sebastianidad
Poeta recién llegado
Tu boca lejana pronuncia
un jardín de esferas doradas;
perfume alado,
ojos de almendra y trigo,
túneles de bucles derramándose
sobre los hombros,
sonrisa de paloma
piernas de bandoneón,
tu piel envuelve el enigma
una seda ligera te cubre los senos
le temo al olvido
me pregunto si aun existo para ti.
Lágrimas secas de asfalto
pies de centurias
condenado a reinventarme
en cada partícula de instante,
la agonía de una actuación
en los escenarios de los días.
Tu mirada oceánica
dos soles embriagantes
flotando en la cifra del horizonte,
el vértigo de tus rostros
en la ternura de los silencios
la creación de una palabra;
brazos de algodón
blancos como la miel.
dejar de ser
es semejante a vivir.
Puñal de angustia
incrustado en el pecho
aquel viejo pensamiento
inspirado entre los libros
el observar tras la ventana:
el espejo astillado es el paso del tiempo.
el hombre que vuelve
sobre el acontecer de la memoria,
en el retorno perpetuo
a las anclas del recuerdo.
Figurando allí su continuidad
se percibe extraño
dislocado, agrietado, precario,
tristemente luminoso;
si su fortaleza estaba en la unidad
ahora encadenado y pretérito
fía a su cuerpo
un refugio de vid
una identidad tangible como el agua.
El mar sereno
se vuelve espumoso
navío de lunas
en batalla tormentosa
al menos dispusiera de aquella boca
en el jardín de las esferas
doradas como el ámbar,
del perfume alado
los ojos de almendra y trigo
un jardín de esferas doradas;
perfume alado,
ojos de almendra y trigo,
túneles de bucles derramándose
sobre los hombros,
sonrisa de paloma
piernas de bandoneón,
tu piel envuelve el enigma
una seda ligera te cubre los senos
le temo al olvido
me pregunto si aun existo para ti.
Lágrimas secas de asfalto
pies de centurias
condenado a reinventarme
en cada partícula de instante,
la agonía de una actuación
en los escenarios de los días.
Tu mirada oceánica
dos soles embriagantes
flotando en la cifra del horizonte,
el vértigo de tus rostros
en la ternura de los silencios
la creación de una palabra;
brazos de algodón
blancos como la miel.
dejar de ser
es semejante a vivir.
Puñal de angustia
incrustado en el pecho
aquel viejo pensamiento
inspirado entre los libros
el observar tras la ventana:
el espejo astillado es el paso del tiempo.
el hombre que vuelve
sobre el acontecer de la memoria,
en el retorno perpetuo
a las anclas del recuerdo.
Figurando allí su continuidad
se percibe extraño
dislocado, agrietado, precario,
tristemente luminoso;
si su fortaleza estaba en la unidad
ahora encadenado y pretérito
fía a su cuerpo
un refugio de vid
una identidad tangible como el agua.
El mar sereno
se vuelve espumoso
navío de lunas
en batalla tormentosa
al menos dispusiera de aquella boca
en el jardín de las esferas
doradas como el ámbar,
del perfume alado
los ojos de almendra y trigo