David Martinez Vilches
Amigo de la Poesía Clásica
El filósofo piensa, y en su sueño de sabio recrea
su perfecta razón, se le nubla de gestos la cara.
Se despierta y se vuelve. Y al armario marrón se pasea
buscando algunas páginas en sus libros de ciencia tan rara.
Su cerebro gastado pone en marcha, y así devanea
tantos conocimientos, y su mente insaciable se aclara,
luego alguna canción sin sentido o compás canturrea,
¡algo se le ha ocurrido! De su ronda perpetua se para.
Coge un lápiz roído por pensar en las noches sin sueño,
se estira en un bostezo declarando vejez o pereza,
finalmente se inclina, regalando en lo escrito su empeño.
Y lo borra del todo, con las cejas mostrando tristeza.
Y se vuelve hacia el lápiz reprochando su lapsus pequeño.
Y de tanto pensar, tiene el sabio dolor de cabeza.
su perfecta razón, se le nubla de gestos la cara.
Se despierta y se vuelve. Y al armario marrón se pasea
buscando algunas páginas en sus libros de ciencia tan rara.
Su cerebro gastado pone en marcha, y así devanea
tantos conocimientos, y su mente insaciable se aclara,
luego alguna canción sin sentido o compás canturrea,
¡algo se le ha ocurrido! De su ronda perpetua se para.
Coge un lápiz roído por pensar en las noches sin sueño,
se estira en un bostezo declarando vejez o pereza,
finalmente se inclina, regalando en lo escrito su empeño.
Y lo borra del todo, con las cejas mostrando tristeza.
Y se vuelve hacia el lápiz reprochando su lapsus pequeño.
Y de tanto pensar, tiene el sabio dolor de cabeza.