El Escritor...

Denielig

Poeta recién llegado
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Ante una hoja en papel, cuyo único contenido era el peso de su mirada vacía, se sentaba un hombre, mientras jugueteaba con una pluma y se preguntaba qué hacía con ella en la mano.


Vamos hombre, se dijo con severidad. Eres un escritor, y los escritores, pues escriben. Pero a pesar de que millones de imágenes, poblaban su mente, lo que no llegaban eran las palabras para expresarlas.


Escribió una línea, y con rabia arrugó el papel lanzándolo al cesto, que lo recibió con el resignado silencio con el que había recibido a los otros. Rebozaba de los desechos que durante horas, había parido aquella mente atormentada.


Se levantó y miró a su alrededor. El departamento, era un lugar a medio camino entre una vivienda y un estudio. Sobre dos mesas, había torres de libros, que se sostenían en precario equilibrio, y que habían sido leídos, consultados o desechados. Más allá una gran cama exhibía ropas, periódicos y cualquier otro objeto perdido entre las sabanas, y por su aspecto, difícilmente podría haberle ofrecido el descanso adecuado a ningún cuerpo.


Latas de refresco vacías, bolsas y cajas, que algún momento contuvieron algún alimento, aparecían esparcidas, y constituían el único y muy discutible adorno de aquel lugar.


Buscó sus cigarrillos y los encontró, bajo en montón de papeles, y al mirarlos recordó que debía terminar el escrito que esperaban en la editorial. Sus historias tenían éxito, pero no así su vida. La verdadera gran historia, la que quería contar, permanecía presa en su mente, sin encontrar ni salida ni ocasión.


Encendió el cigarrillo y caminó hacia la ventana, la abrió y se asomó por ella. Se ahogó al respirar el aire limpio de la noche, acostumbrado como estaba, al denso humo que respiraba las veinticuatro horas al día.


Miró hacia el horizonte, algo distorsionado por las estructuras de concreto, donde se apiñaban familias e historias en apretado conjunto. París, la ciudad luz, que ironía, porque solo veía oscuridad ante él.


Dirigió su vista hacia donde debía correr el Sena, con sus cerca de tres docenas de puentes, y cuyas riberas eran la meca de pintores y escritores por igual. Donde los turistas disfrutaban del recorrido en los típicos “Bateau Mouche”, sin sospechar que sus aguas son tan populares para los suicidios, como para disponer de los cuerpos de anodinas víctimas de asesinatos.


Cerró la ventana y volvió a sentarse frente a otra hoja en blanco. Maldijo con exasperación, él era capaz de escribir desde la más inverosímil historia, hasta la más cruda de las realidades, pero un inepto para vaciar sobre aquella hoja sus propios sentimientos.


Aquella cosa cálida, frágil y pura, que hacía ya algún tiempo, se había llevado su cordura. Que le robaba el sueño, el tiempo y hasta el aliento, sin consideración alguna, y causándole un cruel sufrimiento.


Pensó en ella, y su corazón por un breve lapso de tiempo se detuvo. Dónde diablos se habían metido las musas, dejándolo sumido en aquel tormento, de no poder decirle a la mujer que amaba, de la forma más hermosa, la verdad de sus sentimientos.


Finalmente y sin esperanzas, peleado con la inspiración y con los ojos cansados, lo único que pudo escribir sobre aquel papel, fue un simple y sincero: Te Amo.




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Última edición:
Muy bonito,a veces no nos alcanzan las palabras para expresar un sentimiento tan profundo,muy bueno un beso Sandra
 




Ante una hoja en papel, cuyo único contenido era el peso de su mirada vacía, se sentaba un hombre, mientras jugueteaba con una pluma y se preguntaba qué hacía con ella en la mano.


Vamos hombre, se dijo con severidad. Eres un escritor, y los escritores, pues escriben. Pero a pesar de que millones de imágenes, poblaban su mente, lo que no llegaban eran las palabras para expresarlas.


Escribió una línea, y con rabia arrugó el papel lanzándolo al cesto, que lo recibió con el resignado silencio con el que había recibido a los otros. Rebozaba de los desechos que durante horas, había parido aquella mente atormentada.


