El hijo del sepulturero

dulcinista

Poeta veterano en el Portal
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Mi padre, hijo bastardo de una lavandera y un leñador, no me quiso nunca. No porque fuese feo o débil, sino por todo lo contrario. Ya siendo yo pequeño comenzó a sospechar que muy pronto no sería capaz de dominarme como dominaba a mi madre y a mi hermana. Eso le hizo odiarme hasta llegar a maltratarme casi a diario. Las palizas eran frencuentes y había épocas en que se hacían casi diarias por las razones más triviales. Mi madre le daba la razón la mayoría de las veces. Yo no lloraba. Tan solo soñaba con que llegase la hora de la venganza.
Nací en la carnicería donde trabajaba mi madre, entre tripas de cerdo y sangre. Mi progenitora estuvo un tiempo decidiendo si me tiraba en el cubo de los desperdicios. Finalmente decidió no hacerlo y con su mismo cuchillo de trabajo me cortó el cordón umbilical. Logré sobrevivir de milagro, gracias a mi fortaleza.
En casa me acogieron como una carga más. Al poco de mi nacimiento, a mi padre, que realizaba el trabajo de sepulturero, se le cayó un ataúd encima destrozándole la pierna derecha. Le quedó una cojera que amargó y agrió aún más su carácter.
Cuando no tenía colegio me obligaba a ir con él al cementerio donde trabajaba, y si tenía que abrir algún nicho para sacar un ataúd me obligaba a ver al muerto mientras me decía que en eso me convertiría yo, que los mismos gusanos que allí se veían serían los que se comerían mi cuerpo cuando yo muriese.
Tenía un alma más negra que el carbón. Muchas veces lo vi encerrar vivo en el nicho junto con el ataúd un gato o un pajarillo que había conseguido cazar. Pero todo se paga en esta vida. Ahora debe estar purgando sus pecados en el infierno. Tuvo lo que se merecía. Era invierno cuando me deshice de él. En esa época del año llega pronto la noche. Se había emborrachado. Se quedó dormido bajo uno de los cipreses del cementerio. Le até las manos y los pies con alambre. Lo arrastré hasta un nicho cercano, uno situado a ras del suelo. Lo introduje en el oscuro agujero y tapé la entrada con una lápida vieja. Había visto muchas veces a mi padre hacerlo; se ponía la lápida y después se tapaba todo el borde de alrrededor con yeso. Así fue como mandé al maldito al infierno. Cerré la cancela del cementerio y tiré la llave a un pozo cercano. Hacía frio. Las estrellas brillaban en el cielo. Respiré hondo. Era hermosa la noche a pesar del frío. Cuando llegué a casa solo, mi madre no se alarmó por la ausencia de su marido; estaba acostumbrada a sus borracheras y a que durmiese fuera de casa. Nunca dieron con él. Nunca encontraron su cuerpo. Después de todo, qué mejor sitio que un cementerio para esconder un muerto.

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Eladio Parreño Elías

8-Septiembre-2011

 

