Évano
Libre, sin dioses.
Ochenta y cinco años, ochenta y cinco kilos, se dijo Carlos. Su madre había engordado un kilo por año desde que cumplió los cincuenta, cuando dejó de trabajar para quedarse en casa y realizar las labores que esta conlleva.
Dolores veía la televisión desde un sofá que no quería contenerla, rodeada de un mobiliario acorralador. Olía a lejía y medicamentos y orina... a cerrado, a humedad... Aturdía. La gran mesa, con sus sillas de alto respaldo y difíciles de mover, acorralaban; el perchero de gran espejo, un mueble obviamente de recibidor, útil para colgar abrigos, sombreros y dejar paraguas en días de lluvia, ayudaba a apretar aún más al comedor; y el mueble-bar, que llenaba toda una pared con un millón de fotografías que te miraban, terminaba el cerco de un acorralamiento claustrofóbico. Cada objeto de la habitación empujaba hacia el centro de la gravedad de la madre.
Carlos paseaba por las fotografías, deteniéndose en los recuerdos que emanaban de ellas. Se paró en una muy antigua, donde él era un niño sentado delante de la pizarra del colegio, en la mesa del profesor. De repente se acordó del contrato con su Dios y su Diablo; firmado en el mismo año de la fotografía. "Renuncio a cielo y a infierno. No quiero más vida después de esta; con ello conseguís libraros de la lucha por mi alma; ya que lo único que deseo después de la muerte, es la Nada. A cambio exijo una vida feliz para mi madre; quiero que no sufra, pues ya tuvo bastante; y si el caso fuera que en su futuro entrara otra vez ese penar, prefiero que muera ahora mismo, tranquilamente". Esa era una parte del trato, luego, con el paso del tiempo, añadiría nuevas cláusulas. Hace poco, Carlos pensó que no se cumpliría, porque Dolores entró cabalgando a lomos del Alzheimer cuando avanzaba por los setenta años. Las discusiones y peleas entre los diferentes contratantes fueron demoledoras, hasta tal punto que Dolores, milagrosa o demoníacamente, no sufrió más en su vida.
Escrutaba a su madre y se alegraba de ver a los últimos rayos de la tarde juguetear con ella. A parte de iluminar y ensombrecer la silueta de Dolores, le formaron en la mente una metáfora. Comparó a su madre con el Sol, no en sentido romántico, sino como ese inmenso astro que altera el espacio-tiempo y que con su inmensa gravedad atrae y no deja escapar a los planetas, a sus hijos. Continuó con la metáfora, comparando a cada uno de los hermanos con un planeta: eran nueve, como ellos nueve hermanos; y si contara los satélites, seguramente saldrían el número de nietos que tenía el Sol y su madre. ¿Qué planeta sería yo en tal metáfora?, se preguntó. No tengo hijos... Quizá me corresponda Plutón... Sí, yo soy Plutón, sin hijos ni él satélites; es el noveno y último, como yo soy el último y noveno de los hermanos...
-¿Qué piensas hijo?; estás muy callado -preguntó Dolores.
-Nada mamá, tonterías que vienen por el aburrimiento -contestó Carlos mientras observaba el movimiento del exterior-. ¿¡Qué poca gente pasa por esta calle!? -era una frase que encerraba exclamación y pregunta a la misma vez; una frase que decía por costumbre, medio meditando para sí, medio para conversar. Frase, que también por costumbre, acababa en la contestación mecánica de que ese era un barrio envejecido. Se acordó de otra parte añadida por él a su contrato con Dios y el Diablo: había accedido a morir cuando su madre falleciera.
-Me estaba acordando de cuando eras un niño... Siempre te dolía la cabeza... ¿Te sigue doliendo?
-No mamá, ya no me duele nunca la cabeza.
-No debes leer tanto, no es bueno.
-Tienes razón, mamá -mientras decía esto, vio las persianas del local de enfrente bajadas-. ¿Murió la señora Eugenia, mamá?
-Pobrecilla... Murió ayer, de madrugada -la voz le temblaba y la baba caía lenta por las comisuras de los labios. Pequeñas lágrimas asomaban por las esquinas de sus ojos-. Dios la tenga en su gloria.
