Chepeleon Arguello
Poeta veterano en el Portal
Camina él
con la vista distraída de la realidad.
No ignora la simpleza con que la rutina
acomoda sin permiso
en el martillo de sus horas.
No traspira el estiércol salado
de historias recientes
y cuando habla
se impone la pausa del respeto en su derredor.
Su palabra seduce con impunidad,
la lógica de la desconfianza.
La sonrisa helada hace del infinito tiempo
el tímpano de las horas.
La simplicidad de sus además
arañan lo impúdico del silencio
y su testarudo tiempo.
Mientras con su lengua desnuda
conceptos arcanos
hechos de insípida paciencia.
Quema en la seductora hoguera
la intolerancia de las ideas vacilantes
el racismo de las flores
la arrogancia de la luz en la verdad.
No discute la rutina de los movimientos
la ligereza desnuda de los besos
que lamen olores extintos
en las entre piernas de las horas extasiadas
en el falo de la vida.
Y cuando sus pasos se encaminan
la huella de su fe en el barro del tiempo
se reviste de profundidad
como si todo el peso de la historia
se recostara en sus rodias
igualando el simplismo en la abrupta espera
de la concentración de Dios, en su ataraxia.
Su sombra consterna a la luz
y la oscuridad, ante su presencia
tiembla en el regazo de la noche.
Intoxicado del vino que sorben
con letargo los labios mustios
que un día se posaron en la frente de Dios
llora el continuismo de la rutina.
Y mientras el hombre imposible se convierte
en un ser místico
el vientre blando de la humanidad
preñado por el miedo
ve parir el caos, como principio de su final.
con la vista distraída de la realidad.
No ignora la simpleza con que la rutina
acomoda sin permiso
en el martillo de sus horas.
No traspira el estiércol salado
de historias recientes
y cuando habla
se impone la pausa del respeto en su derredor.
Su palabra seduce con impunidad,
la lógica de la desconfianza.
La sonrisa helada hace del infinito tiempo
el tímpano de las horas.
La simplicidad de sus además
arañan lo impúdico del silencio
y su testarudo tiempo.
Mientras con su lengua desnuda
conceptos arcanos
hechos de insípida paciencia.
Quema en la seductora hoguera
la intolerancia de las ideas vacilantes
el racismo de las flores
la arrogancia de la luz en la verdad.
No discute la rutina de los movimientos
la ligereza desnuda de los besos
que lamen olores extintos
en las entre piernas de las horas extasiadas
en el falo de la vida.
Y cuando sus pasos se encaminan
la huella de su fe en el barro del tiempo
se reviste de profundidad
como si todo el peso de la historia
se recostara en sus rodias
igualando el simplismo en la abrupta espera
de la concentración de Dios, en su ataraxia.
Su sombra consterna a la luz
y la oscuridad, ante su presencia
tiembla en el regazo de la noche.
Intoxicado del vino que sorben
con letargo los labios mustios
que un día se posaron en la frente de Dios
llora el continuismo de la rutina.
Y mientras el hombre imposible se convierte
en un ser místico
el vientre blando de la humanidad
preñado por el miedo
ve parir el caos, como principio de su final.
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