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Mi padre, hijo bastardo de una lavandera y un leñador, no me quiso nunca. No porque fuese feo o débil, sino por todo lo contrario. Ya siendo yo pequeño comenzó a sospechar que muy pronto no sería capaz de dominarme como dominaba a mi madre y a mi hermana. Eso le hizo odiarme hasta llegar a maltratarme casi a diario. Las palizas eran frencuentes y había épocas en que se hacían casi diarias por las razones más triviales. Mi madre le daba la razón la mayoría de las veces. Yo no lloraba. Tan solo soñaba con que llegase la hora de la venganza.
Nací en la carnicería donde trabajaba mi madre, entre tripas de cerdo y sangre. Mi progenitora estuvo un tiempo decidiendo si me tiraba en el cubo de los desperdicios. Finalmente decidió no hacerlo y con su mismo cuchillo de trabajo me cortó el cordón umbilical. Logré sobrevivir de milagro, gracias a mi fortaleza.
En casa me acogieron como una carga más. Al poco de mi nacimiento, a mi padre, que realizaba el trabajo de sepulturero, se le cayó un ataúd encima destrozándole la pierna derecha. Le quedó una cojera que amargó y agrió aún más su carácter.
Cuando no tenía colegio me obligaba a ir con él al cementerio donde trabajaba, y si tenía que abrir algún nicho para sacar un ataúd me obligaba a ver al muerto mientras me decía que en eso me convertiría yo, que los mismos gusanos que allí se veían serían los que se comerían mi cuerpo cuando yo muriese.
Tenía un alma más negra que el carbón. Muchas veces lo vi encerrar vivo en el nicho junto con el ataúd un gato o un pajarillo que había conseguido cazar. Pero todo se paga en esta vida. Ahora debe estar purgando sus pecados en el infierno. Tuvo lo que se merecía. Era invierno cuando me deshice de él. En esa época del año llega pronto la noche. Se había emborrachado. Se quedó dormido bajo uno de los cipreses del cementerio. Le até las manos y los pies con alambre. Lo arrastré hasta un nicho cercano, uno situado a ras del suelo. Lo introduje en el oscuro agujero y tapé la entrada con una lápida vieja. Había visto muchas veces a mi padre hacerlo; se ponía la lápida y después se tapaba todo el borde de alrrededor con yeso. Así fue como mandé al maldito al infierno. Cerré la cancela del cementerio y tiré la llave a un pozo cercano. Hacía frio. Las estrellas brillaban en el cielo. Respiré hondo. Era hermosa la noche a pesar del frío. Cuando llegué a casa solo, mi madre no se alarmó por la ausencia de su marido; estaba acostumbrada a sus borracheras y a que durmiese fuera de casa. Nunca dieron con él. Nunca encontraron su cuerpo. Después de todo, qué mejor sitio que un cementerio para esconder un muerto.

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Eladio Parreño Elías

8-Septiembre-2011



Hola, Por fin se liberó,
pero ya imagino los traumas
y complejos que arrastra desde
su niñez el personaje principal.
Quedó marcado de por vida.
Un gusto leerte
saludos y estrellas
¡SONRIE!
 
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Mi padre, hijo bastardo de una lavandera y un leñador, no me quiso nunca. No porque fuese feo o débil, sino por todo lo contrario. Ya siendo yo pequeño comenzó a sospechar que muy pronto no sería capaz de dominarme como dominaba a mi madre y a mi hermana. Eso le hizo odiarme hasta llegar a maltratarme casi a diario. Las palizas eran frencuentes y había épocas en que se hacían casi diarias por las razones más triviales. Mi madre le daba la razón la mayoría de las veces. Yo no lloraba. Tan solo soñaba con que llegase la hora de la venganza.
Nací en la carnicería donde trabajaba mi madre, entre tripas de cerdo y sangre. Mi progenitora estuvo un tiempo decidiendo si me tiraba en el cubo de los desperdicios. Finalmente decidió no hacerlo y con su mismo cuchillo de trabajo me cortó el cordón umbilical. Logré sobrevivir de milagro, gracias a mi fortaleza.
En casa me acogieron como una carga más. Al poco de mi nacimiento, a mi padre, que realizaba el trabajo de sepulturero, se le cayó un ataúd encima destrozándole la pierna derecha. Le quedó una cojera que amargó y agrió aún más su carácter.
Cuando no tenía colegio me obligaba a ir con él al cementerio donde trabajaba, y si tenía que abrir algún nicho para sacar un ataúd me obligaba a ver al muerto mientras me decía que en eso me convertiría yo, que los mismos gusanos que allí se veían serían los que se comerían mi cuerpo cuando yo muriese.
Tenía un alma más negra que el carbón. Muchas veces lo vi encerrar vivo en el nicho junto con el ataúd un gato o un pajarillo que había conseguido cazar. Pero todo se paga en esta vida. Ahora debe estar purgando sus pecados en el infierno. Tuvo lo que se merecía. Era invierno cuando me deshice de él. En esa época del año llega pronto la noche. Se había emborrachado. Se quedó dormido bajo uno de los cipreses del cementerio. Le até las manos y los pies con alambre. Lo arrastré hasta un nicho cercano, uno situado a ras del suelo. Lo introduje en el oscuro agujero y tapé la entrada con una lápida vieja. Había visto muchas veces a mi padre hacerlo; se ponía la lápida y después se tapaba todo el borde de alrrededor con yeso. Así fue como mandé al maldito al infierno. Cerré la cancela del cementerio y tiré la llave a un pozo cercano. Hacía frio. Las estrellas brillaban en el cielo. Respiré hondo. Era hermosa la noche a pesar del frío. Cuando llegué a casa solo, mi madre no se alarmó por la ausencia de su marido; estaba acostumbrada a sus borracheras y a que durmiese fuera de casa. Nunca dieron con él. Nunca encontraron su cuerpo. Después de todo, qué mejor sitio que un cementerio para esconder un muerto.

