hugoescritor
Poeta que considera el portal su segunda casa
-¡Manos arribas! gritó el ladrón- ¡Esto es un asalto!, agregó, como si fuese necesario confirmar lo obvio.
Clientes y empleados del banco se apresuraron a obedecerlo. Yo no me moví.
Mi actitud enfureció al ladrón. Se abalanzó sobre mí y esgrimiendo su arma ante mi cara comenzó una larga sucesión de insultos y amenazas.
Casi no lo escuchaba, estaba en paz. Después de todo, pensé, ésta no era una manera tan mala de acabar con todo.
Después de un momento, el tipo pareció cansarse. Arrojó su arma al suelo y salió del banco, aún vociferando.
Cuando escuchamos el sonido que ésta hizo al dar contra el piso, todos comprendimos que se trataba de un arma de juguete, sólo era una réplica bien lograda.
Clientes y empleados, una vez recuperada su movilidad, corrieron a felicitarme. Creían que mi actitud había sido la que había evitado el atraco. Entre ellos destacaba, por su obsecuencia, el gerente de la sucursal
Sí, el mismo hijo de puta que diez minutos antes me había tratado como a una basura y me había denegado el crédito, que era la única posibilidad de salvar mi casa y la de mi familia del remate que éste mismo banco había pedido.
Sin casi pensarlo, saqué mi arma. Esta sí era verdadera y la llevaba porque había decidido que si fracasaba en mi gestión, yo mismo acabaría con mi vida.
No sé cuantas veces le disparé. Solo dejé de hacerlo luego de que el martillo del arma sonara varias veces en el vacío.
Salí caminando lentamente del banco. Clientes y empleados parecían nuevamente congelados.
Cuando atravesé la puerta pude escuchar el lejano aullido de las sirenas de los móviles policiales, que se dirigían al lugar.
Clientes y empleados del banco se apresuraron a obedecerlo. Yo no me moví.
Mi actitud enfureció al ladrón. Se abalanzó sobre mí y esgrimiendo su arma ante mi cara comenzó una larga sucesión de insultos y amenazas.
Casi no lo escuchaba, estaba en paz. Después de todo, pensé, ésta no era una manera tan mala de acabar con todo.
Después de un momento, el tipo pareció cansarse. Arrojó su arma al suelo y salió del banco, aún vociferando.
Cuando escuchamos el sonido que ésta hizo al dar contra el piso, todos comprendimos que se trataba de un arma de juguete, sólo era una réplica bien lograda.
Clientes y empleados, una vez recuperada su movilidad, corrieron a felicitarme. Creían que mi actitud había sido la que había evitado el atraco. Entre ellos destacaba, por su obsecuencia, el gerente de la sucursal
Sí, el mismo hijo de puta que diez minutos antes me había tratado como a una basura y me había denegado el crédito, que era la única posibilidad de salvar mi casa y la de mi familia del remate que éste mismo banco había pedido.
Sin casi pensarlo, saqué mi arma. Esta sí era verdadera y la llevaba porque había decidido que si fracasaba en mi gestión, yo mismo acabaría con mi vida.
No sé cuantas veces le disparé. Solo dejé de hacerlo luego de que el martillo del arma sonara varias veces en el vacío.
Salí caminando lentamente del banco. Clientes y empleados parecían nuevamente congelados.
Cuando atravesé la puerta pude escuchar el lejano aullido de las sirenas de los móviles policiales, que se dirigían al lugar.
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