En un rincón sombrío de mi existencia, el eco de su rechazo resuena más allá del tiempo, una tortura sin fin. Han pasado días, semanas, un mes entero, y aún no consigo desatarme de ese "no" que me arrastra hacia la desesperación. No insistí, pues los insistentes son aborrecidos, mas nunca pensé que el olvido sería un huésped tan esquivo.
Nunca antes tardé tanto en apagar la llama de un sentimiento no correspondido, una chispa que nunca prendió en su corazón. Me siento un idiota, atrapado en el laberinto de mi propia mente, donde su imagen persiste, imperecedera.
He buscado refugio en otros cuerpos, en besos y caricias efímeras, pero ella sigue ahí, un fantasma que no se rinde. Le imploro que me libere, que se disuelva en la nada, pero su sombra permanece, incólume. Este amor, esta pasión no deseada, es una daga que se hunde más profundo con cada día que pasa. El desamor es una muerte lenta, un veneno que consume el alma gota a gota.
El Prozac no apagó el incendio en mi pecho, el sexo no logró acallar los gritos de mi corazón, y el alcohol solo avivó las llamas de mi desesperanza. No entiendo por qué ninguna otra logra encender esa chispa en mí, por qué persigo lo inalcanzable con tanta terquedad. Tal vez sea el capricho humano de anhelar lo imposible, o quizás mi propia estupidez e ignorancia, que me impiden ver más allá de esta obsesión insensata.
Mi niño interior se ha encaprichado con un sueño irreal, con una mujer que no me ama. Y así, sigo muriendo un poco más cada día, atrapado en este amor que nunca fue, en este desamor que no cesa.
Nunca antes tardé tanto en apagar la llama de un sentimiento no correspondido, una chispa que nunca prendió en su corazón. Me siento un idiota, atrapado en el laberinto de mi propia mente, donde su imagen persiste, imperecedera.
He buscado refugio en otros cuerpos, en besos y caricias efímeras, pero ella sigue ahí, un fantasma que no se rinde. Le imploro que me libere, que se disuelva en la nada, pero su sombra permanece, incólume. Este amor, esta pasión no deseada, es una daga que se hunde más profundo con cada día que pasa. El desamor es una muerte lenta, un veneno que consume el alma gota a gota.
El Prozac no apagó el incendio en mi pecho, el sexo no logró acallar los gritos de mi corazón, y el alcohol solo avivó las llamas de mi desesperanza. No entiendo por qué ninguna otra logra encender esa chispa en mí, por qué persigo lo inalcanzable con tanta terquedad. Tal vez sea el capricho humano de anhelar lo imposible, o quizás mi propia estupidez e ignorancia, que me impiden ver más allá de esta obsesión insensata.
Mi niño interior se ha encaprichado con un sueño irreal, con una mujer que no me ama. Y así, sigo muriendo un poco más cada día, atrapado en este amor que nunca fue, en este desamor que no cesa.