José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
EL CIEGO NO MIRA, PERO SABE VER.
Mira, ven, asómate al balcón.
Observa a ese hombre que camina
con su perro y su bastón.
No notas algo en él?
Y no me refiero a su blanco bastón,
ni a sus gafas de pasta negras que le protegen
de las piadosas miradas del peatón.
Ni siquiera a ese gran amigo
su perro lazarillo, su guía,
que le bloquea el paso hacia la cruel vía
donde ruedas de caucho y rugir de motores
le esperan y hacen peligrar su vida.
Me refiero a su concurrida soledad,
a esa soledad que le acompaña
por las calles de la ciudad
aislado de la ruidosa maraña
que despierta en los viandantes
su osada curiosidad.
Va caminando envuelto en su manto opaco
que bloquea la luz del arco iris en sus ojos.
No te parece excepcional, surrealista… irreal?
Es capaz de tropezar solo con su sombra
y seguir el rastro de su destino
sin la necesidad de apoyarse en luces de colores
-que es el bastón de los no ciegos,
que distorsionan los caminos
manipulados por sus avariciosos sueños-.
Siempre le acompañan, su soledad
y esa alargada sombra,
fieles amigas de calle y alcoba, que aunque
a veces las ignore, nunca le abandonan.
Mira, se ha detenido frente al paso de peatones,
al lado del semáforo cantarín con sonidos de colores.
Los coches le pasan muy cerca.
Te fijas en la gente que le rodea,
a su lado pasan sin fijarse en él.
Algún despistado le mira y duda
si ofrecer su ayuda,
pues no tienen claro como hacerse ver.
No le dicen nada y siguen su camino.
Un leve remordimiento les adivino.
Se justifican así mismos:
¡Claro, si tiene un perro lazarillo,
que va a necesitar de él!
Sigue estando solo, a los ojos de los que miran,
pero que no ven, que desconocen su valía
y también desconocen que su vida,
son cuadros que solo sabe pintar él.
Que utiliza los colores de su paleta que no necesitan luz,
y su armonía, son reflejos de historias en viñetas,
en negros vivos y grises tostados sin silueta.
Buscando siempre el equilibrio que se oculta y se pierde
entre sus musas, que buscan la caída del sol en rojo fuego
y el resurgir de la orate luna en su frío cielo.
Que siempre encuentran y saben ver.
Pues los ojos que tiene el ciego, y que no miran,
son los que saben y pueden ver…
pueden ver la verdad que nos acecha.
No necesitan un alto para otear desde la cima
la mediocridad que nos asfixia y no queremos ver.
“No hay mayor ceguera,
que la de aquellos que miran,
y se tapan los ojos ante el brillo que reflejan
la compasión y la honradez,
despertadores de conciencias…
y hacen que no los ven”.
Mira, ven, asómate al balcón.
Observa a ese hombre que camina
con su perro y su bastón.
No notas algo en él?
Y no me refiero a su blanco bastón,
ni a sus gafas de pasta negras que le protegen
de las piadosas miradas del peatón.
Ni siquiera a ese gran amigo
su perro lazarillo, su guía,
que le bloquea el paso hacia la cruel vía
donde ruedas de caucho y rugir de motores
le esperan y hacen peligrar su vida.
Me refiero a su concurrida soledad,
a esa soledad que le acompaña
por las calles de la ciudad
aislado de la ruidosa maraña
que despierta en los viandantes
su osada curiosidad.
Va caminando envuelto en su manto opaco
que bloquea la luz del arco iris en sus ojos.
No te parece excepcional, surrealista… irreal?
Es capaz de tropezar solo con su sombra
y seguir el rastro de su destino
sin la necesidad de apoyarse en luces de colores
-que es el bastón de los no ciegos,
que distorsionan los caminos
manipulados por sus avariciosos sueños-.
Siempre le acompañan, su soledad
y esa alargada sombra,
fieles amigas de calle y alcoba, que aunque
a veces las ignore, nunca le abandonan.
Mira, se ha detenido frente al paso de peatones,
al lado del semáforo cantarín con sonidos de colores.
Los coches le pasan muy cerca.
Te fijas en la gente que le rodea,
a su lado pasan sin fijarse en él.
Algún despistado le mira y duda
si ofrecer su ayuda,
pues no tienen claro como hacerse ver.
No le dicen nada y siguen su camino.
Un leve remordimiento les adivino.
Se justifican así mismos:
¡Claro, si tiene un perro lazarillo,
que va a necesitar de él!
Sigue estando solo, a los ojos de los que miran,
pero que no ven, que desconocen su valía
y también desconocen que su vida,
son cuadros que solo sabe pintar él.
Que utiliza los colores de su paleta que no necesitan luz,
y su armonía, son reflejos de historias en viñetas,
en negros vivos y grises tostados sin silueta.
Buscando siempre el equilibrio que se oculta y se pierde
entre sus musas, que buscan la caída del sol en rojo fuego
y el resurgir de la orate luna en su frío cielo.
Que siempre encuentran y saben ver.
Pues los ojos que tiene el ciego, y que no miran,
son los que saben y pueden ver…
pueden ver la verdad que nos acecha.
No necesitan un alto para otear desde la cima
la mediocridad que nos asfixia y no queremos ver.
“No hay mayor ceguera,
que la de aquellos que miran,
y se tapan los ojos ante el brillo que reflejan
la compasión y la honradez,
despertadores de conciencias…
y hacen que no los ven”.
José Ignacio