Capasa
Poeta que considera el portal su segunda casa
El Cuadro (Relato)
Se encendieron las luces, el atardecer se alejaba dejando paso a la noche, el tiempo mira a la ciudad impasible, cambiará la ciudad, cambiarán las personas que la habitan y serán efímeras marionetas que perdidas en los atardeceres que cada día y dejaran pasar la noche en aquel rito ancestral. Aquella magia repetida hasta el infinito me envolvía, dejando en mí un sabor melancólico, cual tango trasnochado, que con sus notas hace evocar viejos amores.
Bazares llenos de sueños se perfilan en la noche, miré hacia el cielo donde las estrellas se difuminaban por las deslumbrantes luces de la ciudad, muy despacio, como si se ralentizarán mis movimientos, empecé andar entre las gentes, miré a mi alrededor y todo me parecía extraño, la calles, los bares, los puestos callejeros, todo se desdibujaba entre una niebla que me envolvía. Mi mirada se posó en una estatua desteñida y llena de herrumbre, olvidada por todas las miradas en aquella pequeña glorieta por donde todos los días pasaba y que nunca reparé en ella. Pensé, que primero fue una piedra y que las manos de un escultor dio vida, la sencillez de sus formas la hace más etérea, una cara de bellos rasgo se adivina tras de la suciedad, pensé en la modelo e imaginé que tenía vida, que tras su estática vida nos observaba asustada por la vanidad de esta sociedad que avanza sin mirar al vecino de al lado, me pareció que su mirada se cruzaba con la mía y que por un momento compartió mis pensamientos. Me acerqué con sigilo y rocé con mis manos su pie desnudo, el leve tacto con la fría piedra me hizo volver a la realidad, exhalé un suspiro y seguí mi camino, deseaba estar pronto en casa y meterme en mi estudio, no quise pararme a cenar, busqué un lienzo, mi paleta se lleno de colores y frenéticamente pinté hasta caer extenuada, me quedé dormida en el sofá liada como un ovillo.
El sol dibujo los contornos de mi estudio y un rayo matutino me despertó, miré el cuadro inacabado, un rostro desconocido se asomaba tras los trazos de mis pinceles ¡aquellos ojos ¡ Quería recordar donde los había visto, pero no podía. Me sentía cansada deseaba no ir a trabajar, pero tenía que hacerlo. Una ducha ligerita con agua fría me despejaría, el día se hizo largo y tedioso, deseaba llegar a casa. Era como un imán aquella sensación…
Un nuevo atardecer que dejaba pasar otra noche, a nadie recordé del día anterior, todo era distinto, al llegar a la pequeña glorieta llamo mi atención una excavadora aparcada junto al jardín, como si algo se rompiera en mi pecho sentí un púnzate dolor y mis ojos miraron nerviosos tras la maquina, un hoyo de tierra removida se adivinaba en la penumbra del atardecer, busqué la estatua, no la veía, quizá solo fue un sueño. Pero… ¿Y aquella grúa? De pronto recordé los ojos de la estatua, corrí a casa y mire mi cuadro, no había duda eran sus ojos, lo que aquella noche me hablaron. Quise enterarme donde se habían llevado la estatua pero nadie me dio razón de ello.
Nunca pude olvidar ese atardecer, pero el tiempo lo hacía lejano y pensaba que todo había sido un sueño.
Carlos el marido de mi amiga trabajaba en una galería, me ofreció hacer una exposición era mi primera exposición y trabajé duro para que todo saliera bien, la inauguración fue un éxito, tuve muchas visitas y vendí varios cuadros, el tercer día vi delante de mi cuadro preferido una figura femenina que lo miraba con fascinación me acerqué por la espalda de ella y le pregunté ¿Le gusta? Se volvió y quedé petrificada era su viva imagen ¡la mujer de la estatua! Le conté la historia, ella sonrió y con voz emocionada dijo; esa modelo fue mi tatarabuela y mi tatarabuelo fue el escultor y al ver este cuadro no he podido separar mis ojos de él.
Le pregunté, si sabía lo que había pasado con la estatua, me dijo que la habían retirado para ensanchar la calle por el tráfico y que estaba en unos de los almacenes del ayuntamiento, luego me invito a ir a su casa, ella guardaba los bocetos y todo lo que había podido recuperar de su antepasado. Me conto la historia de ellos, de cómo se conocieron de la triste y prematura muerte de ella, allá por el 1864, de su diario, recordó que en una página escribió una frase en letras mayúsculas y subrayada, que hoy le hacía estremecer “Un día volveré a nacer de las manos de una mujer” había sido una frase sin sentido hasta ver mi cuadro y conocerme.
