danie
solo un pensamiento...
Usted, como buen samaritano
nunca debe replicarle nada al cura ni a su dios
en los sermones domingueros
ni al policía de tránsito,
ni a las putas; en especial a las putas (que son un bien común).
No cuestione ninguna orden
de sus superiores.
Lávese los dientes todas las noches,
y nunca fume,
beba
o
coma de más.
Mejor;
no haga nada que haga irritar al prójimo
y si tiene dudas al respecto,
directamente,
no lo haga.
Vístase con el traje de la moral (ese a rayas que parece una cebra)
que le dieron en el orfanato.
Péinese una raya al costado
con un pote de gel (el lengüetazo de vaca nunca falla).
Báñese todos los días
y perfume sus palabras para que el aroma a flores frescas
tape la mierda
que guarda en sus profundas tripas.
Nunca escriba poesía,
deje eso a los que se la pasan rascándose los huevos.
Lleve consigo
la biblia de la ética a donde vaya y promúlguela
de casa en casa.
Por nada del mundo
debería,
usted,
romper con la metódica cadena de mando impuesta por los otros.
Haga todo esto que le digo…
No, mejor, no haga nada; cástrese
y empestíllese para invernar en un pequeño búnker
durante unos 40 inviernos
y así nunca tendrá dudas ni será tentado
ni, tampoco, cometerá errores.
Es lo más fácil.
De esta forma siempre será el hombre más decente de todos.
Tan decente
como el fantasma de una monja que vivió en castidad
y luego, de muerta, fue exiliada por alguna fuerza
a quedarse en la punta
del Himalaya (donde no ronda ni el diablo).
De lo contrario, se llevará el gran fisco de los otros…
El gran fiasco
de querer pelear la única batalla que vale la pena ganarse;
pero ni los santos ni los hijos de “buena madre” jamás ganan:
“la de derrotar a la rabia en nombre de la felicidad”.
nunca debe replicarle nada al cura ni a su dios
en los sermones domingueros
ni al policía de tránsito,
ni a las putas; en especial a las putas (que son un bien común).
No cuestione ninguna orden
de sus superiores.
Lávese los dientes todas las noches,
y nunca fume,
beba
o
coma de más.
Mejor;
no haga nada que haga irritar al prójimo
y si tiene dudas al respecto,
directamente,
no lo haga.
Vístase con el traje de la moral (ese a rayas que parece una cebra)
que le dieron en el orfanato.
Péinese una raya al costado
con un pote de gel (el lengüetazo de vaca nunca falla).
Báñese todos los días
y perfume sus palabras para que el aroma a flores frescas
tape la mierda
que guarda en sus profundas tripas.
Nunca escriba poesía,
deje eso a los que se la pasan rascándose los huevos.
Lleve consigo
la biblia de la ética a donde vaya y promúlguela
de casa en casa.
Por nada del mundo
debería,
usted,
romper con la metódica cadena de mando impuesta por los otros.
Haga todo esto que le digo…
No, mejor, no haga nada; cástrese
y empestíllese para invernar en un pequeño búnker
durante unos 40 inviernos
y así nunca tendrá dudas ni será tentado
ni, tampoco, cometerá errores.
Es lo más fácil.
De esta forma siempre será el hombre más decente de todos.
Tan decente
como el fantasma de una monja que vivió en castidad
y luego, de muerta, fue exiliada por alguna fuerza
a quedarse en la punta
del Himalaya (donde no ronda ni el diablo).
De lo contrario, se llevará el gran fisco de los otros…
El gran fiasco
de querer pelear la única batalla que vale la pena ganarse;
pero ni los santos ni los hijos de “buena madre” jamás ganan:
“la de derrotar a la rabia en nombre de la felicidad”.
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