El hombre sentado en la cama no piensa solo siente.
Sabe que todo ha concluido pero nada se ha ido.
Todo sigue ahí, reverberando en todos sus sentidos
como un volcán de emociones a la deriva de su destino.
El invierno del fuego está creciendo.
El pasado lo mira, lo devora como el águila a Prometeo.
El presente es un manto de líquidas tristezas.
El futuro es uno solo y se llama: desolación.
¿Ha de volverse semilla de ermitaño
y renacer desde el silencio y la soledad
que empieza a merodearlo, introspectivo,
como una sima de oquedad, en el corazón?
Lo que fue ya no es, lo posible no será.
Lo que es en nada es.
Nada es, nada fue, nada será.
El hombre sentado en la cama lo intuye.
Apenas lo entre mira,
Ni siquiera es un pálpito que dé pulsión.
Pero lo divisa entre brumas oscuras:
¡El tiempo de la transformación!
¡Ha llegado!
Sabe que todo ha concluido pero nada se ha ido.
Todo sigue ahí, reverberando en todos sus sentidos
como un volcán de emociones a la deriva de su destino.
El invierno del fuego está creciendo.
El pasado lo mira, lo devora como el águila a Prometeo.
El presente es un manto de líquidas tristezas.
El futuro es uno solo y se llama: desolación.
¿Ha de volverse semilla de ermitaño
y renacer desde el silencio y la soledad
que empieza a merodearlo, introspectivo,
como una sima de oquedad, en el corazón?
Lo que fue ya no es, lo posible no será.
Lo que es en nada es.
Nada es, nada fue, nada será.
El hombre sentado en la cama lo intuye.
Apenas lo entre mira,
Ni siquiera es un pálpito que dé pulsión.
Pero lo divisa entre brumas oscuras:
¡El tiempo de la transformación!
¡Ha llegado!
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