danie
solo un pensamiento...
Con su espeso aliento negro,
la noche transita por el alberge del destino,
por la agujereada plataforma del tiempo,
por las manchas de rímel carmesí del cielo.
Las cigarras cantan en su sigilo
como cascabeleos que flotan en el viento,
bajo las marcas que hicieron estragos en el follaje de su desnudez.
La noche con su mutismo besa a los astros en su frente,
acobija a las nubes con plumas de cisne,
duerme sobre la arena arrugada del reloj añejo
y cuando sueña con tu lienzo,
seduce a la luna con la danza de su silueta tostada,
guardada en una postal con una oda y una rosa.
Es que la noche anhela besar tus labios de sal,
tus labios de estrellas
aletargadas por el cosmos y su granito,
tu piel de polen de nenúfares
y de almíbar de arrecifes sinfónicos,
tu tersa cabellera, celliscas de alhajas,
betún de azúcar y algodón.
La noche eterna manceba de tu contorno
siempre intenta cortejar las cortinas metálicas de tu cuerpo.
Yo no lo permito y me bato a duelo con la noche,
con mi padrino el sol:
escoge tu arma apolínea noche
que yo tengo la cítara de la bendición de la flor.
Quítate el vestido diurno de limo azabache
y muerde el filo de la lumbre y su cognición.
Un suspiro descansa en el latido de sus alas,
crema rústica de una caliza maja
que baña al humo y las cenizas del letal beso de la seducción.
Así muero con un pimpollo que se ramifica en mi pecho,
con espinas de la certera noche y corolas de mi amor.
la noche transita por el alberge del destino,
por la agujereada plataforma del tiempo,
por las manchas de rímel carmesí del cielo.
Las cigarras cantan en su sigilo
como cascabeleos que flotan en el viento,
bajo las marcas que hicieron estragos en el follaje de su desnudez.
La noche con su mutismo besa a los astros en su frente,
acobija a las nubes con plumas de cisne,
duerme sobre la arena arrugada del reloj añejo
y cuando sueña con tu lienzo,
seduce a la luna con la danza de su silueta tostada,
guardada en una postal con una oda y una rosa.
Es que la noche anhela besar tus labios de sal,
tus labios de estrellas
aletargadas por el cosmos y su granito,
tu piel de polen de nenúfares
y de almíbar de arrecifes sinfónicos,
tu tersa cabellera, celliscas de alhajas,
betún de azúcar y algodón.
La noche eterna manceba de tu contorno
siempre intenta cortejar las cortinas metálicas de tu cuerpo.
Yo no lo permito y me bato a duelo con la noche,
con mi padrino el sol:
escoge tu arma apolínea noche
que yo tengo la cítara de la bendición de la flor.
Quítate el vestido diurno de limo azabache
y muerde el filo de la lumbre y su cognición.
Un suspiro descansa en el latido de sus alas,
crema rústica de una caliza maja
que baña al humo y las cenizas del letal beso de la seducción.
Así muero con un pimpollo que se ramifica en mi pecho,
con espinas de la certera noche y corolas de mi amor.