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Eladio Parreño Elías

8-Septiembre-2011



¡¡Santo Dios!
que cosas escribes
me ha dado un miedo
mira que por más malo enterrar al padre así vivito...
Diossssssssss!!
te felicito por tu imaginación inagotable
Estrellas y un abrazo
Ana
 
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Mi padre, hijo bastardo de una lavandera y un leñador, no me quiso nunca. No porque fuese feo o débil, sino por todo lo contrario. Ya siendo yo pequeño comenzó a sospechar que muy pronto no sería capaz de dominarme como dominaba a mi madre y a mi hermana. Eso le hizo odiarme hasta llegar a maltratarme casi a diario. Las palizas eran frencuentes y había épocas en que se hacían casi diarias por las razones más triviales. Mi madre le daba la razón la mayoría de las veces. Yo no lloraba. Tan solo soñaba con que llegase la hora de la venganza.
Nací en la carnicería donde trabajaba mi madre, entre tripas de cerdo y sangre. Mi progenitora estuvo un tiempo decidiendo si me tiraba en el cubo de los desperdicios. Finalmente decidió no hacerlo y con su mismo cuchillo de trabajo me cortó el cordón umbilical. Logré sobrevivir de milagro, gracias a mi fortaleza.
En casa me acogieron como una carga más. Al poco de mi nacimiento, a mi padre, que realizaba el trabajo de sepulturero, se le cayó un ataúd encima destrozándole la pierna derecha. Le quedó una cojera que amargó y agrió aún más su carácter.
Cuando no tenía colegio me obligaba a ir con él al cementerio donde trabajaba, y si tenía que abrir algún nicho para sacar un ataúd me obligaba a ver al muerto mientras me decía que en eso me convertiría yo, que los mismos gusanos que allí se veían serían los que se comerían mi cuerpo cuando yo muriese.
Tenía un alma más negra que el carbón. Muchas veces lo vi encerrar vivo en el nicho junto con el ataúd un gato o un pajarillo que había conseguido cazar. Pero todo se paga en esta vida. Ahora debe estar purgando sus pecados en el infierno. Tuvo lo que se merecía. Era invierno cuando me deshice de él. En esa época del año llega pronto la noche. Se había emborrachado. Se quedó dormido bajo uno de los cipreses del cementerio. Le até las manos y los pies con alambre. Lo arrastré hasta un nicho cercano, uno situado a ras del suelo. Lo introduje en el oscuro agujero y tapé la entrada con una lápida vieja. Había visto muchas veces a mi padre hacerlo; se ponía la lápida y después se tapaba todo el borde de alrrededor con yeso. Así fue como mandé al maldito al infierno. Cerré la cancela del cementerio y tiré la llave a un pozo cercano. Hacía frio. Las estrellas brillaban en el cielo. Respiré hondo. Era hermosa la noche a pesar del frío. Cuando llegué a casa solo, mi madre no se alarmó por la ausencia de su marido; estaba acostumbrada a sus borracheras y a que durmiese fuera de casa. Nunca dieron con él. Nunca encontraron su cuerpo. Después de todo, qué mejor sitio que un cementerio para esconder un muerto.

