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El diorama de un elfo

café en chernobyl

Poeta recién llegado
I

Después de la ducha de cenizas
los topos de mi jardín
salen a devorar las dendritas de los ficus.
La campiña queda pelada
como cascaras de uva,
como una leprosa calva.
En mi pueblo nadie pide limosna
solo esqueletos y barcos
y aunque no haya mar
y los pejerreyes sean tóxicos,
a los jóvenes no les queda el mal sabor
de la infancia.

II

Tenía una novia cian
que era una sirena que alquilaba
el pubis dentro de una chabola.
Sus tarifas eran kilos de mazorcas
mostazas pues con ellas hacia collarines
a su difunta madre,
que en putrefacción le exhortaba:
Quiero oro, Magdalena,
quiero oro, tanto como la dermis del Sol.


Unos sacristanes
naufragaron en plenilunio,
buscaban con ansías un conejín.
Ella no quiso. Ella los hipnotizó
con sus endechas, con sus boleros de
cascabel, pero más pudo el hambre,
la descuartizaron y la rociaron con limón.

III

Acá en nuestro palacio, nadie muere,
siempre es de primavera,
miríadas de pellejo e hidrocefalia,
que erran ciegos hasta caer por el peñasco
que ayude a construir.

Los mistrales hacen rodar sus cabezas
y en sus ojos se ve el llanto negro.
La mentira del confiteor
y el placer del cangrejo que con sus
tenazas arrancan médulas.

Estos seres, gaseoso y de escroto,
ya no piensan.
Un pensamiento de nube
bloquea el valle donde duerme
la lujuriosa Muerte.
 
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