El Hombre Dios

Edouard

Poeta adicto al portal
De tus labios carnosos fluyen sonoridades congruentes. Plenas de un significado místico que percute como el aguacero en mis tímpanos de niño lego. Te observo. Y contemplo alrededor de tu esbelta figura el aura esmeralda. Que te transfigura por potencia celestial en un dios aquí. Sobre la tierra de soberana majestad musical. Entonces, me arrodillo ante ti e imploro que tus delicadas manos se posen sobre mi enferma cabeza. Para que así, el parásito negruzco de la tara mental se desahogue en una bocanada catárquica. Y salga por mis ojos llorosos. Mientras tú, sonriente, pronuncias mi nombre y me colmas de honores. Al colocar sobre mi ya sana testa la corona húmeda de pagano laurel. En un momento de brillo enigmático que me hace ver al sol complaciente bajar por las montañas rocosas. Es entonces el momento de darte un aluvión de besos. Henchidos de azucarada petulancia. Pero que al final reconoce que no hay ser más dadivoso y leal como tu hermoso corazón. Todo abierto por llama lustral y eterna.
 

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