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El hombre que susurraba a su burro

Évano

Libre, sin dioses.
Hojalato no era rocín flaco, sino burro chaparro y cabezón, del color de platero, pero más bien tirando a sucia ceniza. Viejo, de largo pelo que le abrigaba en los duros inviernos y le acaloraba en días de verano. El hombre con el que convivía, Abundio, un octogenario delgado, de poca altura y cabeza de aguja narizona, le cargada cada mañana en las alforjas unos botijos que parecían extraídos de cuadros Dalinianos, como derretidos y doblegados al tiempo y al espacio, de colores vivos e intensos: rojos de Ferrari, verdes fluorescentes, amarillos, como flor del calabacín, o fucsias que desencajaban las risas de los aldeanos que los veían.

Poco les importaban las mofas que recorrían los valles y altos que visitaban. A cada pueblo que arribaban, una chiquillada los acogía y perseguía, con grandes risas y dedos que señalaban tan curiosos objetos. ¿Ha vendido alguna vez un botijo de esos, Don Abundio?, le preguntaban frecuentemente, y, ante la respuesta de Todavía no, todavía no, las carcajadas explotaban al unísono. Los padres y abuelos de la chiquillada reprendían a sus hijos y nietos, pero con una sonrisa escondida, amén de aconsejar continuamente a tan estrafalario vendedor, Si nos trajera botijos normales, le compraríamos, Abundio, le decían. Pero Abundio argumentaba que para esos ya habían muchos alfareros. ¿Y para qué queremos un botijo de los suyos?, insistían, Para lo mismo que quieren los adornos que ponen en sus cuerpos, para embellecer la vida, respondía Abundio, como si algo importantísimo hubiese dicho.

Pero no eran los botijos estrafalarios lo que más gracia les hacía a los aldeanos; reventaban de risa porque Hojalato siempre andaba cuatro pasos por delante de Abundio, y si este se le acercaba más, el burro cabezón se paraba y no había quién lo pusiera en marcha, hasta que Abundio retrocedía un mínimo de cuatro pasos; y si quería montarlo debía hacerlo al revés. ¡Se ha sentado usted al revés!, le exclamaban muchos viajantes que lo encontraban por el camino. Es que mi burro no me deja montarlo como Dios manda, respondía el bonachón de Abundio. Usted sabrá, abuelo... usted sabrá. Vaya con Dios y con cuidado, no se parta la crisma con ese burro falto de palos. Con Dios vayan ustedes, y no se preocupen, son muchos los años que Hojalato y yo andamos "espaldados".

Era cierto, eran muchos los años que Hojalato Y Abundio caminaban y cabalgaban de tal manera, desde que, harto de los susurros de Abundio, Hojalato tomó tales decisiones. No quería el burro que Abundio le susurrara a los oídos. Le cansaba a Hojalato que mientras subían y bajaban duras cuestas de altas montañas, o caminaban por las inmensas solanas de altiplanos, el bueno de Abundio le fuera diciendo qué era la vida, y menos cabalgando cómodamente sobre su cansado y viejo lomo.

Cuentan que una vez, Hojalato Y abundio, vendieron un botijo; fue a un hombre recién llegado a sus montañas. Cuentan que era amarillo, como el amarillo más amarillo, y que al llenarlo de agua de su pitorro caía una luz que se bebía para luego, por las noches, visitar un mundo imaginario estrafalario e increíble, un mundo sin prisas, donde los objetos y los seres se iban intercambiando entre sí.

Y cuentan que el tal hombre buscó locamente a Abundio y Hojalato, para comprarle otros botijos de otros colores y de otros contornos, pero que no logró encontrarlos. Yo continúo con la búsqueda, para poder narrar el mundo imaginario que Abundio y Hojalato vendían, y que nadie quería comprar.
 
Última edición:
Buenas mezcla entre película y narración, anda que el nombre que le has puesto al animal jaja (perdón) de paso le contesto a nuestra amiga Lou, no, los burros no se extinguirán mientras exista Hojalato.
Un abrazo.
 
Última edición por un moderador:
Aquí en estas montañas, señor gavase, todavía hay quién se llama Abundio jajajjajajja, por lo que no me es difícil escoger nombres así jajajja. Y hay Ligio, Eudovigis, Honorina.... y Vicente jajajajjajja, que soy yo jajajajja. El del otro animal (Hojalato), se me ocurrió por el relato que tengo del "Condado de los cubos de Hojalata". Un abrazo, amigo.
 
