Évano
Libre, sin dioses.
Llevaba diecisiete años sentado en la puerta de administración de loterías número uno de Premià de Mar. Lo acompañaba una lata vacía y una mano extendida. Todavía no había recibido ni una sola limosna, ni un solo céntimo.
Vicente, que paseaba a lo largo de la calle central todos los días, desde que aquel hombre empezó a pedir, se detenía con su pequeño perro peludo y le preguntaba si ayer hubo suerte. No, no hubo suerte, como siempre, era la respuesta.
Harto de tal situación, de tan grotesca avaricia, Vicente escribió al Libro récord de los Guiness, para ver si esta desafortunada persona había conseguido, muy a su pesar, algún récord mundial.
Vinieron desde Inglaterra tres jueces del libro. Buscaron testigos y comprobaron que la historia era verídica, por lo que en el número de diciembre del dos mil uno, incluyeron tal récord.
Diecisiete años sin dar una limosna, el pueblo más avaro del mundo, el más egoísta, el más insolidario.
La noticia corrió como la pólvora por diarios, telediarios, Internet, por el boca en boca...
Con el tiempo, miles y miles de turistas acudían a la población del bajo Maresme de la provincia de Barcelona. Querían comprobar qué ocurría con aquella gente tan desalmada.
Bares, restaurantes, hoteles, zapaterías, tiendas de recuerdos, de chinos, catalanas, españolas, magrebíes... se llenaban a diario, vendían y vendían sus productos y se enriquecían como nunca lo habían hecho.
Pero el podre pedigüeño continuaba sin recibir ni una hoja de periódico para envolver el bocadillo. Los turistas argumentaban que ellos no serían los que rompieran tal récord.
Pasado más tiempo aún, el número de curiosos visitantes aumentaba de tal manera que aquella villa de treinta mil habitantes pasó a tener más dos millones, desbancando a la mismísima Barcelona.
Como Premià de Mar ya era la más poblada de Cataluña, pasó a ser la capital. Trasladaron allí al Parlament de la Generalitat y a toda la administración Catalana.
El pobre hombre seguía sin recibir una limosna. Enjuto el rostro, los huesos acuchillando al aire, las piernas de alambre titilando al levantarse tras cada jornada, y unas manos que a penas eran capaces de levantar la tapa del contenedor de basuras para rebuscar algo de comida. Enjuta el alma. El agua la bebía de una fuente sita en el paseo marítimo. Al lado, bajo un túnel que recogía las aguas de la lluvia, dormía en la soledad más profunda.
Las poblaciones vecinas tomaron nota de la riqueza experimentada con tan estrafalaria cosa, por lo que tomaron ejemplo y empezaron a no dar ni los buenos días, conque no hablemos de dar un euro.
Cercioraron los del Libro Récords de los Guiness que por aquellos lares, los convecinos no daban ni los buenos días a nadie, que ningún vecino se hablaba con el otro, ni las mismas familias entre sí, que se paseaba por toda la provincia de Barcelona sin que uno oyera ni una voz humana.
Por todo el mundo corrió la noticia. Millones de incrédulos visitaban tan peculiares lares.
Era el dos mil quince cuando desde los aviones veíanse altísimos rascacielos y una ciudad que recorría prácticamente los cuatrocientos kilómetros de la costa catalana.
El pobre pedigüeño seguía sin recibir una limosna. Ahora quizás con razón, puesto que el ayuntamiento le había colocado un letrero que decía. Prohibido dar limosna a este señor, no sea que se nos rompa la racha. Yo le pregunté que Por qué no te has quejado, por qué has dejado que te coloquen ese letrero. Qué más da, me respondía él, A ver si hay alguien capaz de saltarse la injusticia y me da una limosna.
Al final, casi todos los habitantes de la Tierra habían visitado el lugar más tacaño del mundo, el lugar donde no se daban ni los buenos días a nadie, ni los camareros ni tenderos ni políticos. Aquel lugar que se había convertido en cuídese cada cual de él mismo, enriquézcase cada cual lo más posible y que le den por allí a los demás. Y los turistas, todos esos habitantes de la Tierra, al volver a sus lugares de origen, copiaron las formas y maneras de aquella Premià de Mar monstruosa. El mundo entero era ahora homogéneamente desalmado.
Un día llovió mucho mucho mucho, hasta tal punto que todos los pedigüeños que dormitaban bajo puentes y túneles se ahogaron o fueron llevados hasta la mar salada, el río próximo o el barranco de turno.
Hubieron de reponer los puestos vacíos de los pobres pedigüeños. Volvió a llover como nunca. Más pobres. Más pronto llovía, más pobres a reponer... Y así hasta que hubieron de ponerse a pedir limosna las últimas personas que habitaban la Tierra. Ahora sí que era imposible recibir limosnas porque, sencillamente, no habían más personas en el planeta. ¿Las hubo alguna vez?
Algún lector se habrá preguntado por qué no di yo una limosna, por pequeña que fuera. Son cosas de la curiosidad, creo, por no romper la racha, por no ser el primero, por ver a otro peor que yo, por miedo. Excusas hay muchas. ¿Cuál es la tuya, lector?
