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El Depredador

Juan Oriental

Poeta que considera el portal su segunda casa
El Depredador, además era niño.
Niño abandonado doblemente;
padre y madre le fallaron y allí quedó:
con ropa casi piel, debatiéndose inocente
en el desamparo y sin guía para crecer.
Carencias que jamás debe sufrir nadie,
porque ello ante todo es delito y luego
desgracia y hasta pecado si lo hay.


Sus ocho años, apenas, los vivió
discriminado también por la gente
y como pudo: un mendrugo aquí,
otro allá, alguna misericordia,
alguna bondad 'extrasocial' con límite
y alguna que otra paliza para obligarlo
a mendigar, o por fobia, a manos
de esas manos sórdidas y sádicas
que de repente saca el mundo.


Él oía a las madres
llamar a sus hijos a comer.
Hijos que no jugaban con él
por ser un discriminado.
Y aunque tenía amigos de su condición,
al ver a estos otros niños especiales
entrar a sus casas, sus refugios,
sentía hondamente la falta de un hogar.
En ocasiones veía televisión a través
de alguna de sus ventanas:
Veía fracciones del Cartoon Network
hasta que lo sorprendían y con caras
y gestos furiosos de personajes,
padres o niños solían echarlo
como a un dibujo animado intruso.
Y él, a veces reía de su celeridad
de escape de dibujito y otras,
lloraba su orfandad.


Pero el pequeño Depredador,
era un soñador y un día
se hizo de cuenta que vivía
en la mansión más grande del mundo:
Una mansión de cientos de cuadras
surtida a discreción y con pasillos
como laberinto de oportunidades
donde conseguir lo que carecía.
Solo debía obtener las llaves
de las distintas puertas de la ciudad,
o al menos una llave maestra.
La obtuvo: una pistola automática
que un perseguido de la justicia
le obligó a ocultar antes de su captura.


Hace un rato la policía acabó
con El Depredador, y la mayoría
respiró aliviada; ya no más la molesta
presencia furtiva del fisgón
de televisores ajenos, en suma
asaltante de sus negocios
y perturbador de sus familias
honestamente constituidas.


“Bien muerto está”, me comentó
alguien del grupo de mirones
que me incluía y agregó:
“Yo también me crié en la calle
y no por eso se me dio por delinquir.
Hoy tengo un negocio en el cual
me va de maravillas, amparado
por mi religión a la que aporto
mi diezmo rigurosamente”.
‘Bueno, como mortal que es,
algún defecto debía usted tener’,
le contesté, y me fui sintiendo
el escalofrío de haber sido rozado
por el mismísimo aura egoísta
de los con dios aparte, por pago.


Calle arriba, las sirenas policiales
le cantan al pequeño Depredador,
al hijo dormido de nuestra indiferencia,
el arrorró que nunca tuvo.









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Última edición:
Todos de una manera u otra somos responsables de estos tipos de problemas sociales.
Buena presentación. Felicidades, estrellas y saludos
 
El Depredador también era niño.
Niño abandonado doblemente:
Padre y madre le fallaron y él,
en pleno despertar su razón; ocho años,
allí quedó con ropa casi piel
y carente del amparo vital para crecer
que jamás debiera faltarle a un niño,
o a cualquier ser, porque eso
es pecado si lo hay.

Discriminado también por la gente,
vivió como pudo: un mendrugo aquí,
otro allá, alguna misericordia,
alguna bondad 'extrasocial' con límite
y alguna paliza a manos
de esas manos sórdidas y sádicas
que de repente saca el mundo.

Él oía a las madres
llamar a sus hijos a comer.
Hijos que no jugaban con él
por ser un discriminado.
Y aunque tenía amigos de su condición,
al ver a estos otros niños especiales
entrar a sus casas, sus refugios,
sentía hondamente la falta de hogar.
A veces veía televisión a través
de alguna de sus ventanas:
Veía fracciones del Cartoon Network
hasta que lo sorprendían y con caras
y gestos de personajes furiosos,
padres o niños solían echarlo
como a un dibujo animado.
Y él, a veces reía de su celeridad
de escape de dibujito y otras,
lloraba su orfandad.

Pero el pequeño Depredador,
era un soñador y un día
se hizo de cuenta que vivía
en la mansión más grande del mundo:
Una mansión de cientos de cuadras
surtida a discreción y con pasillos
como laberinto de oportunidades
donde conseguir lo que carecía.
Solo debía obtener las llaves
de las distintas puertas de la ciudad,
o al menos una llave maestra.
La obtuvo: una pistola automática
que un perseguido de la justicia
le obligó a ocultar antes de su captura.

Hace un rato la policía acabó
con El Depredador, y la mayoría
respiró aliviada; ya no más la molesta
presencia furtiva del fisgón
de televisores ajenos, en suma
asaltante de sus negocios
y perturbador de sus familias
honestamente constituidas.

“Bien muerto está”, me comentó
alguien del grupo de mirones
que me incluía y agregó:
“Yo también me crié en la calle
y no por eso se me dio por delinquir.
Hoy tengo un negocio en el cual
me va de maravillas, amparado
por mi religión a la que aporto
mi diezmo rigurosamente”.
‘Bueno, como mortal que es,
algún defecto debía usted tener’,
le contesté, y me fui sintiendo
el escalofrío de haber sido rozado
por el mismísimo aura egoísta
de los con dios aparte, por pago.

Calle arriba, las sirenas policiales
le cantan al pequeño Depredador,
al hijo dormido de nuestra indiferencia,
el arrorró que nunca tuvo.






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Estimado Juan no hay nada que agregar a tanto dolor. Abrabesos y estrellas todas.
 

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