Se levantó y miró a su alrededor. El departamento, era un lugar a medio camino entre una vivienda y un estudio. Sobre dos mesas, había torres de libros, que se sostenían en precario equilibrio, y que habían sido leídos, consultados o desechados. Más allá una gran cama exhibía ropas, periódicos y cualquier otro objeto perdido entre las sabanas, y por su aspecto, difícilmente podría haberle ofrecido el descanso adecuado a ningún cuerpo.


Latas de refresco vacías, bolsas y cajas, que algún momento contuvieron algún alimento, aparecían esparcidas, y constituían el único y muy discutible adorno de aquel lugar.


Buscó sus cigarrillos y los encontró, bajo en montón de papeles, y al mirarlos recordó que debía terminar el escrito que esperaban en la editorial. Sus historias tenían éxito, pero no así su vida. La verdadera gran historia, la que quería contar, permanecía presa en su mente, sin encontrar ni salida ni ocasión.


Encendió el cigarrillo y caminó hacia la ventana, la abrió y se asomó por ella. Se ahogó al respirar el aire limpio de la noche, acostumbrado como estaba, al denso humo que respiraba las veinticuatro horas al día.


Miró hacia el horizonte, algo distorsionado por las estructuras de concreto, donde se apiñaban familias e historias en apretado conjunto. París, la ciudad luz, que ironía, porque solo veía oscuridad ante él.


Dirigió su vista hacia donde debía correr el Sena, con sus cerca de tres docenas de puentes, y cuyas riberas eran la meca de pintores y escritores por igual. Donde los turistas disfrutaban del recorrido en los típicos “Bateau Mouche”, sin sospechar que sus aguas son tan populares para los suicidios, como para disponer de los cuerpos de anodinas víctimas de asesinatos.


Cerró la ventana y volvió a sentarse frente a otra hoja en blanco. Maldijo con exasperación, él era capaz de escribir desde la más inverosímil historia, hasta la más cruda de las realidades, pero un inepto para vaciar sobre aquella hoja sus propios sentimientos.


Aquella cosa cálida, frágil y pura, que hacía ya algún tiempo, se había llevado su cordura. Que le robaba el sueño, el tiempo y hasta el aliento, sin consideración alguna, y causándole un cruel sufrimiento.


Pensó en ella, y su corazón por un breve lapso de tiempo se detuvo. Dónde diablos se habían metido las musas, dejándolo sumido en aquel tormento, de no poder decirle a la mujer que amaba, de la forma más hermosa, la verdad de sus sentimientos.


Finalmente y sin esperanzas, peleado con la inspiración y con los ojos cansados, lo único que pudo escribir sobre aquel papel, fue un simple y sincero: Te Amo.




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Que cuesta decir un te amo, pero un te odio no cuesta nada, Somos cobardes en muchas ocaciones cuando nos toca ver a los ojos nos avergonzamos de lo que vamos a decir. Bello mensaje, te prendìa hasta el final, pero logré descubrir ese bello mensaje. Gracias por compartir y te dejo estrellas y reputación.
 
este si que es magnifico, me ha emocionado mucho este escrito es muy bueno
y esque espresar lo que uno en verdad quiere siempre es dificil
saludos y estrellas
porque repu no em deja darte
 
Que cuesta decir un te amo, pero un te odio no cuesta nada, Somos cobardes en muchas ocaciones cuando nos toca ver a los ojos nos avergonzamos de lo que vamos a decir. Bello mensaje, te prendìa hasta el final, pero logré descubrir ese bello mensaje. Gracias por compartir y te dejo estrellas y reputación.

Buenas tardes Walberto... muchas gracias por la visita y por tus palabras... y me alegra q hayas visto el mensaje... karamel kisses...
 
este si que es magnifico, me ha emocionado mucho este escrito es muy bueno
y esque espresar lo que uno en verdad quiere siempre es dificil
saludos y estrellas
porque repu no em deja darte


Hello again Laio... pues me alegra mucho que este sí cuente con tu aprobación :-)... gracias por las estrellitas corazón... karamel kisses...
 




