Alejandro Magno
Poeta recién llegado
Despertaba cada día con el sonar de las burlas del día de mañana. Sacudía de su cabeza dos pelusas, un insecto y cada carcajada. Así comenzaba.
Todos los días la misma rutina, pero aquella era su mayor diversión ya que siempre era el principal protagonista.
Es que una hoja en blanco siempre será el placer mejor para aquellos que padecen el vicio de la imaginación.
Y saboreaba un manjar mientras ingería tostadas, sonreía al Sol que sabía ver detrás de las sabanas nubladas.
Y era lo mismo cada día, entre tantas caras largas molestaba algo tan puro como su sonrisa, es que el no vestía tristeza ni camisa. ¿De que se desempeñaba mi amigo? Era ilusionista.
Su oficina era siempre la misma esquina, donde alardeaba sus ilusiones mientras ayudaba a cruzar la calle y cuidaba coches.
¿Quién sabrá mejor que el que nadie pega más duro que la vida? El que se hizo amigo del frío, y ni siquiera recuerda el rostro de su hija.
Aunque la soledad no le pertenece a nadie, a su lado hace años camina, pero dejo el miedo a esta de propina cuando abandono las cantinas.
Lleva allí tardes y noches de un otoño y dos primaveras, y ya despierta sospechas, ni siquiera muecas de tristezas.
Nadie nunca lo confiesa, pero cualquier burgués pagaría por saber lo que piensa.
Piensa que mañana su hoja en blanco será un diccionario, que de tanto bailar con la más fea, tarde o temprano su baile será valorado.
Iluso de seguro lo llamarían, yo prefiero llamarlo como a mi amigo le gustaría, el ilusionista.
Todos los días la misma rutina, pero aquella era su mayor diversión ya que siempre era el principal protagonista.
Es que una hoja en blanco siempre será el placer mejor para aquellos que padecen el vicio de la imaginación.
Y saboreaba un manjar mientras ingería tostadas, sonreía al Sol que sabía ver detrás de las sabanas nubladas.
Y era lo mismo cada día, entre tantas caras largas molestaba algo tan puro como su sonrisa, es que el no vestía tristeza ni camisa. ¿De que se desempeñaba mi amigo? Era ilusionista.
Su oficina era siempre la misma esquina, donde alardeaba sus ilusiones mientras ayudaba a cruzar la calle y cuidaba coches.
¿Quién sabrá mejor que el que nadie pega más duro que la vida? El que se hizo amigo del frío, y ni siquiera recuerda el rostro de su hija.
Aunque la soledad no le pertenece a nadie, a su lado hace años camina, pero dejo el miedo a esta de propina cuando abandono las cantinas.
Lleva allí tardes y noches de un otoño y dos primaveras, y ya despierta sospechas, ni siquiera muecas de tristezas.
Nadie nunca lo confiesa, pero cualquier burgués pagaría por saber lo que piensa.
Piensa que mañana su hoja en blanco será un diccionario, que de tanto bailar con la más fea, tarde o temprano su baile será valorado.
Iluso de seguro lo llamarían, yo prefiero llamarlo como a mi amigo le gustaría, el ilusionista.