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Eladio Parreño Elías

8-Septiembre-2011



Hay amigo, no paras de sorprenderme con tu genialidad. Una historia cautivante por como la desarrollas y por el final tan macabro. Siempre me pregunto de dónde te vienen tantas fabulosas ideas.
Un abracito amigo me encantó.
 
Querido Amigo Eladio. Tus ideas y narrativa, son geniales, pero cada vez, me erizan,
más la piel, al leerlas. No estaría mal matizar, de vez en cuando,ya que escribís tan bien.
Algo un poco más alegre. Gracias por tus relatos, cautivantes. Te mando Estrellas Besos
Abrazos y Besos Uruguayos Blanca Alma
 
Uff amigo es parapelos tu historia. pero vemos como una persona llena de amargura y miseria puede llegar a esos extremos,siempre un gusto leerte amigo abrazos.
 
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Mi padre, hijo bastardo de una lavandera y un leñador, no me quiso nunca. No porque fuese feo o débil, sino por todo lo contrario. Ya siendo yo pequeño comenzó a sospechar que muy pronto no sería capaz de dominarme como dominaba a mi madre y a mi hermana. Eso le hizo odiarme hasta llegar a maltratarme casi a diario. Las palizas eran frencuentes y había épocas en que se hacían casi diarias por las razones más triviales. Mi madre le daba la razón la mayoría de las veces. Yo no lloraba. Tan solo soñaba con que llegase la hora de la venganza.
Nací en la carnicería donde trabajaba mi madre, entre tripas de cerdo y sangre. Mi progenitora estuvo un tiempo decidiendo si me tiraba en el cubo de los desperdicios. Finalmente decidió no hacerlo y con su mismo cuchillo de trabajo me cortó el cordón umbilical. Logré sobrevivir de milagro, gracias a mi fortaleza.
En casa me acogieron como una carga más. Al poco de mi nacimiento, a mi padre, que realizaba el trabajo de sepulturero, se le cayó un ataúd encima destrozándole la pierna derecha. Le quedó una cojera que amargó y agrió aún más su carácter.
Cuando no tenía colegio me obligaba a ir con él al cementerio donde trabajaba, y si tenía que abrir algún nicho para sacar un ataúd me obligaba a ver al muerto mientras me decía que en eso me convertiría yo, que los mismos gusanos que allí se veían serían los que se comerían mi cuerpo cuando yo muriese.
Tenía un alma más negra que el carbón. Muchas veces lo vi encerrar vivo en el nicho junto con el ataúd un gato o un pajarillo que había conseguido cazar. Pero todo se paga en esta vida. Ahora debe estar purgando sus pecados en el infierno. Tuvo lo que se merecía. Era invierno cuando me deshice de él. En esa época del año llega pronto la noche. Se había emborrachado. Se quedó dormido bajo uno de los cipreses del cementerio. Le até las manos y los pies con alambre. Lo arrastré hasta un nicho cercano, uno situado a ras del suelo. Lo introduje en el oscuro agujero y tapé la entrada con una lápida vieja. Había visto muchas veces a mi padre hacerlo; se ponía la lápida y después se tapaba todo el borde de alrrededor con yeso. Así fue como mandé al maldito al infierno. Cerré la cancela del cementerio y tiré la llave a un pozo cercano. Hacía frio. Las estrellas brillaban en el cielo. Respiré hondo. Era hermosa la noche a pesar del frío. Cuando llegué a casa solo, mi madre no se alarmó por la ausencia de su marido; estaba acostumbrada a sus borracheras y a que durmiese fuera de casa. Nunca dieron con él. Nunca encontraron su cuerpo. Después de todo, qué mejor sitio que un cementerio para esconder un muerto.

