Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL FANTASMA
Tardé más de tres meses en visitar la casa de mi padre, después de su muerte. Tenía que inventariar todos sus libros para donar su biblioteca a la universidad, siguiendo las instrucciones de su testamento. Sentí un enorme pesar ante la puerta de su casa, donde murió solo. Me sentía culpable por mis escasas visitas durante los últimos 30 años de su vida, el tiempo que pasó solo; pero ya no tenía remedio. Tendríamos que vivir dos veces para rectificar nuestra conducta.
La casa parecía muerta y abandonada, igual que el que fue su dueño; aunque la hiedra que cubría la mayor parte de los muros daba una señal de vida. La puerta de la verja que rodeaba el jardín chirrió cuando pasé, parecía que protestaba por la entrada de un intruso. Subí directamente a la primera planta, donde estaba la biblioteca, una sala diáfana rodeada de estanterías con libros que cubrían todas las paredes. Allí encontró la asistenta a mi padre muerto con un libro en la mano. La sala estaba en penumbra, sólo entraba un poco de luz a través de la ventana de la escalera, situada detrás de la puerta de la biblioteca. Escuché el taconeo de unos pasos, me detuve y el sonido cesó... di unos pasos y el taconeo se repitió. Pensé que mi padre estaba allí; pero no tuve miedo, sino todo lo contrario, porque deseaba despedirme de él. Siempre he creído que los fantasmas, si existiesen, serían bondadosos. Los seres inmateriales no pueden corromperse, son como los ideales. Entonces vi una silueta enfrente y le llamé:
-- ¡Padre… padre!
Pero sólo el eco respondió, igual que había respondido a mis pasos. Encendí la luz y vi mi imagen reflejada en uno de los cristales de los cuatro ventanales con las contraventanas herméticamente cerradas.
Sonreí con tristeza. Todo se aclaro cuando encendí la luz. ¡Qué fácil es confundir la realidad con los deseos y temores! Yo era el “fantasma”. En cierto modo, todas las personas después de morir nos convertimos en fantasmas; solo viviremos en el recuerdo de las personas que nos amaron. También es un fantasma el niño que fuimos. Dejamos de ser fantasmas solamente durante el instante que dura el tiempo presente. Antes y después del instante actual sólo sentimos los recuerdos del pasado y las esperanzas del futuro.
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