Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El problema no era que yo fuera hombre.
El problema era que me enseñaron cómo serlo.
Me dijeron:
no llores,
no dudes,
no abraces demasiado,
no digas “te necesito” porque eso es cosa de gente débil.
Entonces aprendí a guardar los sentimientos
como quien esconde cuchillos en los bolsillos.
Caminé años con el pecho lleno de palabras que nunca dije,
con la rabia atravesándome como un tren nocturno
y con ese extraño silencio que los hombres heredamos
de padres que tampoco sabían llorar.
Una vez —no recuerdo cuándo—
sentí ganas de decir te amo.
Pero la palabra se quedó atrapada en la garganta
como un pájaro que olvidó cómo se vuela.
Los hombres también tenemos miedo,
solo que lo llamamos carácter.
También nos rompemos,
solo que lo llamamos orgullo.
Y a veces —cuando nadie mira—
nos sentamos frente al espejo
y nos preguntamos en voz baja
quién fue el primero que decidió
que ser hombre
era parecerse tanto a una piedra.
Lo curioso
es que las piedras tampoco lloran.
Pero tampoco aman.
El problema era que me enseñaron cómo serlo.
Me dijeron:
no llores,
no dudes,
no abraces demasiado,
no digas “te necesito” porque eso es cosa de gente débil.
Entonces aprendí a guardar los sentimientos
como quien esconde cuchillos en los bolsillos.
Caminé años con el pecho lleno de palabras que nunca dije,
con la rabia atravesándome como un tren nocturno
y con ese extraño silencio que los hombres heredamos
de padres que tampoco sabían llorar.
Una vez —no recuerdo cuándo—
sentí ganas de decir te amo.
Pero la palabra se quedó atrapada en la garganta
como un pájaro que olvidó cómo se vuela.
Los hombres también tenemos miedo,
solo que lo llamamos carácter.
También nos rompemos,
solo que lo llamamos orgullo.
Y a veces —cuando nadie mira—
nos sentamos frente al espejo
y nos preguntamos en voz baja
quién fue el primero que decidió
que ser hombre
era parecerse tanto a una piedra.
Lo curioso
es que las piedras tampoco lloran.
Pero tampoco aman.