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Eladio Parreño Elías

8-Septiembre-2011



Ay amigo Eladio, desde luego no era un buen ejemplo de padre, pero esa muerte no se la deseo al peor de mis enemigos. Tu imaginación no conoce límites, te desborda a ti y me la haces desbordar a mí que es como si me hubiese puesto delante de la tele a ver una película, la he vivido de cabo a rabo con tus maravillosas letras. Gracias por despertar mi imaginación con este relato fascinante. Besazos, estrellas y repu si me dejan.
 
El inicio el desarrolo y el final, es escalofriante pero magistralmente bien escrito, prosista Dulcinista.
La venganza llevada hasta el límite...
Gracias por compartirlo. Un gusto enorme leer tus obras.
Abrazos.
 
Maestro que novela has marcado Comoros la major de mis pesadillas jeje grande maestro eso es lo que es mil estrellas y todo lo que se pueda un abrazo
 
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Mi padre, hijo bastardo de una lavandera y un leñador, no me quiso nunca. No porque fuese feo o débil, sino por todo lo contrario. Ya siendo yo pequeño comenzó a sospechar que muy pronto no sería capaz de dominarme como dominaba a mi madre y a mi hermana. Eso le hizo odiarme hasta llegar a maltratarme casi a diario. Las palizas eran frencuentes y había épocas en que se hacían casi diarias por las razones más triviales. Mi madre le daba la razón la mayoría de las veces. Yo no lloraba. Tan solo soñaba con que llegase la hora de la venganza.
Nací en la carnicería donde trabajaba mi madre, entre tripas de cerdo y sangre. Mi progenitora estuvo un tiempo decidiendo si me tiraba en el cubo de los desperdicios. Finalmente decidió no hacerlo y con su mismo cuchillo de trabajo me cortó el cordón umbilical. Logré sobrevivir de milagro, gracias a mi fortaleza.
En casa me acogieron como una carga más. Al poco de mi nacimiento, a mi padre, que realizaba el trabajo de sepulturero, se le cayó un ataúd encima destrozándole la pierna derecha. Le quedó una cojera que amargó y agrió aún más su carácter.
Cuando no tenía colegio me obligaba a ir con él al cementerio donde trabajaba, y si tenía que abrir algún nicho para sacar un ataúd me obligaba a ver al muerto mientras me decía que en eso me convertiría yo, que los mismos gusanos que allí se veían serían los que se comerían mi cuerpo cuando yo muriese.
Tenía un alma más negra que el carbón. Muchas veces lo vi encerrar vivo en el nicho junto con el ataúd un gato o un pajarillo que había conseguido cazar. Pero todo se paga en esta vida. Ahora debe estar purgando sus pecados en el infierno. Tuvo lo que se merecía. Era invierno cuando me deshice de él. En esa época del año llega pronto la noche. Se había emborrachado. Se quedó dormido bajo uno de los cipreses del cementerio. Le até las manos y los pies con alambre. Lo arrastré hasta un nicho cercano, uno situado a ras del suelo. Lo introduje en el oscuro agujero y tapé la entrada con una lápida vieja. Había visto muchas veces a mi padre hacerlo; se ponía la lápida y después se tapaba todo el borde de alrrededor con yeso. Así fue como mandé al maldito al infierno. Cerré la cancela del cementerio y tiré la llave a un pozo cercano. Hacía frio. Las estrellas brillaban en el cielo. Respiré hondo. Era hermosa la noche a pesar del frío. Cuando llegué a casa solo, mi madre no se alarmó por la ausencia de su marido; estaba acostumbrada a sus borracheras y a que durmiese fuera de casa. Nunca dieron con él. Nunca encontraron su cuerpo. Después de todo, qué mejor sitio que un cementerio para esconder un muerto.

