Évano
Libre, sin dioses.
Su rostro lo recorrían amplias rayas diagonales, de pinturas verdes y negras, para camuflarse entre las ramas y árboles de la noche. La vestimenta de cazador, de similares colores, acompañaban al disfraz, así como las pesadas botas militares.
Permanecía en silencio, agazapado entre robles y zarzas, a pocos metros de una trampa, con olor a vainilla, que atraería al oso a la carne de ciervo; y si este no caía en en el lazo, siempre podría dispararle a bocajarro. Había dado los pasos adecuados, incluso escondiéndose en contra del viento, para no poder ser olido por el animal.
El viento arreciaba en frescor, ululando entre el robledal. La aldea se divisaba en el fondo del angosto valle, gracias a seis farolas de luz amarillenta, de esas que no estorban en la contemplación de estrellas. No sé para qué, este tierra no la visita ni Dios, se dijo Ligio, ¿quién demonios va a venir hasta aquí a contemplar las estrellas? ¡Menuda idiotez! Las casas, construidas con cantos de río y pizarra, no estaban habitadas en esa época del año. Era alta montaña, abandonada hacía décadas por los aldeanos; sólo en verano la visitaban unas cuantas almas. En el duro invierno, Ligio, se convertía en el guardián de aquellos páramos.
Oyó chasquear la hojarasca, dejando casi de respirar. Los débiles rayos, de una luna sin formar, incidían en el pequeño claro. Abrió los ojos todo lo que pudo, colocándolos bien entre los agujeros del pasamontañas y se quitó el guante de la mano derecha, para poder disparar sin dificultad. Pronto se cercioró del tremendo frío de la madrugada. Encajó la culata de la escopeta al hombro. Estoy listo; cuando quieras amigo, adelante...
Unos brazos inmensos, de pelo grueso, con sus dedos, fue lo primero que apareció alrededor de la trampa. Ligio se sobresaltó. Ahora no respiraba. Unos hombros anchísimos con una enorme cabeza humana, oculta entre larguísimos cabellos y barbas, aparecieron tras los potentes brazos. Entró totalmente en el claro, dejándose ver entera, la extraña criatura. Al erguirse mostró su increíble altura, de dos hombres. Miró la carne y la cogió. Ligio se vio incapaz de tirar de la cuerda y encadenar a tan enorme bestia, y mucho menos dispararle. El más mínimo fallo sería su sentencia de muerte.
La bestia cargó con la carne de ciervo y anduvo en dirección a un Ligio aterrorizado y que deliraba consigo mismo. ¿Qué demonios...? ¡Lárgate, no quiero dispararte! ¡Vamos hombre...!, hay sitio en estas montañas para los dos. Fuera, fuera, fuera... La bestia ya estaba encima. El disparo y un grito ensordecedor rompieron el silencio de la noche. Cayó de espaldas el gigantesco monstruo, con un hombro sangrante. Ligio corrió como un loco, ladera abajo, buscando el refugio de su casa y la aldea. Tropezó en una piedra, torciéndose el tobillo y perdiendo un teléfono móvil inútil, al no haber cobertura en toda aquella zona. Corría a la pata coja, arañándose en las innumerables espinas de las zarzas mientras sentía el aliento persiguiéndole y oía sus terribles gruñidos y el olor de un monstruo poderoso y terrible. Cayó dos veces más antes de llegar a la entrada de la aldea. Debo haberlo herido gravemente, parece que no ha podido alcanzarme, se decía ahora en voz alta y tartamuda.
Continuó, utilizando la escopeta como muleta, hasta la puerta de su casa, cerrando rápidamente. Se quitó el pasamontañas y los guantes y se secó con un trapo de cocina el sudor del rostro y manos. Se asomó a la ventana del comedor, desde donde divisaba esa parte de la aldea. A unos metros, mal relucía en amarillos una de las farolas. Subió al planta de arriba, para estar más seguro, y observó desde allí, tras las cortinas de una pequeña ventana. Por la ladera de la montaña bajaban más de una docena de estas bestias. Bajo la luz amarillenta de la farola cercana a su casa aullaba, con gritos terroríficos, la bestia herida en el hombro. Le temblaban las piernas y le tiritaba todo el cuerpo, chirriándole las mandíbulas. Era incapaz de mantenerse en pie..
