpo
intermitente, sin ser un poeta
a ciencia cierta, en su ombligo
de escritor algo brujo de las silabas
profanas,
él se contagia de pesares
y rueda como un puente
que no lleva agua, se desase de las cartas viejas,
de amores inexactos,
les prende fuego, luego;
las ceniza son las mismas
cremas con que sacude las arrugas del día.
Es una desgracia ver la poesía en la calle,
es una tremenda desgracia no escribirla,
la memoria me falla, escribo en platos rotos,
en servilletas,
en los charcos, a veces en tu piel.
¿Para qué los versos en las tormentas?
él maneja sus propios holocaustos,
y se perfila como un demonio de la estética,
parecería que sus armas están sin pólvora,
sin filo, sin el dominio de la peripecia del instante.
Él no alcanza a medir sus versos
ni quiere ser seducido por el ascenso;
aquel que se levanta
en la imaginación
de su física de letras mortificadas.
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:: un abrazo cordial