CFM
Poeta recién llegado
Un gélido atardecer del invierno,
en el que la urbe un teatro parecía,
al viento estrujar mi espina sintiendo
llegué donde un escenario se erguía.
-Oh, mi alma, si nada fuese un recuerdo-
El cielo en lo cual su pecho fulgía
un corazón poseía sangriento
mientras venas por su ser esparcía,
dando a las aves acordes funestos
de instrumentadas, roncas sinfonías
Oh alma, ¿acaso no te estremeciste
observando aquesa escenografía?
¿Acaso no fue amargo un convite
para disfórmese tu aura, marchita
y en hórrido sayal días gentiles?
Escenario, butacas, la ser mía,
todo estaba tinto en esa sangre.
Sinuosidad escarlata, rojiza,
ancianos, cada niño, cada madre.
¡Todo era sangre, todo ella cubría!
Mas alcancé entonces algo admirar,
tras haberme al escenario subido,
que esa natura parecía olvidar:
cual de plata en paralelo dos hilos
que los cielos lograban aferrar.
¿De qué augusto lugar eran surgidos
aquellos hilos de argenta hermandad
los cuales, despreciando el rojo sino
de ensangrentada toda la ciudad,
cruzaban al escenario en su brillo?
¿Y por qué falto de su majestad
lucía aquel escenario vacío,
sólo otorgándome a mí su beldad,
cual el carecer deseando de oficio
vacuo de vida y suyo el deleitar?
Entonces del horizonte nacido
comenzóse al escenario a acercar
un gusano blanco, concebido
de hinchado un ser como de enormidad
y miles de negros ojos de vidrio;
mientras que comenzaban a llegar
cientos de hombres al escenario erguido
sobre ese mundo de sángrea piedad,
cargando blancos capullos tejidos,
gigantes capullos de su pesar.
Y al escenario llegar el gusano
subióse con inflamado furor
¡a cada hombre de aquéllos devorando!
¡Oh, gritos de todo miedo y terror!
¡Sangre, sangre y dos hilos argentados!