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El encuentro

Tema en 'Prosa: Amor' comenzado por Carrizo Pacheco, 23 de Diciembre de 2019. Respuestas: 0 | Visitas: 113

  1. Carrizo Pacheco

    Carrizo Pacheco Jefe de Redacción Eco y Latido.Miembro del Jurado Miembro del Equipo Miembro del JURADO DE LA MUSA Corrector/a Equipo Revista "Eco y latido"

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    Hombre
    EL ENCUENTRO
    (1991)


    César se sosegaba invariablemente cada vez que recorría los elegantes niveles de un paseo de compras de la Avenida del Libertador. Allí todo relucía como si se tratara de un enorme cofre repleto de joyas. En el último piso una casa de discos atraía los pasos de los melómanos, y él no pudo resistir la tentación de dejarse llevar hasta el concurrido local, dándose aires de entendido musicólogo.

    Se entretenía buscando algún compact adecuado para regalarle a su soledad cuando del otro lado del estante descubrió el encantador rostro de una misteriosa mujer. Allí estaba, cabizbaja entre los discos. Era morocha de hermosas facciones florecidas en labios perfectos y ojos verdosos. En su plácido semblante se transparentaba su carácter libre y apasionado.

    César sintió que el amor se había encarnado en la presencia de esa mujer que parecía estar hecha a imagen y semejanza de sus sueños añejos. Sus ojos hechizados eran atraídos inconteniblemente hacia la figura seductora de la muchacha como para que se convencieran de que sólo ella era capaz de bendecirlos con su gracia.

    De pronto, como si se hubiese acordado de algo impostergable, salió del local apuradísima y el clima manso que había envuelto a César se cortó en el aire como un suspiro contenido.


    No se animó a seguirla, tan sólo atinó a despistar su instinto en el confuso amanecer de su incertidumbre. Cuando decidió huir, corrió hasta una escalera mecánica que al bajar parecía burlarse del descenso abrupto que acababa de tirar su corazón. En vano su arrepentimiento lo impulsó a escudriñar los alrededores indiferentes con la esperanza de encontrarla.

    Cuando salió por la puerta que da a la calle Posadas, ya estaba lo suficientemente resignado como para caminar intentando olvidarla. La voluntad del destino lo encaminó hacia la derecha, quizás para hacerle contrapeso a su agobiada zurda. El sol comenzaba a apagarse en Buenos Aires, como si supiera que los relojes marcaban las siete de la tarde. Al llegar a Montevideo el horizonte de la trabajosa pendiente se le esfumó como si fuese un espejismo destinado a desaparecer en el fondo del reencuentro con aquel oasis capaz de saciar los deseos de su vida.

    Ella, la única mujer que había logrado atrapar su espíritu disperso, se le cruzaba de nuevo, esta vez como una encarnación de la revancha amorosa. Se miraron fijo, como si trataran de escribirse algún secreto mensaje con el filo centelleante de sus ojos. César presintió en sus gestos disimulados, la sorpresa que la embriagaba al verlo nuevamente. Pero ese cruce fugaz no bastaba; los relojes seguían marcando las siete de la tarde cuando ellos volvían a separarse. Entonces César detuvo la marcha y miró hacia atrás: sus sueños felices iban cuesta abajo, a punto de doblar por el recodo de una ochava sin regreso.

    Pensando que su historia se definiría en la acción de su impulso, optó por seguirla. Al alcanzar la esquina decisiva, hizo un alto para ubicarla. Poco le costó ver que seguía desplegando sus encantos por la misma vereda hipnotizada. Avanzó tras ella a prudente distancia, observando enseguida cómo cruzaba la calle en dirección a la entrada del paseo de compras.

    No se decidió a evidenciar sus intenciones por miedo al ridículo de verse sorprendido en plena persecución sospechosa. Prefirió que cada cual siguiera su camino. Sin embargo, su corazón no opinaba lo mismo y cuando pasó frente al imponente edificio que había raptado la razón de sus latidos, se dio cuenta de que ya era tarde, y esa tardanza estaba mucho más allá del tiempo que recién marcaba las siete y dos del anochecer de su pobre vida.

    Sus pasos continuaban la marcha lúgubre hacia el vacío sintiéndose descarriados sin la guía de la imagen escurridiza. De pronto, como si el ala de un ángel cupido lo hubiese rozado, se dio vuelta encontrándose con una escena que corría por su piel con el desliz propio de una barra de hielo. Como si tratase de darle una nueva oportunidad, ella caminaba por el medio de la calle en dirección hacia él. Pero el valor no siempre enajena los espíritus en los claves momentos… César sólo atinó a mirar hacia delante, fingiendo una torpe indiferencia que le envenenaba la sangre sólo para darle un respiro a su temor vergonzante.

    Hasta que no llegó a la esquina no detuvo ni alteró el ritmo de su andar cobarde. Una vez que desde allí se sintió a salvo, comenzó con su vista inquieta a revolver cada rincón, cada átomo cercano a la concurrida entrada del Patio Bullrrich, con la esperanza factible de encontrar al menos un indicio que vislumbrase su presencia… Sin embargo parecía que la entraña negra del betún del asfalto se la había atragantado con eficacia. Pese a todo, no dándose por vencido, cruzó a la otra esquina ubicándose así sobre el filo de otro ángulo visual que al final tampoco pudo satisfacer sus propósitos. Lo único que quería era volver a verla para tratar de revelar si ella se había percatado de todo. Quizá su enamoramiento estaba siendo correspondido; el tercer encuentro no daba la impresión de ser muy casual.

    Tras cinco minutos de permanencia en esa ochava de Libertad y Posadas, comprendió que debía olvidarse absolutamente de tan ridícula peripecia. Esa situación en él parecía imposible; además de por sí era descabellada la idea de que una chica tan bella y juvenil podría llegar a fijarse y mucho menos enamorarse de alguien que podría ser su padre.

    Volvió a cruzar hasta la otra esquina pero esta vez para seguir de largo; claro que no pudo resistirse a pegar un último vistazo, en el que como una burla intolerable nuevamente apareció ella, sentada con toda naturalidad sobre la parecita del gran hotel ubicado frente al shopping.

    César, en vez de alegrarse se impresionó tanto como para no animarse a encararla por más que se había convencido de que el destino era quien le estaba acercando esa hermosura a su historia. Nunca había pasado por una situación tan dificultosa. No estaba seguro de nada salvo de que no tenía entonces su noción de la realidad atrofiada. “Lo más probable es que sólo reciba su rechazo –se decía angustiado–. ¿Con qué cara entonces voy a ir hacia ella? ¿Acaso no tendría mil razones para desconfiar de mí?... ¿Por qué tuve que encontrarla de nuevo?... ¡Me voy a volver loco!...”. Así trataba de ordenar su cabeza para desactivar su corazón.

    Como un sonámbulo caminó hasta la plazoleta Pellegrini, embalándose en vano sobre la empinada Libertad. Una vez que llegó hasta uno de sus bancos, a espaldas de una lluviosa fuente de ilusión, se dejó arrastrar por meditaciones mareadas de reproches… Minutos más tarde, como si nada, la ve caminar por la vereda del Jockey Club muy diáfana, del bracete de su conquistador… Irónico final acorde con su estúpida timidez.

    Ariel Carrizo Pacheco
    1991
     
    #1
    Última modificación: 23 de Diciembre de 2019

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