Ante una hoja en papel, cuyo único contenido era el peso de su mirada vacía, se sentaba un hombre, mientras jugueteaba con una pluma y se preguntaba qué hacía con ella en la mano.


Vamos hombre, se dijo con severidad. Eres un escritor, y los escritores, pues escriben. Pero a pesar de que millones de imágenes, poblaban su mente, lo que no llegaban eran las palabras para expresarlas.


Escribió una línea, y con rabia arrugó el papel lanzándolo al cesto, que lo recibió con el resignado silencio con el que había recibido a los otros. Rebozaba de los desechos que durante horas, había parido aquella mente atormentada.


Se levantó y miró a su alrededor. El departamento, era un lugar a medio camino entre una vivienda y un estudio. Sobre dos mesas, había torres de libros, que se sostenían en precario equilibrio, y que habían sido leídos, consultados o desechados. Más allá una gran cama exhibía ropas, periódicos y cualquier otro objeto perdido entre las sabanas, y por su aspecto, difícilmente podría haberle ofrecido el descanso adecuado a ningún cuerpo.


Latas de refresco vacías, bolsas y cajas, que algún momento contuvieron algún alimento, aparecían esparcidas, y constituían el único y muy discutible adorno de aquel lugar.


Buscó sus cigarrillos y los encontró, bajo en montón de papeles, y al mirarlos recordó que debía terminar el escrito que esperaban en la editorial. Sus historias tenían éxito, pero no así su vida. La verdadera gran historia, la que quería contar, permanecía presa en su mente, sin encontrar ni salida ni ocasión.


Encendió el cigarrillo y caminó hacia la ventana, la abrió y se asomó por ella. Se ahogó al respirar el aire limpio de la noche, acostumbrado como estaba, al denso humo que respiraba las veinticuatro horas al día.


Miró hacia el horizonte, algo distorsionado por las estructuras de concreto, donde se apiñaban familias e historias en apretado conjunto. París, la ciudad luz, que ironía, porque solo veía oscuridad ante él.


Dirigió su vista hacia donde debía correr el Sena, con sus cerca de tres docenas de puentes, y cuyas riberas eran la meca de pintores y escritores por igual. Donde los turistas disfrutaban del recorrido en los típicos “Bateau Mouche”, sin sospechar que sus aguas son tan populares para los suicidios, como para disponer de los cuerpos de anodinas víctimas de asesinatos.


Cerró la ventana y volvió a sentarse frente a otra hoja en blanco. Maldijo con exasperación, él era capaz de escribir desde la más inverosímil historia, hasta la más cruda de las realidades, pero un inepto para vaciar sobre aquella hoja sus propios sentimientos.


Aquella cosa cálida, frágil y pura, que hacía ya algún tiempo, se había llevado su cordura. Que le robaba el sueño, el tiempo y hasta el aliento, sin consideración alguna, y causándole un cruel sufrimiento.


Pensó en ella, y su corazón por un breve lapso de tiempo se detuvo. Dónde diablos se habían metido las musas, dejándolo sumido en aquel tormento, de no poder decirle a la mujer que amaba, de la forma más hermosa, la verdad de sus sentimientos.


Finalmente y sin esperanzas, peleado con la inspiración y con los ojos cansados, lo único que pudo escribir sobre aquel papel, fue un simple y sincero: Te Amo.




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bellos escrito muy expresivo... el escritor plasmo mucho quizas todo con solo dos palabras.....saludos agradable dama.............
 
Cuantos papeles arrugados
al cesto con pocas palabras van
muchas ideas rondando
en nuestra cabeza están.

Me veo reflejado en tu Prosa, una razon mas para seguir escribiendo
gracias por compatir mis estrellas y cariños infinitos

te dejo un link por si deseas pasar

http://www.mundopoesia.com/foros/poemas-de-amor/380601-contando-estrellas.html


Buenas Alberto... creo q a todos nos ha sucedido alguna vez... el vernos frente a una hoja en blanco... con tanto por decir y sin poder hacerlo... gracias por tus palabras... y ya pasé por tu bello escrito... karamel kisses...
 




