danie
solo un pensamiento...
El diablo me dijo una vez:
también Dios tiene su propio infierno:
es su amor por los hombres.
Friedrich Nietzsche
también Dios tiene su propio infierno:
es su amor por los hombres.
Friedrich Nietzsche
Conozco esta ciudad de punta a punta,
sé de todos los burdeles y parajes para apaciguar la angustia,
también del trajín del empedrado
y su sudor de obreros,
mezcla de la mugre y sus harapos de fajina.
Sé sobre las horas pagas de toda puta
que anda suelta,
de cada centavo que gastan los mendigos
por cada tinto en Tetra Brik.
Conozco las miradas
y sé cuando lo hacen con profundidad
y cuando se esconden en la impasible noche.
Miradas de hombres, mujeres y niños,
en especial esas mujeres
que con sus abriles desgarraron las sábanas de los moteles en pleno anochecer.
Conozco a todos los transeúntes que cargan con sus rutinas
y lúbricos secretos desde que este arrabal
nació con sus calles de barro
hasta hoy con sus autopistas.
Conozco a todos y todas; sé que el viejo de barba y larga melena se llama Juan,
atiende un puesto de diarios, contrata por unas míseras monedas a un par de pibes
que abandonaron el colegio para que le hagan de canillitas,
y por las noches no duerme tranquilo
pensando en lo cornudo que lo hizo su amada María.
Sé también de Tito, un invidente que para todas las mañanas en la iglesia
para sacar las limosnas para sus cigarros, esos que huelen algo raro.
No me quiero olvidar de Inés, la viuda negra del barrio,
ni de los chicos que fueron conmigo en la primaria
“hoy, integrantes de la barra brava de Newell’s Old Boys,
una de las hinchadas más violentas del fútbol argentino”.
Conozco a todos y todas, no se me escapa ninguno,
los conozco tan bien que puedo hacer una lista interminable
con todos los días desperdiciados con sus vicios.
Y no es que les haya sacado la ficha hace tiempo,
ni es que soy observador o vidente o algo de eso, fuera de lo común,
todo lo contrario; soy tan común como ellos o incluso aún más.
Es que en las mañanas le rezo a Dios
y en las noches me gusta sentarme en las fondas
a charlar, hasta que me sacan por ebrio, con el diablo.
sé de todos los burdeles y parajes para apaciguar la angustia,
también del trajín del empedrado
y su sudor de obreros,
mezcla de la mugre y sus harapos de fajina.
Sé sobre las horas pagas de toda puta
que anda suelta,
de cada centavo que gastan los mendigos
por cada tinto en Tetra Brik.
Conozco las miradas
y sé cuando lo hacen con profundidad
y cuando se esconden en la impasible noche.
Miradas de hombres, mujeres y niños,
en especial esas mujeres
que con sus abriles desgarraron las sábanas de los moteles en pleno anochecer.
Conozco a todos los transeúntes que cargan con sus rutinas
y lúbricos secretos desde que este arrabal
nació con sus calles de barro
hasta hoy con sus autopistas.
Conozco a todos y todas; sé que el viejo de barba y larga melena se llama Juan,
atiende un puesto de diarios, contrata por unas míseras monedas a un par de pibes
que abandonaron el colegio para que le hagan de canillitas,
y por las noches no duerme tranquilo
pensando en lo cornudo que lo hizo su amada María.
Sé también de Tito, un invidente que para todas las mañanas en la iglesia
para sacar las limosnas para sus cigarros, esos que huelen algo raro.
No me quiero olvidar de Inés, la viuda negra del barrio,
ni de los chicos que fueron conmigo en la primaria
“hoy, integrantes de la barra brava de Newell’s Old Boys,
una de las hinchadas más violentas del fútbol argentino”.
Conozco a todos y todas, no se me escapa ninguno,
los conozco tan bien que puedo hacer una lista interminable
con todos los días desperdiciados con sus vicios.
Y no es que les haya sacado la ficha hace tiempo,
ni es que soy observador o vidente o algo de eso, fuera de lo común,
todo lo contrario; soy tan común como ellos o incluso aún más.
Es que en las mañanas le rezo a Dios
y en las noches me gusta sentarme en las fondas
a charlar, hasta que me sacan por ebrio, con el diablo.
“Dios sabe todos nuestros secretos y sé los guarda para él,
pero para divulgarlos esta el diablo”.
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