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Eladio Parreño Elías

8-Septiembre-2011



¿Quien puede calarse a un padre sepulturero con acciones imperiales?; imagino que ese muchacho quedó como cualquier reaccionario que ha perdido a su familia en la guerra, porque para él, ese gato y ese pajarito a los cuales su padre enterraba, eran como una representación familiar pues con ellos compartía la naturaleza. La acción final de ese joven muchacho surge como consecuencia del daño psicológico ocasionado desde su infancia. La acción del padre también surge por la misma consecuencia de maltrato, desde su infancia y por el macabro y único trabajo que ha podido encontrar o para el único que está capacitado a realizar; lo uno es consecuencia de lo otro, y así sucesivamente, como ocurren tantos y tantos crímenes en nuestra sociedad y a nivel mundial.

Excelente composición, amigo Dulcinista, como siempre nos mantienes en suspenso de principio a fin. Por tu excelente obra, recibe infinitos aplausos, estrellas, abrazos y besos de Dilia.
 
... desde luego... y que buenas letras, para alejar miedos... Brillante obra Dulcinista, siempre grato leerte, muchas gracias

Un fuerte abrazo
 
Hacía algún tiempo que no leía nada tuyo, y lo que nos presentas ahora es, sencillamente, extraordinario. El relato es escalofriante, pero tiene esa virtud -ya habitual en lo que haces- de atraer al lector desde la primera hasta la última palabra. Realmente genial.

Mis estrellas y reputación para tan lograda obra.

Un abrazo.
 
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Mi padre, hijo bastardo de una lavandera y un leñador, no me quiso nunca. No porque fuese feo o débil, sino por todo lo contrario. Ya siendo yo pequeño comenzó a sospechar que muy pronto no sería capaz de dominarme como dominaba a mi madre y a mi hermana. Eso le hizo odiarme hasta llegar a maltratarme casi a diario. Las palizas eran frencuentes y había épocas en que se hacían casi diarias por las razones más triviales. Mi madre le daba la razón la mayoría de las veces. Yo no lloraba. Tan solo soñaba con que llegase la hora de la venganza.
Nací en la carnicería donde trabajaba mi madre, entre tripas de cerdo y sangre. Mi progenitora estuvo un tiempo decidiendo si me tiraba en el cubo de los desperdicios. Finalmente decidió no hacerlo y con su mismo cuchillo de trabajo me cortó el cordón umbilical. Logré sobrevivir de milagro, gracias a mi fortaleza.
En casa me acogieron como una carga más. Al poco de mi nacimiento, a mi padre, que realizaba el trabajo de sepulturero, se le cayó un ataúd encima destrozándole la pierna derecha. Le quedó una cojera que amargó y agrió aún más su carácter.
Cuando no tenía colegio me obligaba a ir con él al cementerio donde trabajaba, y si tenía que abrir algún nicho para sacar un ataúd me obligaba a ver al muerto mientras me decía que en eso me convertiría yo, que los mismos gusanos que allí se veían serían los que se comerían mi cuerpo cuando yo muriese.
Tenía un alma más negra que el carbón. Muchas veces lo vi encerrar vivo en el nicho junto con el ataúd un gato o un pajarillo que había conseguido cazar. Pero todo se paga en esta vida. Ahora debe estar purgando sus pecados en el infierno. Tuvo lo que se merecía. Era invierno cuando me deshice de él. En esa época del año llega pronto la noche. Se había emborrachado. Se quedó dormido bajo uno de los cipreses del cementerio. Le até las manos y los pies con alambre. Lo arrastré hasta un nicho cercano, uno situado a ras del suelo. Lo introduje en el oscuro agujero y tapé la entrada con una lápida vieja. Había visto muchas veces a mi padre hacerlo; se ponía la lápida y después se tapaba todo el borde de alrrededor con yeso. Así fue como mandé al maldito al infierno. Cerré la cancela del cementerio y tiré la llave a un pozo cercano. Hacía frio. Las estrellas brillaban en el cielo. Respiré hondo. Era hermosa la noche a pesar del frío. Cuando llegué a casa solo, mi madre no se alarmó por la ausencia de su marido; estaba acostumbrada a sus borracheras y a que durmiese fuera de casa. Nunca dieron con él. Nunca encontraron su cuerpo. Después de todo, qué mejor sitio que un cementerio para esconder un muerto.