Carlos se giró al interior de sí y recordó algunos pasajes de su vida y Eugenia. El hijo mayor había pasado veinte años en la cárcel, y al salir lo hizo con cáncer. Eugenia nunca pudo disfrutar de él. El otro hijo, el pequeño, se quemó en un accidente de tráfico, con diecinueve años. Su agonía duró un mes. El marido hacía mucho que falleció, posiblemente de tanto tabaco y alcohol en el trasnochar del juego. Carlos, cuando era una criatura de a penas diez años, dormía en la casa de Eugenia; ella se levantaba a las dos de la madrugada e iba hasta la ciudad a comprar fruta para su tienda de alimentos. Carlos cuidaba a Raúl, un bebé de meses; un buen chaval, fantástico... Su madre y Eugenia fueron grandes amigas. Pensó que en las penurias es donde se forjan las mejores amistades.
Se acercó a la mesita de mármol, observando las lágrimas de su madre.
-No te preocupes mamá, seguro que Dios la tiene en su gloria, era de las mejores personas que conocí -Carlos, más bien, se dirigía a él mismo. Recordó los vasos de leche con polvo de cacao, marca Cacaolat, que tomó en la tienda de Eugenia; estaba compacto por la humedad, a punto de caducar o caducado, por lo que era difícil de vender. Había que escavar con la cuchara para extraerlo, pero aún así era delicioso.
-¿Te acuerdas cuando ibas a comprar a su tienda y decías que yo era el más feo de tus hijos? Ella siempre te replicaba que no dijeras eso, que yo era guapísimo.
-¿Cómo puedes acordarte de eso si eras un niño?
-No lo sé -dijo para restarle importancia; pero sí lo sabía, y su porqué también: su madre adquirió la estrategia de infundir pena a los demás para que estos le fiaran la comida. Mencionaba las enfermedades del marido o los hijos, el poco dinero que tenía, cualquier cosa que abriera los sentimientos. Carlos la comprendía perfectamente y no le echaba en cara el pasado, lo decía para resaltar la bondad de Eugenia.
-Gracias a ella cenamos muchas noches, hijo.
-Lo sé mamá, lo sé.
Volvió a mirar tras los grandes cristales de las puertas del balcón: anochecía y la mitad de los pisos de la calle estaban cerrados, alguno a la venta y otros en alquiler. Los locales, donde antaño pululaban tiendas de comestibles, peluquerías, bares, restaurantes, talleres de reparación de automóviles y distintas actividades más, ahora estaban con las persianas bajadas, ni tan siquiera con el cartel de se vende o alquila; los dueños se cansaron de tantos años sin recibir ni una propuesta de arriendo o compra. Sí, el barrio estaba viejo, moribundo, esperando la muerte. Quizá los edificios, en conjunto con una población de seres humanos, crean un grupo con vida y tiempo propio, con un principio y un fin, como las personas. Meditaba.
-He de irme mamá, anochece y sabes que no me gusta andar por ahí a estas horas.
-Adiós hijo, hasta mañana -Dolores intentó levantarse para darle un beso, pero Carlos ya se hallaba frente a ella, para ahorrarle el esfuerzo.
-Que descanses mamá, mañana vendré otro ratito.
El cementerio quedaba a las afueras del barrio. Carlos se dirigió al final del camposanto, hacia una estructura rectangular del fondo. Su nicho estaba en la segunda altura, junto a la esquina más escondida, la que daba a la muralla de piedra y tapaban los altos cipreses. Se introdujo de golpe en su ataúd, temblando de terror y con su mente bullendo... Ya viene el infierno sus ojos de sangre por todos sitios el viviento de cuchillos los arañazos el mármol ¡maldito contrato! ¿confiar en el diablo? ¡Ja! maldito gilipollas menos mal del otro por lo menos un ratito ruidos ruidos ¡joder! cada tarde alaridos de mierda mierda esa luz de sangre ¡ joder joder joder ! y encima muerto antes que mi madre, ella con Alzheimer ¡idiota! ¡gilipollas! no existe la nada. Parad con los golpes ¡hijos de puta, cabrones! me acurruco sí me acurruco como un feto ¡iros! jamás saldré gritos asquerosos ¿ese frío de dónde coño sale? gritos gritos no se ve nada esos dientes ¡iros iros iros ese olor ¡azufre! podrido irossssssssssss...!