Carmen Pacheco
AGOSTO DEL 2010
Se encendieron las luces, el atardecer se alejaba dejando paso a la noche, el tiempo mira a la ciudad impasible, cambiará la ciudad, cambiarán las personas que la habitan y serán efímeras marionetas que perdidas en los atardeceres que cada día y dejaran pasar la noche en aquel rito ancestral. Aquella magia repetida hasta el infinito me envolvía, dejando en mí un sabor melancólico, cual tango trasnochado, que con sus notas hace evocar viejos amores.
Bazares llenos de sueños se perfilan en la noche, miré hacia el cielo donde las estrellas se difuminaban por las deslumbrantes luces de la ciudad, muy despacio, como si se ralentizarán mis movimientos, empecé andar entre las gentes, miré a mi alrededor y todo me parecía extraño, la calles, los bares, los puestos callejeros, todo se desdibujaba entre una niebla que me envolvía. Mi mirada se posó en una estatua desteñida y llena de herrumbre, olvidada por todas las miradas en aquella pequeña glorieta por donde todos los días pasaba y que nunca reparé en ella. Pensé, que primero fue una piedra y que las manos de un escultor dio vida, la sencillez de sus formas la hace más etérea, una cara de bellos rasgo se adivina tras de la suciedad, pensé en la modelo e imaginé que tenía vida, que tras su estática vida nos observaba asustada por la vanidad de esta sociedad que avanza sin mirar al vecino de al lado, me pareció que su mirada se cruzaba con la mía y que por un momento compartió mis pensamientos. Me acerqué con sigilo y rocé con mis manos su pie desnudo, el leve tacto con la fría piedra me hizo volver a la realidad, exhalé un suspiro y seguí mi camino, deseaba estar pronto en casa y meterme en mi estudio, no quise pararme a cenar, busqué un lienzo, mi paleta se lleno de colores y frenéticamente pinté hasta caer extenuada, me quedé dormida en el sofá liada como un ovillo.
El sol dibujo los contornos de mi estudio y un rayo matutino me despertó, miré el cuadro inacabado, un rostro desconocido se asomaba tras los trazos de mis pinceles ¡aquellos ojos ¡ Quería recordar donde los había visto, pero no podía. Me sentía cansada deseaba no ir a trabajar, pero tenía que hacerlo. Una ducha ligerita con agua fría me despejaría, el día se hizo largo y tedioso, deseaba llegar a casa. Era como un imán aquella sensación…
Un nuevo atardecer que dejaba pasar otra noche, a nadie recordé del día anterior, todo era distinto, al llegar a la pequeña glorieta llamo mi atención una excavadora aparcada junto al jardín, como si algo se rompiera en mi pecho sentí un púnzate dolor y mis ojos miraron nerviosos tras la maquina, un hoyo de tierra removida se adivinaba en la penumbra del atardecer, busqué la estatua, no la veía, quizá solo fue un sueño. Pero… ¿Y aquella grúa? De pronto recordé los ojos de la estatua, corrí a casa y mire mi cuadro, no había duda eran sus ojos, lo que aquella noche me hablaron. Quise enterarme donde se habían llevado la estatua pero nadie me dio razón de ello.
Nunca pude olvidar ese atardecer, pero el tiempo lo hacía lejano y pensaba que todo había sido un sueño.
Carlos el marido de mi amiga trabajaba en una galería, me ofreció hacer una exposición era mi primera exposición y trabajé duro para que todo saliera bien, la inauguración fue un éxito, tuve muchas visitas y vendí varios cuadros, el tercer día vi delante de mi cuadro preferido una figura femenina que lo miraba con fascinación me acerqué por la espalda de ella y le pregunté ¿Le gusta? Se volvió y quedé petrificada era su viva imagen ¡la mujer de la estatua! Le conté la historia, ella sonrió y con voz emocionada dijo; esa modelo fue mi tatarabuela y mi tatarabuelo fue el escultor y al ver este cuadro no he podido separar mis ojos de él.
Le pregunté, si sabía lo que había pasado con la estatua, me dijo que la habían retirado para ensanchar la calle por el tráfico y que estaba en unos de los almacenes del ayuntamiento, luego me invito a ir a su casa, ella guardaba los bocetos y todo lo que había podido recuperar de su antepasado. Me conto la historia de ellos, de cómo se conocieron de la triste y prematura muerte de ella, allá por el 1864, de su diario, recordó que en una página escribió una frase en letras mayúsculas y subrayada, que hoy le hacía estremecer “Un día volveré a nacer de las manos de una mujer” había sido una frase sin sentido hasta ver mi cuadro y conocerme.
Carmen Pacheco
AGOSTO DEL 2010
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