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Eladio Parreño Elías

8-Septiembre-2011



Espeluznante. Ha sido un placer leerte y gracias por compartir tus relato. Es muy bueno leerte aunque venga el miedo. Abrazos.
 
Saludos Dulcinista.

Crudo el lienzo que nos pinta Dulcinista, con gran detalle, apropiándose del dolor y el sentimiento hasta no dejar huella de misericordia en el desenlace de este fatal encuentro. Interesantes y desgarradoras letras muy en este apropiado momento. Saludos
 
Lástima que la víctima no haya alcanzado el nivel de libertad que con la muerte logró el victimario. A veces es muy triste que nos hagan sentir mal tan solamente con el hecho de respirar, pero la moraleja de este escrito es de más promisoria. Me ha gustado mucho. Saludos, repu y estrellas a tu escrito. Un abrazo,
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Mi padre, hijo bastardo de una lavandera y un leñador, no me quiso nunca. No porque fuese feo o débil, sino por todo lo contrario. Ya siendo yo pequeño comenzó a sospechar que muy pronto no sería capaz de dominarme como dominaba a mi madre y a mi hermana. Eso le hizo odiarme hasta llegar a maltratarme casi a diario. Las palizas eran frencuentes y había épocas en que se hacían casi diarias por las razones más triviales. Mi madre le daba la razón la mayoría de las veces. Yo no lloraba. Tan solo soñaba con que llegase la hora de la venganza.
Nací en la carnicería donde trabajaba mi madre, entre tripas de cerdo y sangre. Mi progenitora estuvo un tiempo decidiendo si me tiraba en el cubo de los desperdicios. Finalmente decidió no hacerlo y con su mismo cuchillo de trabajo me cortó el cordón umbilical. Logré sobrevivir de milagro, gracias a mi fortaleza.
En casa me acogieron como una carga más. Al poco de mi nacimiento, a mi padre, que realizaba el trabajo de sepulturero, se le cayó un ataúd encima destrozándole la pierna derecha. Le quedó una cojera que amargó y agrió aún más su carácter.
Cuando no tenía colegio me obligaba a ir con él al cementerio donde trabajaba, y si tenía que abrir algún nicho para sacar un ataúd me obligaba a ver al muerto mientras me decía que en eso me convertiría yo, que los mismos gusanos que allí se veían serían los que se comerían mi cuerpo cuando yo muriese.
Tenía un alma más negra que el carbón. Muchas veces lo vi encerrar vivo en el nicho junto con el ataúd un gato o un pajarillo que había conseguido cazar. Pero todo se paga en esta vida. Ahora debe estar purgando sus pecados en el infierno. Tuvo lo que se merecía. Era invierno cuando me deshice de él. En esa época del año llega pronto la noche. Se había emborrachado. Se quedó dormido bajo uno de los cipreses del cementerio. Le até las manos y los pies con alambre. Lo arrastré hasta un nicho cercano, uno situado a ras del suelo. Lo introduje en el oscuro agujero y tapé la entrada con una lápida vieja. Había visto muchas veces a mi padre hacerlo; se ponía la lápida y después se tapaba todo el borde de alrrededor con yeso. Así fue como mandé al maldito al infierno. Cerré la cancela del cementerio y tiré la llave a un pozo cercano. Hacía frio. Las estrellas brillaban en el cielo. Respiré hondo. Era hermosa la noche a pesar del frío. Cuando llegué a casa solo, mi madre no se alarmó por la ausencia de su marido; estaba acostumbrada a sus borracheras y a que durmiese fuera de casa. Nunca dieron con él. Nunca encontraron su cuerpo. Después de todo, qué mejor sitio que un cementerio para esconder un muerto.

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Eladio Parreño Elías

8-Septiembre-2011

 

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