La soledad de mi casa
se llena de diminutos ruidos
que como finas y agudas notas
se introducen en mis oídos.
Vibra todo el tiempo
un zumbido fino
que acompaña al silencio
siempre que duermen
los demás ruidos.
Como estoy a falta de esta música
la saboreo como si se tratara
de la mejor de las orquestas;
me zambullo en ella feliz.
Cuando los días de fiesta asoman,
me levanto despacio
para no despertar a nadie
y me regodeo
en la soledad ficticia de la mañana.
Estiro el tiempo lentamente,
hago mía por un rato la cocina,
la hago mi castillo de hadas,
y de la terraza su jardín
del cual miro despacio
todas sus plantas,
hasta que alguna “almita silenciosa”
me rodea con sus brazos
sin decir una palabra
y comenzamos el día
con los jaleos de siempre
y las risas
que tanto me encantan.
se llena de diminutos ruidos
que como finas y agudas notas
se introducen en mis oídos.
Vibra todo el tiempo
un zumbido fino
que acompaña al silencio
siempre que duermen
los demás ruidos.
Como estoy a falta de esta música
la saboreo como si se tratara
de la mejor de las orquestas;
me zambullo en ella feliz.
Cuando los días de fiesta asoman,
me levanto despacio
para no despertar a nadie
y me regodeo
en la soledad ficticia de la mañana.
Estiro el tiempo lentamente,
hago mía por un rato la cocina,
la hago mi castillo de hadas,
y de la terraza su jardín
del cual miro despacio
todas sus plantas,
hasta que alguna “almita silenciosa”
me rodea con sus brazos
sin decir una palabra
y comenzamos el día
con los jaleos de siempre
y las risas
que tanto me encantan.