Dolores veía la televisión desde un sofá que no quería contenerla, rodeada de un mobiliario acorralador. Olía a lejía y medicamentos y orina... a cerrado, a humedad... Aturdía. La gran mesa, con sus sillas de alto respaldo y difíciles de mover, acorralaban; el perchero de gran espejo, un mueble obviamente de recibidor, útil para colgar abrigos, sombreros y dejar paraguas en días de lluvia, ayudaba a apretar aún más al comedor; y el mueble-bar, que llenaba toda una pared con un millón de fotografías que te miraban, terminaba el cerco de un acorralamiento claustrofóbico. Cada objeto de la habitación empujaba hacia el centro de la gravedad de la madre.
Carlos paseaba por las fotografías, deteniéndose en los recuerdos que emanaban de ellas. Se paró en una muy antigua, donde él era un niño sentado delante de la pizarra del colegio, en la mesa del profesor. De repente se acordó del contrato con su Dios y su Diablo; firmado en el mismo año de la fotografía. "Renuncio a cielo y a infierno. No quiero más vida después de esta; con ello conseguís libraros de la lucha por mi alma; ya que lo único que deseo después de la muerte, es la Nada. A cambio exijo una vida feliz para mi madre; quiero que no sufra, pues ya tuvo bastante; y si el caso fuera que en su futuro entrara otra vez ese penar, prefiero que muera ahora mismo, tranquilamente". Esa era una parte del trato, luego, con el paso del tiempo, añadiría nuevas cláusulas. Hace poco, Carlos pensó que no se cumpliría, porque Dolores entró cabalgando a lomos del Alzheimer cuando avanzaba por los setenta años. Las discusiones y peleas entre los diferentes contratantes fueron demoledoras, hasta tal punto que Dolores, milagrosa o demoníacamente, no sufrió más en su vida.
Escrutaba a su madre y se alegraba de ver a los últimos rayos de la tarde juguetear con ella. A parte de iluminar y ensombrecer la silueta de Dolores, le formaron en la mente una metáfora. Comparó a su madre con el Sol, no en sentido romántico, sino como ese inmenso astro que altera el espacio-tiempo y que con su inmensa gravedad atrae y no deja escapar a los planetas, a sus hijos. Continuó con la metáfora, comparando a cada uno de los hermanos con un planeta: eran nueve, como ellos nueve hermanos; y si contara los satélites, seguramente saldrían el número de nietos que tenía el Sol y su madre. ¿Qué planeta sería yo en tal metáfora?, se preguntó. No tengo hijos... Quizá me corresponda Plutón... Sí, yo soy Plutón, sin hijos ni él satélites; es el noveno y último, como yo soy el último y noveno de los hermanos...
-¿Qué piensas hijo?; estás muy callado -preguntó Dolores.
-Nada mamá, tonterías que vienen por el aburrimiento -contestó Carlos mientras observaba el movimiento del exterior-. ¿¡Qué poca gente pasa por esta calle!? -era una frase que encerraba exclamación y pregunta a la misma vez; una frase que decía por costumbre, medio meditando para sí, medio para conversar. Frase, que también por costumbre, acababa en la contestación mecánica de que ese era un barrio envejecido. Se acordó de otra parte añadida por él a su contrato con Dios y el Diablo: había accedido a morir cuando su madre falleciera.
-Me estaba acordando de cuando eras un niño... Siempre te dolía la cabeza... ¿Te sigue doliendo?
-No mamá, ya no me duele nunca la cabeza.
-No debes leer tanto, no es bueno.
-Tienes razón, mamá -mientras decía esto, vio las persianas del local de enfrente bajadas-. ¿Murió la señora Eugenia, mamá?
-Pobrecilla... Murió ayer, de madrugada -la voz le temblaba y la baba caía lenta por las comisuras de los labios. Pequeñas lágrimas asomaban por las esquinas de sus ojos-. Dios la tenga en su gloria.
