Kwisatz
Poeta asiduo al portal
EL ERMITAÑO
Erase una vez un ermitaño. No nació como tal, pues hubo un tiempo en el que buscaba un lugar donde encajar y la apreciación de sus semejantes.
Quería desarrollar sus talentos, ser su mejor versión, dejar su huella en la Tierra.
Mas conforme crecía, fue siendo consciente de su mediocridad y de las imperfecciones y las limitaciones del mundo que habitaba.
Quizá uno de los momentos más duros de su existencia fue cuando no tuvo más remedio que admitir que no era nadie especial ni interesante. No tenía nada original que aportar, y aunque se esforzó, no destacó en ningún campo del conocimiento ni poseía habilidad innata alguna.
Tampoco tuvo suerte en el amor y en las relaciones humanas. Él, que había sido tan enamoradizo de joven, fue rechazado una y otra vez por las mujeres de las que quedó prendado.
Aunque conoció a mucha gente, como suele ocurrir a menudo, verdaderos amigos podía contarlos con los dedos de una mano.
Por fortuna sí llego a sentir el amor incondicional que sólo un padre y una madre pueden proveer, los cuales constituyeron su pilar emocional hasta que, como todos los que venimos al mundo, tuvieron que partir de su vida.
Un hermano también tenía a quien quería sin límites y era su persona favorita por sobre cualquier otra. Mas él también tenía una vida que vivir y nunca quiso convertirse en lastre.
La verdad es que estaba solo, o así se sentía. No había formado familia, y con la perspectiva del tiempo hasta cuestionó la necesidad de perpetuar el ciclo de la vida. No lo necesitaban ni para eso, había millones y millones de seres humanos por la labor, trayendo criaturas inocentes a un mundo cada vez más corrupto, sucio e injusto.
Su fe en la Humanidad había ido desmoronándose conforme envejecía. Pese a poseer las herramientas para garantizar una existencia digna a la gran mayoría de sus congéneres, se había instituido como algo natural la inequidad. Que unos pocos controlen la mayoría de los recursos haciendo caso omiso a las necesidades de una gran masa social sufriente y sumisa era lo habitual.
Sumado esto a que la vida per se no es justa. No son justas las enfermedades, ni las catástrofes naturales que siegan vidas arbitrariamente y traen dolor a la existencia de millones de personas.
En un panorama tan desolador sólo tenía sus recuerdos y su fantasía, pues a lo largo de los años mucho había leído, visto y jugado. Conocía multitud de mundos y de personajes excepcionales que le hacían sentir más vivo que la propia vida.
Hace tiempo que se dio cuenta que a lo más que podía aspirar era a alcanzar la paz de espíritu, ser un soñador que se alimenta de historias.
Y así fue como se hizo ermitaño.