Arturo Ciorán
Poeta recién llegado
Sofía se fue,
Ana se fue,
Carolina se fue
y ella se quedó sola en la explanada,
parada frente a la rayuela.
La piedra repica en el suelo
y brinca sobre los cuadros
delimitados con tiza.
Uno, uno,
dos,
uno,
dos,
uno,
dos.
Da media vuelta
y brinca otra vez.
Uno,
dos,
uno,
dos,
uno, uno,
y recoge la piedra.
«Vení, vení», le dicen.
Ella alza la vista.
Un hombre
está sentado en el banco
más próximo;
tiene un brazo enyesado
y la llama.
«Vení, dale».
Ella no encuentra su otra mano.
Luego la ve oculta tras la bragueta
del jean.
Ella le da la espalda
y se queda con la mirada gacha
por unos instantes.
Arroja la piedra,
salta dos veces
y se detiene.
Aún oye la voz del hombre
tras ella;
le cosquillea la nuca,
le punza en el estómago.
Abandona la rayuela
y se dirige a casa.
En el camino el hombre
la aborda y le sujeta el antebrazo
con la mano de la bragueta.
Ella se zafa y corre de la explanada.
Papá y mamá le preguntaron
esa noche por qué estaba tan callada
y por qué no había tocado la cena.
Luego se la pasó escondida debajo
de las escaleras,
se miró el antebrazo asido
por la mano de la bragueta
y le entraron ganas de vomitar.
Se preguntó si esas náuseas
serían perpetuas,
se preguntó cuántas cenas
iba a perderse de ahora en adelante.
La dieta de poner
un pie en la calzada
y llevar el apetito al confín de la eternidad.
Ana se fue,
Carolina se fue
y ella se quedó sola en la explanada,
parada frente a la rayuela.
La piedra repica en el suelo
y brinca sobre los cuadros
delimitados con tiza.
Uno, uno,
dos,
uno,
dos,
uno,
dos.
Da media vuelta
y brinca otra vez.
Uno,
dos,
uno,
dos,
uno, uno,
y recoge la piedra.
«Vení, vení», le dicen.
Ella alza la vista.
Un hombre
está sentado en el banco
más próximo;
tiene un brazo enyesado
y la llama.
«Vení, dale».
Ella no encuentra su otra mano.
Luego la ve oculta tras la bragueta
del jean.
Ella le da la espalda
y se queda con la mirada gacha
por unos instantes.
Arroja la piedra,
salta dos veces
y se detiene.
Aún oye la voz del hombre
tras ella;
le cosquillea la nuca,
le punza en el estómago.
Abandona la rayuela
y se dirige a casa.
En el camino el hombre
la aborda y le sujeta el antebrazo
con la mano de la bragueta.
Ella se zafa y corre de la explanada.
Papá y mamá le preguntaron
esa noche por qué estaba tan callada
y por qué no había tocado la cena.
Luego se la pasó escondida debajo
de las escaleras,
se miró el antebrazo asido
por la mano de la bragueta
y le entraron ganas de vomitar.
Se preguntó si esas náuseas
serían perpetuas,
se preguntó cuántas cenas
iba a perderse de ahora en adelante.
La dieta de poner
un pie en la calzada
y llevar el apetito al confín de la eternidad.
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