El hijo del sepulturero

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Mi padre, hijo bastardo de una lavandera y un leñador, no me quiso nunca. No porque fuese feo o débil, sino por todo lo contrario. Ya siendo yo pequeño comenzó a sospechar que muy pronto no sería capaz de dominarme como dominaba a mi madre y a mi hermana. Eso le hizo odiarme hasta llegar a maltratarme casi a diario. Las palizas eran frencuentes y había épocas en que se hacían casi diarias por las razones más triviales. Mi madre le daba la razón la mayoría de las veces. Yo no lloraba. Tan solo soñaba con que llegase la hora de la venganza.
Nací en la carnicería donde trabajaba mi madre, entre tripas de cerdo y sangre. Mi progenitora estuvo un tiempo decidiendo si me tiraba en el cubo de los desperdicios. Finalmente decidió no hacerlo y con su mismo cuchillo de trabajo me cortó el cordón umbilical. Logré sobrevivir de milagro, gracias a mi fortaleza.
En casa me acogieron como una carga más. Al poco de mi nacimiento, a mi padre, que realizaba el trabajo de sepulturero, se le cayó un ataúd encima destrozándole la pierna derecha. Le quedó una cojera que amargó y agrió aún más su carácter.
Cuando no tenía colegio me obligaba a ir con él al cementerio donde trabajaba, y si tenía que abrir algún nicho para sacar un ataúd me obligaba a ver al muerto mientras me decía que en eso me convertiría yo, que los mismos gusanos que allí se veían serían los que se comerían mi cuerpo cuando yo muriese.
Tenía un alma más negra que el carbón. Muchas veces lo vi encerrar vivo en el nicho junto con el ataúd un gato o un pajarillo que había conseguido cazar. Pero todo se paga en esta vida. Ahora debe estar purgando sus pecados en el infierno. Tuvo lo que se merecía. Era invierno cuando me deshice de él. En esa época del año llega pronto la noche. Se había emborrachado. Se quedó dormido bajo uno de los cipreses del cementerio. Le até las manos y los pies con alambre. Lo arrastré hasta un nicho cercano, uno situado a ras del suelo. Lo introduje en el oscuro agujero y tapé la entrada con una lápida vieja. Había visto muchas veces a mi padre hacerlo; se ponía la lápida y después se tapaba todo el borde de alrrededor con yeso. Así fue como mandé al maldito al infierno. Cerré la cancela del cementerio y tiré la llave a un pozo cercano. Hacía frio. Las estrellas brillaban en el cielo. Respiré hondo. Era hermosa la noche a pesar del frío. Cuando llegué a casa solo, mi madre no se alarmó por la ausencia de su marido; estaba acostumbrada a sus borracheras y a que durmiese fuera de casa. Nunca dieron con él. Nunca encontraron su cuerpo. Después de todo, qué mejor sitio que un cementerio para esconder un muerto.

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Eladio Parreño Elías

8-Septiembre-2011





Excelente relato,me atrapó con imágenes bien reales que te llevan al escenario de tu relato,una buena trama y un desenlace buenísimo,mis felicitaciones amigo,gracias por invitarme y mi reputación.Un beso Sandra
 
Eladio cada vez me gustan mas tus relatos,la verdad es que cada detalle de tu historia me estremeció,y cuando terminé de leer me di cuenta de que sentía tener el corazón en un puño,felicitaciones!
 
amigo, que relatazo!!! cuando el padre no tiene amor en el corazón, le puede salir por la culatra... puede ser un relato que sucedió o real, el chiste que tiene un mensaje bien fuerte;el que no tiene amor se lo lleva el ángel de la muerte. ya leí historias de ese tipo, y son macabras;pero es realidad.
buen trabajo en tu obra literaria, escritor del alma.
un abrazo, te felicito por tu habilidad que tienes.
el poeta:gonzalo
 
Querido dulcinista, como admiro la forma en que brotan tus letras, la imaginación, el sentido del misterio y terror y la habilidad y genio que tiene tu pluma prosa. Un horror leerte, abrazos y estrellas!!


(me encantó, los leo de día por si acaso...)
 
Su venganza llegó de una forma macabra y su alma logró la paz
su conciencia no llevará cargas emocionales mas bien alivio.
Buen escrito, saludos y estrellas
 
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