Carlos se giró al interior de sí y recordó algunos pasajes de su vida y Eugenia. El hijo mayor había pasado veinte años en la cárcel, y al salir lo hizo con cáncer. Eugenia nunca pudo disfrutar de él. El otro hijo, el pequeño, se quemó en un accidente de tráfico, con diecinueve años. Su agonía duró un mes. El marido hacía mucho que falleció, posiblemente de tanto tabaco y alcohol en el trasnochar del juego. Carlos, cuando era una criatura de a penas diez años, dormía en la casa de Eugenia; ella se levantaba a las dos de la madrugada e iba hasta la ciudad a comprar fruta para su tienda de alimentos. Carlos cuidaba a Raúl, un bebé de meses; un buen chaval, fantástico... Su madre y Eugenia fueron grandes amigas. Pensó que en las penurias es donde se forjan las mejores amistades.
Se acercó a la mesita de mármol, observando las lágrimas de su madre.
-No te preocupes mamá, seguro que Dios la tiene en su gloria, era de las mejores personas que conocí -Carlos, más bien, se dirigía a él mismo. Recordó los vasos de leche con polvo de cacao, marca Cacaolat, que tomó en la tienda de Eugenia; estaba compacto por la humedad, a punto de caducar o caducado, por lo que era difícil de vender. Había que escavar con la cuchara para extraerlo, pero aún así era delicioso.
-¿Te acuerdas cuando ibas a comprar a su tienda y decías que yo era el más feo de tus hijos? Ella siempre te replicaba que no dijeras eso, que yo era guapísimo.
-¿Cómo puedes acordarte de eso si eras un niño?
-No lo sé -dijo para restarle importancia; pero sí lo sabía, y su porqué también: su madre adquirió la estrategia de infundir pena a los demás para que estos le fiaran la comida. Mencionaba las enfermedades del marido o los hijos, el poco dinero que tenía, cualquier cosa que abriera los sentimientos. Carlos la comprendía perfectamente y no le echaba en cara el pasado, lo decía para resaltar la bondad de Eugenia.
-Gracias a ella cenamos muchas noches, hijo.
-Lo sé mamá, lo sé.
Volvió a mirar tras los grandes cristales de las puertas del balcón: anochecía y la mitad de los pisos de la calle estaban cerrados, alguno a la venta y otros en alquiler. Los locales, donde antaño pululaban tiendas de comestibles, peluquerías, bares, restaurantes, talleres de reparación de automóviles y distintas actividades más, ahora estaban con las persianas bajadas, ni tan siquiera con el cartel de se vende o alquila; los dueños se cansaron de tantos años sin recibir ni una propuesta de arriendo o compra. Sí, el barrio estaba viejo, moribundo, esperando la muerte. Quizá los edificios, en conjunto con una población de seres humanos, crean un grupo con vida y tiempo propio, con un principio y un fin, como las personas. Meditaba.
-He de irme mamá, anochece y sabes que no me gusta andar por ahí a estas horas.
-Adiós hijo, hasta mañana -Dolores intentó levantarse para darle un beso, pero Carlos ya se hallaba frente a ella, para ahorrarle el esfuerzo.
-Que descanses mamá, mañana vendré otro ratito.
El cementerio quedaba a las afueras del barrio. Carlos se dirigió al final del camposanto, hacia una estructura rectangular del fondo. Su nicho estaba en la segunda altura, junto a la esquina más escondida, la que daba a la muralla de piedra y tapaban los altos cipreses. Se introdujo de golpe en su ataúd, temblando de terror y con su mente bullendo... Ya viene el infierno sus ojos de sangre por todos sitios el viviento de cuchillos los arañazos el mármol ¡maldito contrato! ¿confiar en el diablo? ¡Ja! maldito gilipollas menos mal del otro por lo menos un ratito ruidos ruidos ¡joder! cada tarde alaridos de mierda mierda esa luz de sangre ¡ joder joder joder ! y encima muerto antes que mi madre, ella con Alzheimer ¡idiota! ¡gilipollas! no existe la nada. Parad con los golpes ¡hijos de puta, cabrones! me acurruco sí me acurruco como un feto ¡iros! jamás saldré gritos asquerosos ¿ese frío de dónde coño sale? gritos gritos no se ve nada esos dientes ¡iros iros iros ese olor ¡azufre! podrido irossssssssssss...!
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