Gracias por leer.
Vicente, que paseaba a lo largo de la calle central todos los días, desde que aquel hombre empezó a pedir, se detenía con su pequeño perro peludo y le preguntaba si ayer hubo suerte. No, no hubo suerte, como siempre, era la respuesta.
Harto de tal situación, de tan grotesca avaricia, Vicente escribió al Libro récord de los Guiness, para ver si esta desafortunada persona había conseguido, muy a su pesar, algún récord mundial.
Vinieron desde Inglaterra tres jueces del libro. Buscaron testigos y comprobaron que la historia era verídica, por lo que en el número de diciembre del dos mil uno, incluyeron tal récord.
Diecisiete años sin dar una limosna, el pueblo más avaro del mundo, el más egoísta, el más insolidario.
La noticia corrió como la pólvora por diarios, telediarios, Internet, por el boca en boca...
Con el tiempo, miles y miles de turistas acudían a la población del bajo Maresme de la provincia de Barcelona. Querían comprobar qué ocurría con aquella gente tan desalmada.
Bares, restaurantes, hoteles, zapaterías, tiendas de recuerdos, de chinos, catalanas, españolas, magrebíes... se llenaban a diario, vendían y vendían sus productos y se enriquecían como nunca lo habían hecho.
Pero el podre pedigüeño continuaba sin recibir ni una hoja de periódico para envolver el bocadillo. Los turistas argumentaban que ellos no serían los que rompieran tal récord.
Pasado más tiempo aún, el número de curiosos visitantes aumentaba de tal manera que aquella villa de treinta mil habitantes pasó a tener más dos millones, desbancando a la mismísima Barcelona.
Como Premià de Mar ya era la más poblada de Cataluña, pasó a ser la capital. Trasladaron allí al Parlament de la Generalitat y a toda la administración Catalana.
El pobre hombre seguía sin recibir una limosna. Enjuto el rostro, los huesos acuchillando al aire, las piernas de alambre titilando al levantarse tras cada jornada, y unas manos que a penas eran capaces de levantar la tapa del contenedor de basuras para rebuscar algo de comida. Enjuta el alma. El agua la bebía de una fuente sita en el paseo marítimo. Al lado, bajo un túnel que recogía las aguas de la lluvia, dormía en la soledad más profunda.
Las poblaciones vecinas tomaron nota de la riqueza experimentada con tan estrafalaria cosa, por lo que tomaron ejemplo y empezaron a no dar ni los buenos días, conque no hablemos de dar un euro.
Cercioraron los del Libro Récords de los Guiness que por aquellos lares, los convecinos no daban ni los buenos días a nadie, que ningún vecino se hablaba con el otro, ni las mismas familias entre sí, que se paseaba por toda la provincia de Barcelona sin que uno oyera ni una voz humana.
Por todo el mundo corrió la noticia. Millones de incrédulos visitaban tan peculiares lares.
Era el dos mil quince cuando desde los aviones veíanse altísimos rascacielos y una ciudad que recorría prácticamente los cuatrocientos kilómetros de la costa catalana.
El pobre pedigüeño seguía sin recibir una limosna. Ahora quizás con razón, puesto que el ayuntamiento le había colocado un letrero que decía. Prohibido dar limosna a este señor, no sea que se nos rompa la racha. Yo le pregunté que Por qué no te has quejado, por qué has dejado que te coloquen ese letrero. Qué más da, me respondía él, A ver si hay alguien capaz de saltarse la injusticia y me da una limosna.
Al final, casi todos los habitantes de la Tierra habían visitado el lugar más tacaño del mundo, el lugar donde no se daban ni los buenos días a nadie, ni los camareros ni tenderos ni políticos. Aquel lugar que se había convertido en cuídese cada cual de él mismo, enriquézcase cada cual lo más posible y que le den por allí a los demás. Y los turistas, todos esos habitantes de la Tierra, al volver a sus lugares de origen, copiaron las formas y maneras de aquella Premià de Mar monstruosa. El mundo entero era ahora homogéneamente desalmado.
Un día llovió mucho mucho mucho, hasta tal punto que todos los pedigüeños que dormitaban bajo puentes y túneles se ahogaron o fueron llevados hasta la mar salada, el río próximo o el barranco de turno.
Hubieron de reponer los puestos vacíos de los pobres pedigüeños. Volvió a llover como nunca. Más pobres. Más pronto llovía, más pobres a reponer... Y así hasta que hubieron de ponerse a pedir limosna las últimas personas que habitaban la Tierra. Ahora sí que era imposible recibir limosnas porque, sencillamente, no habían más personas en el planeta. ¿Las hubo alguna vez?
Algún lector se habrá preguntado por qué no di yo una limosna, por pequeña que fuera. Son cosas de la curiosidad, creo, por no romper la racha, por no ser el primero, por ver a otro peor que yo, por miedo. Excusas hay muchas. ¿Cuál es la tuya, lector?
Gracias por leer.
Última edición: