El hombre del látigo, el circo y la pelota:
Hace tiempo que quiero escribir lo que estoy escribiendo. Para que cualquiera que quiera saberlo pueda leer la opinión de un adolescente.
Mi opinión es la siguiente: todo es un gran negocio. Todos los valores éticos, las ideologías, los Estados, el alma misma del Hombre es un negocio.
Y lo digo para que, si algún descuidado capitalista ha entrado aquí y está leyendo, por casualidad, estas líneas, vaya yéndose, teniendo en cuenta que el lenguaje soez no se transmite a más de unos metros, gracias a los cielos.
El mundo entero, con todos sus mercados y sus bolsas y sus naciones, no es más que un circo enorme, complejo, y aburrido. La mayoría somos los espectadores.
De estos hay de todo tipo. Están los que aplauden entusiasmados al final de cada número aunque no entiendan nada ( estos son un grupo mayoritario ). Están también los que se aburren pero se quedan educadamente quietos en sus asientos. Y por último estamos los que comprendemos demasiado bien el circo, y nos sabemos de memoria el número del hombre del traje de oro que, haciendo equilibrios sobre una enorme pelota, doma a unos pobres leones con su látigo. Nos damos cuenta de que la pelota es el mundo, siempre tambaleante bajo el dominio del hombre estúpido del látigo, y que los leones somos los que no nos conformamos con el mundo tal como es.
Y entre el público también están los que apoyan al hombre del látigo pensando que los representa, y que le conceden premios y exagerados halagos por cada hipocresía que añade a la larga lista de sus pecados. Y creen, realmente creen, que el hecho de que sea de un color u otro cambia algo.
Finalmente debo decir que ciertamente no todos estamos entre el público que mira, embelesado, aburrido o indignado al hombre del látigo. Hay algunos hombres trajeados de rasgos orientales que charlan discretamente en los rincones al abrigo de las sombras y del humo de los puros que consumen sin prisas. Hacen planes para que cuando el hombre del látigo caiga de la pelota, de la cima del mundo, sean ellos y no otros los que manejen el látigo.
Camaradas, ¿les invito a palomitas o prefieren hacerme callar y ver en paz al hombre del látigo con sus bravatas?
Hace tiempo que quiero escribir lo que estoy escribiendo. Para que cualquiera que quiera saberlo pueda leer la opinión de un adolescente.
Mi opinión es la siguiente: todo es un gran negocio. Todos los valores éticos, las ideologías, los Estados, el alma misma del Hombre es un negocio.
Y lo digo para que, si algún descuidado capitalista ha entrado aquí y está leyendo, por casualidad, estas líneas, vaya yéndose, teniendo en cuenta que el lenguaje soez no se transmite a más de unos metros, gracias a los cielos.
El mundo entero, con todos sus mercados y sus bolsas y sus naciones, no es más que un circo enorme, complejo, y aburrido. La mayoría somos los espectadores.
De estos hay de todo tipo. Están los que aplauden entusiasmados al final de cada número aunque no entiendan nada ( estos son un grupo mayoritario ). Están también los que se aburren pero se quedan educadamente quietos en sus asientos. Y por último estamos los que comprendemos demasiado bien el circo, y nos sabemos de memoria el número del hombre del traje de oro que, haciendo equilibrios sobre una enorme pelota, doma a unos pobres leones con su látigo. Nos damos cuenta de que la pelota es el mundo, siempre tambaleante bajo el dominio del hombre estúpido del látigo, y que los leones somos los que no nos conformamos con el mundo tal como es.
Y entre el público también están los que apoyan al hombre del látigo pensando que los representa, y que le conceden premios y exagerados halagos por cada hipocresía que añade a la larga lista de sus pecados. Y creen, realmente creen, que el hecho de que sea de un color u otro cambia algo.
Finalmente debo decir que ciertamente no todos estamos entre el público que mira, embelesado, aburrido o indignado al hombre del látigo. Hay algunos hombres trajeados de rasgos orientales que charlan discretamente en los rincones al abrigo de las sombras y del humo de los puros que consumen sin prisas. Hacen planes para que cuando el hombre del látigo caiga de la pelota, de la cima del mundo, sean ellos y no otros los que manejen el látigo.
Camaradas, ¿les invito a palomitas o prefieren hacerme callar y ver en paz al hombre del látigo con sus bravatas?
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