Permanecía en silencio, agazapado entre robles y zarzas, a pocos metros de una trampa, con olor a vainilla, que atraería al oso a la carne de ciervo; y si este no caía en en el lazo, siempre podría dispararle a bocajarro. Había dado los pasos adecuados, incluso escondiéndose en contra del viento, para no poder ser olido por el animal.
El viento arreciaba en frescor, ululando entre el robledal. La aldea se divisaba en el fondo del angosto valle, gracias a seis farolas de luz amarillenta, de esas que no estorban en la contemplación de estrellas. No sé para qué, este tierra no la visita ni Dios, se dijo Ligio, ¿quién demonios va a venir hasta aquí a contemplar las estrellas? ¡Menuda idiotez! Las casas, construidas con cantos de río y pizarra, no estaban habitadas en esa época del año. Era alta montaña, abandonada hacía décadas por los aldeanos; sólo en verano la visitaban unas cuantas almas. En el duro invierno, Ligio, se convertía en el guardián de aquellos páramos.
Oyó chasquear la hojarasca, dejando casi de respirar. Los débiles rayos, de una luna sin formar, incidían en el pequeño claro. Abrió los ojos todo lo que pudo, colocándolos bien entre los agujeros del pasamontañas y se quitó el guante de la mano derecha, para poder disparar sin dificultad. Pronto se cercioró del tremendo frío de la madrugada. Encajó la culata de la escopeta al hombro. Estoy listo; cuando quieras amigo, adelante...
Unos brazos inmensos, de pelo grueso, con sus dedos, fue lo primero que apareció alrededor de la trampa. Ligio se sobresaltó. Ahora no respiraba. Unos hombros anchísimos con una enorme cabeza humana, oculta entre larguísimos cabellos y barbas, aparecieron tras los potentes brazos. Entró totalmente en el claro, dejándose ver entera, la extraña criatura. Al erguirse mostró su increíble altura, de dos hombres. Miró la carne y la cogió. Ligio se vio incapaz de tirar de la cuerda y encadenar a tan enorme bestia, y mucho menos dispararle. El más mínimo fallo sería su sentencia de muerte.
La bestia cargó con la carne de ciervo y anduvo en dirección a un Ligio aterrorizado y que deliraba consigo mismo. ¿Qué demonios...? ¡Lárgate, no quiero dispararte! ¡Vamos hombre...!, hay sitio en estas montañas para los dos. Fuera, fuera, fuera... La bestia ya estaba encima. El disparo y un grito ensordecedor rompieron el silencio de la noche. Cayó de espaldas el gigantesco monstruo, con un hombro sangrante. Ligio corrió como un loco, ladera abajo, buscando el refugio de su casa y la aldea. Tropezó en una piedra, torciéndose el tobillo y perdiendo un teléfono móvil inútil, al no haber cobertura en toda aquella zona. Corría a la pata coja, arañándose en las innumerables espinas de las zarzas mientras sentía el aliento persiguiéndole y oía sus terribles gruñidos y el olor de un monstruo poderoso y terrible. Cayó dos veces más antes de llegar a la entrada de la aldea. Debo haberlo herido gravemente, parece que no ha podido alcanzarme, se decía ahora en voz alta y tartamuda.
Continuó, utilizando la escopeta como muleta, hasta la puerta de su casa, cerrando rápidamente. Se quitó el pasamontañas y los guantes y se secó con un trapo de cocina el sudor del rostro y manos. Se asomó a la ventana del comedor, desde donde divisaba esa parte de la aldea. A unos metros, mal relucía en amarillos una de las farolas. Subió al planta de arriba, para estar más seguro, y observó desde allí, tras las cortinas de una pequeña ventana. Por la ladera de la montaña bajaban más de una docena de estas bestias. Bajo la luz amarillenta de la farola cercana a su casa aullaba, con gritos terroríficos, la bestia herida en el hombro. Le temblaban las piernas y le tiritaba todo el cuerpo, chirriándole las mandíbulas. Era incapaz de mantenerse en pie..
Última edición:
::no se lo pueden comer ,el no queria lastimarlo ,no es justo,exijo que pase un milagro o un angel aguerrido lo salve ,
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