Un hermosisimo relato Sr. Évano con calidez y muchisima ternura y por supuesto con su paradoja "La belleza no está en el lado de afuera o en su forma, sino siempre en el contenido, en su interior, nunca sabemos con qué nos podemos en contrar si no conocemos todo" Felicitaciones por la exquisitez de su relato, reputación porque esta obra en verdad se la merece, saludos poeta
 
Évano;4757594 dijo:
Hojalato no era rocín flaco, sino burro chaparro y cabezón, del color de platero, pero más bien tirando a sucia ceniza. Viejo, de largo pelo que le abrigaba en los duros inviernos y le acaloraba en días de verano. El hombre con el que convivía, Abundio, un octogenario delgado, de poca altura y cabeza de aguja narizona, le cargada cada mañana en las alforjas unos botijos que parecían extraídos de cuadros Dalinianos, como derretidos y doblegados al tiempo y al espacio, de colores vivos e intensos: rojos de Ferrari, verdes fluorescentes, amarillos, como flor del calabacín, o fucsias que desencajaban las risas de los aldeanos que los veían.

Poco les importaban las mofas que recorrían los valles y altos que visitaban. A cada pueblo que arribaban, una chiquillada los acogía y perseguía, con grandes risas y dedos que señalaban tan curiosos objetos. ¿Ha vendido alguna vez un botijo de esos, Don Abundio?, le preguntaban frecuentemente, y, ante la respuesta de Todavía no, todavía no, las carcajadas explotaban al unísono. Los padres y abuelos de la chiquillada reprendían a sus hijos y nietos, pero con una sonrisa escondida, amén de aconsejar continuamente a tan estrafalario vendedor, Si nos trajera botijos normales, le compraríamos, Abundio, le decían. Pero Abundio argumentaba que para esos ya habían muchos alfareros. ¿Y para qué queremos un botijo de los suyos?, insistían, Para lo mismo que quieren los adornos que ponen en sus cuerpos, para embellecer la vida, respondía Abundio, como si algo importantísimo hubiese dicho.


Pero no eran los botijos estrafalarios lo que más gracia les hacía a los aldeanos; reventaban de risa porque Hojalato siempre andaba cuatro pasos por delante de Abundio, y si este se le acercaba más, el burro cabezón se paraba y no había quién lo pusiera en marcha, hasta que Abundio retrocedía un mínimo de cuatro pasos; y si quería montarlo debía hacerlo al revés. ¡Se ha sentado usted al revés!, le exclamaban muchos viajantes que lo encontraban por el camino. Es que mi burro no me deja montarlo como Dios manda, respondía el bonachón de Abundio. Usted sabrá, abuelo... usted sabrá. Vaya con Dios y con cuidado, no se parta la crisma con ese burro falto de palos. Con Dios vayan ustedes, y no se preocupen, son muchos los años que Hojalato y yo andamos "espaldados".


Era cierto, eran muchos los años que Hojalato Y Abundio caminaban y cabalgaban de tal manera, desde que, harto de los susurros de Abundio, Hojalato tomó tales decisiones. No quería el burro que Abundio le susurrara a los oídos. Le cansaba a Hojalato que mientras subían y bajaban duras cuestas de altas montañas, o caminaban por las inmensas solanas de altiplanos, el bueno de Abundio le fuera diciendo qué era la vida, y menos cabalgando cómodamente sobre su cansado y viejo lomo.


Cuentan que una vez, Hojalato Y abundio, vendieron un botijo; fue a un hombre recién llegado a sus montañas. Cuentan que era amarillo, como el amarillo más amarillo, y que al llenarlo de agua de su pitorro caía una luz que se bebía para luego, por las noches, visitar un mundo imaginario estrafalario e increíble, un mundo sin prisas, donde los objetos y los seres se iban intercambiando entre sí.


Y cuentan que el tal hombre buscó locamente a Abundio y Hojalato, para comprarle otros botijos de otros colores y de otros contornos, pero que no logró encontrarlos. Yo continúo con la búsqueda, para poder narrar el mundo imaginario que Abundio y Hojalato vendían, y que nadie quería comprar.
sigo creyendo que tienes esa facilidad de dejarnos con más de tus letras, son casí el equilibrio de cada metáfora tan bien trasformada en tu relado, grato como siempre, besos
 

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