Ante una hoja en papel, cuyo único contenido era el peso de su mirada vacía, se sentaba un hombre, mientras jugueteaba con una pluma y se preguntaba qué hacía con ella en la mano.


Vamos hombre, se dijo con severidad. Eres un escritor, y los escritores, pues escriben. Pero a pesar de que millones de imágenes, poblaban su mente, lo que no llegaban eran las palabras para expresarlas.


Escribió una línea, y con rabia arrugó el papel lanzándolo al cesto, que lo recibió con el resignado silencio con el que había recibido a los otros. Rebozaba de los desechos que durante horas, había parido aquella mente atormentada.


Se levantó y miró a su alrededor. El departamento, era un lugar a medio camino entre una vivienda y un estudio. Sobre dos mesas, había torres de libros, que se sostenían en precario equilibrio, y que habían sido leídos, consultados o desechados. Más allá una gran cama exhibía ropas, periódicos y cualquier otro objeto perdido entre las sabanas, y por su aspecto, difícilmente podría haberle ofrecido el descanso adecuado a ningún cuerpo.


Latas de refresco vacías, bolsas y cajas, que algún momento contuvieron algún alimento, aparecían esparcidas, y constituían el único y muy discutible adorno de aquel lugar.


Buscó sus cigarrillos y los encontró, bajo en montón de papeles, y al mirarlos recordó que debía terminar el escrito que esperaban en la editorial. Sus historias tenían éxito, pero no así su vida. La verdadera gran historia, la que quería contar, permanecía presa en su mente, sin encontrar ni salida ni ocasión.


Encendió el cigarrillo y caminó hacia la ventana, la abrió y se asomó por ella. Se ahogó al respirar el aire limpio de la noche, acostumbrado como estaba, al denso humo que respiraba las veinticuatro horas al día.


Miró hacia el horizonte, algo distorsionado por las estructuras de concreto, donde se apiñaban familias e historias en apretado conjunto. París, la ciudad luz, que ironía, porque solo veía oscuridad ante él.


Dirigió su vista hacia donde debía correr el Sena, con sus cerca de tres docenas de puentes, y cuyas riberas eran la meca de pintores y escritores por igual. Donde los turistas disfrutaban del recorrido en los típicos “Bateau Mouche”, sin sospechar que sus aguas son tan populares para los suicidios, como para disponer de los cuerpos de anodinas víctimas de asesinatos.


Cerró la ventana y volvió a sentarse frente a otra hoja en blanco. Maldijo con exasperación, él era capaz de escribir desde la más inverosímil historia, hasta la más cruda de las realidades, pero un inepto para vaciar sobre aquella hoja sus propios sentimientos.


Aquella cosa cálida, frágil y pura, que hacía ya algún tiempo, se había llevado su cordura. Que le robaba el sueño, el tiempo y hasta el aliento, sin consideración alguna, y causándole un cruel sufrimiento.


Pensó en ella, y su corazón por un breve lapso de tiempo se detuvo. Dónde diablos se habían metido las musas, dejándolo sumido en aquel tormento, de no poder decirle a la mujer que amaba, de la forma más hermosa, la verdad de sus sentimientos.


Finalmente y sin esperanzas, peleado con la inspiración y con los ojos cansados, lo único que pudo escribir sobre aquel papel, fue un simple y sincero: Te Amo.




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Hermosas lineas y es verdad muchas veces las palabras se nos esconden muy dentro de nosotros sin poder ser expresadas....sin embargo un "te amo" puede pronunciarlo todo mundo, pero muy pocos con el corazón.FELICITACIONES! me encanto tus lineas, es grato leerte.besos y bendiciones y mis estrellitas mas sinceras para ti.
 
Hermosas lineas y es verdad muchas veces las palabras se nos esconden muy dentro de nosotros sin poder ser expresadas....sin embargo un "te amo" puede pronunciarlo todo mundo, pero muy pocos con el corazón.FELICITACIONES! me encanto tus lineas, es grato leerte.besos y bendiciones y mis estrellitas mas sinceras para ti.

Buen día muchas gracias Verito... me alegra mucho t visita y q te haya gustado.. karamel kisses...
 

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