El hombre que conducía rápido

Luciano21

Poeta recién llegado
Se encontraba donde hace ya un tiempo (desde la madrugada para ser precisos) conduciendo, hallándose ahora subiendo las mesetas del tortuoso y largo valle con el sol sobre su cabeza, cuyos rayos penetraban el vidrio del techo del vehículo. Se dio cuenta de la apreciable velocidad que llevaba cuando observó como los valles a su alrededor pasaban de forma suave como pluma y agradeció nace en una época donde automóviles eran el transporte común en vez de serlo los caballos y los carros que estos tiraban. Bajó la ventana para sentir el viento sobre el cabello que sobresalía por la frente y con posterioridad encendió un cigarrillo con la destreza característica de cualquier conductor profesional habituado a los viajes largos. La nicotina del cigarrillo sopló la modorra mental y le permitió concentrarse mejor en el camino que tenía adelante, ver mejor las hermosas montañas que tenía enfrente y las rocas que sobre su superficie se revelaban como dedos únicos de la manos de millones de personas que habitaron la tierra hace miles de millones de años.
La noche se cernía por el valle frío mientras él, confortado por el calor dentro del auto y el ronroneo del motor, prendía las luces que se había olvidado de hacerlo desde la parada matutina. No sabría decir que pasó a posterior. Un impacto seco generó un giro instantáneo del vehículo hacia el borde del valle en el que se encontraba; afortunadamente el valle se dio vuelta amortiguando la caída del auto sobre su superficie menos empinada. El conductor apenas magullado, más duro que el acero alemán que el de su auto, salió por el orificio donde se ubicaba con anterioridad las ventana del parabrisas y tras admirar la transformación de una obra de arte trató de llamar al service del auto para que lo auxilien pero la señal no llegaba. Mientras esperaba por las necesarias líneas aparecer, sus parpados empezaban a besar sus mejillas, sus fuerzas flaqueaban y morfeo (quería pensar) acudía a realizar su trabajo que había tratado de evitar. La luz de la luna formaba increíble monstruosas figuras sobre el relieve de la meseta que tenía enfrente. Dejó que las asombrosas figuras se incorporasen a sí. Sintió la escarcha en sus oídos y escuchó a los antiguos de la montaña, llamando por él, haciéndose cada vez más presentes.
Se encontraba ahora formando parte del paisaje, siendo parte de las rocas y su relieve, observando a otros pasar delante de él como los relámpagos de los rayos, alejándose demasiado rápido como para oír su voz aclamando por auxilio.
 
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