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El hombre del cemento

Évano

Libre, sin dioses.
Para J.L.Serrano​



—¿Qué tal la oficina hoy?

—Bien, como siempre. ¿Qué cocinas? Desde la puerta huele fenomenal.

—Pues pon la mesa.

—Espera un momento, que voy a llevarle unas mantas y una almohada a un señor que hay más allá del jardín. Está enterrado en cemento de rodillas para abajo.

—Llévale un poco de cena, y una botella de vino.

—Buena idea, cariño. Quizá esta noche haga frío.




—¿Qué tal la oficina hoy?

—Un poco nervioso, por el hombre del cemento. Debí haberle dejado ayer un sombrero, por el sol. Lo he visto demasiado moreno de rostro.

—Llévaselo ahora con otra botella de vino y la cena. Le he llenado más la fiambrera, por si tiene hambre durante el día.

—Eres un cielo, cariño.





—¿Qué tal la oficina hoy?

—Otra vez nervioso. Debí dejarle agua al hombre del cemento. No todo debe ser vino. El vino suelta la lengua y la gente habla mucho. Hoy, sin ir más lejos, me ha explicado que se enterró en cemento de rodillas para abajo porque tenía las piernas ulcerosas, hinchadas y sangrantes, como los pies. La verdad es que lo he visto más negro, e hinchado de barriga también.

—Pobre. Llévale medicamento con el agua y el vino y la comida.





—¿Qué tal la oficina hoy?

—Bien, tranquilo. El hombre del cemento estaba provisto de lo necesario. Aunque, no creo que dure mucho más. Me ha dado la impresión que me explicaba lo último, como una despedida. Me ha dicho, que su última voluntad era enterrarse de rodillas para abajo en cemento cerca de la casa de su ex mujer y sus dos hijos.
Por cierto, hace tres días que no veo a los niños.

—Los mandé con mi hermana por un tiempo. Aquí se aburrían. La piscina y la ciudad de mi hermana les encanta, ya lo sabes.

—Eres un cielo, cariño.





—¿Qué tal la oficina hoy?

—Bien, como siempre. El hombre del cemento creo que ha muerto. Tiene la cara negra y los ojos amarillos. Está muy hinchado. Le he arropado con las mantas y lo he dejado con la cabeza en la almohada.

—Has hecho bien, eres un buenazo. Pon la mesa para seis. Vienen los niños, mi hermana y mi cuñado.

—Ahora mismo cariño.







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Para J.L.Serrano​



—¿Qué tal la oficina hoy?

—Bien, como siempre. ¿Qué cocinas? Desde la puerta huele fenomenal.

—Pues pon la mesa.

—Espera un momento, que voy a llevarle unas mantas y una almohada a un señor que hay más allá del jardín. Está enterrado en cemento de rodillas para abajo.

—Llévale un poco de cena, y una botella de vino.

—Buena idea, cariño. Quizá esta noche haga frío.




—¿Qué tal la oficina hoy?

—Un poco nervioso, por el hombre del cemento. Debí haberle dejado ayer un sombrero, por el sol. Lo he visto demasiado moreno de rostro.

—Llévaselo ahora con otra botella de vino y la cena. Le he llenado más la fiambrera, por si tiene hambre durante el día.

—Eres un cielo, cariño.





—¿Qué tal la oficina hoy?

—Otra vez nervioso. Debí dejarle agua al hombre del cemento. No todo debe ser vino. El vino suelta la lengua y la gente habla mucho. Hoy, sin ir más lejos, me ha explicado que se enterró en cemento de rodillas para abajo porque tenía las piernas ulcerosas, hinchadas y sangrantes, como los pies. La verdad es que lo he visto más negro, e hinchado de barriga también.

—Pobre. Llévale medicamento con el agua y el vino y la comida.





—¿Qué tal la oficina hoy?

—Bien, tranquilo. El hombre del cemento estaba provisto de lo necesario. Aunque, no creo que dure mucho más. Me ha dado la impresión que me explicaba lo último, como una despedida. Me ha dicho, que su última voluntad era enterrarse de rodillas para abajo en cemento cerca de la casa de su ex mujer y sus dos hijos.
Por cierto, hace tres días que no veo a los niños.

—Los mandé con mi hermana por un tiempo. Aquí se aburrían. La piscina y la ciudad de mi hermana les encanta, ya lo sabes.

—Eres un cielo, cariño.





—¿Qué tal la oficina hoy?

—Bien, como siempre. El hombre del cemento creo que ha muerto. Tiene la cara negra y los ojos amarillos. Está muy hinchado. Le ha arropado con las mantas y lo he dejado con la cabeza en la almohada.

—Has hecho bien, eres un buenazo. Pon la mesa para seis. Vienen los niños, mi hermana y mi cuñado.

—Ahora mismo cariño.







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El relato, sobre todo esa parejita de anuncio de cereales,
me ha puesto de los nervios y ,sí,da miedo
saber lo que se cuece de puertas para adentro.
No me haga mucho caso, señor Évano,
que igual me he inventado otra historia
dentro de la suya,pero eso no debe ser malo ¿no?
Muy bueno, compañero,fue un placer ponerme de los nervios.
Un abrazo...
 
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El relato, sobre todo esa parejita de anuncio de cereales,
me ha puesto de los nervios y ,sí,da miedo
saber lo que se cuece de puertas para adentro.
No me haga mucho caso, señor Évano,
que igual me he inventado otra historia
dentro de la suya,pero eso no debe ser malo ¿no?
Muy bueno, compañero,fue un placer ponerme de los nervios.
Un abrazo...

Los relatos breves, normalmente se escriben para que el lector participe, para que piense y construya él, con su imaginación, "afluentes" de lo leído. Creo que tu "afluente" más bien es un "río".

Sí, da miedo la indiferencia, lo que se cuece dentro de las familias; los ojos que sin ver, no juzgan, no piensan por qué los otros actúan como actúan.

La realidad, casi siempre, supera a la ficción. A mí, la realidad, casi siempre, por no decir siempre, me da más miedo que la ficción.

Fuerte abrazo, Rosario.
 
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