Marga M.R.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dicen que todos tenemos un color.
A Patricia le sienta muy bien el blanco del vestido sobre su piel canela... y el verde del pañuelo que lleva recogiendo su cabello a juego con sus ojos; el azul de las blusas que le compra su madre cuando advierte su mirada triste...; el turquesa del collar de piedras que su hermana Andrea le regaló en su cumpleaños, evocando los años felices de su infancia vividos junto al mar; los colores pastel de sus zapatos; también le sienta bien el rosa de la falda que Javier le regaló las pasadas Navidades, hasta le sienta bien el rojo de la ropa interior que él le compra después de cada supuesta última discusión y que nunca se pone...
Pero el color que no le queda nada bien es el morado, no, el morado no le sienta nada bien, ni en sus párpados, ni en sus brazos, ni en sus mejillas, ni en sus piernas..., y es un color que desgraciadamente lleva a menudo y que intenta combinar con una buena capa de maquillaje esperando un milagro.
Dicen que todos tenemos un color..., pero no es a este tipo de color al que me refiero.
Sin duda alguna el de Patricia es el blanco..., el blanco pureza..., el blanco luz que irradia su mirada y que emana su diminuto cuerpo...; y los colores tierra que pisarán sus pies cuando decida emprender el camino hacia su amado mar donde el amor le espera.
El color de Javier es el negro....., el apagado negro..., o el rojo intenso de las llamas del infierno donde arderá cuando su oscura alma termine por consumirse en su propio veneno... Mientras, recuerda el rojo de la ropa interior que le compra a Patricia después de su supuesta última discusión y que nunca se pone.
Este relato está dedicado a todas las mujeres que sufren maltrato físico o psicológico,
es incomprensible que en pleno siglo XXI aún se sigan produciendo situaciones como ésta.
A Patricia le sienta muy bien el blanco del vestido sobre su piel canela... y el verde del pañuelo que lleva recogiendo su cabello a juego con sus ojos; el azul de las blusas que le compra su madre cuando advierte su mirada triste...; el turquesa del collar de piedras que su hermana Andrea le regaló en su cumpleaños, evocando los años felices de su infancia vividos junto al mar; los colores pastel de sus zapatos; también le sienta bien el rosa de la falda que Javier le regaló las pasadas Navidades, hasta le sienta bien el rojo de la ropa interior que él le compra después de cada supuesta última discusión y que nunca se pone...
Pero el color que no le queda nada bien es el morado, no, el morado no le sienta nada bien, ni en sus párpados, ni en sus brazos, ni en sus mejillas, ni en sus piernas..., y es un color que desgraciadamente lleva a menudo y que intenta combinar con una buena capa de maquillaje esperando un milagro.
Dicen que todos tenemos un color..., pero no es a este tipo de color al que me refiero.
Sin duda alguna el de Patricia es el blanco..., el blanco pureza..., el blanco luz que irradia su mirada y que emana su diminuto cuerpo...; y los colores tierra que pisarán sus pies cuando decida emprender el camino hacia su amado mar donde el amor le espera.
El color de Javier es el negro....., el apagado negro..., o el rojo intenso de las llamas del infierno donde arderá cuando su oscura alma termine por consumirse en su propio veneno... Mientras, recuerda el rojo de la ropa interior que le compra a Patricia después de su supuesta última discusión y que nunca se pone.
Este relato está dedicado a todas las mujeres que sufren maltrato físico o psicológico,
es incomprensible que en pleno siglo XXI aún se sigan produciendo situaciones como ésta.
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