El inicio de la historia

Manuel Bast

Poeta que considera el portal su segunda casa
Acababa de regresar de un viaje al extranjero, aunque no era amante de los largos viajes, este lo había realizado apremiado por las circunstancias: un desempleo auto infligido, un reciente divorcio y esa necesidad absurda de olvidar, al menos, los últimos quince años de su vida, alejarse de todo, no ver por un tiempo las mismas caras que conformaban ese pasado del que quería huir. Parece que en buena medida algo de ello había logrado.

De nuevo en su tierra, otra vez las mismas caras, la misma gente y los mismos recuerdos. ¿Qué hacer ahora?, es necesario —piensa— comenzar desde cero, y eso se propone, con sus cuarenta y tantos años a cuestas eso se propone.

Inicia otro viaje, esta vez mucho más corto, tan solo unas decenas de kilómetros a la ciudad de sus hermanos, el motivo: buscar el automóvil que meses antes había dejado allí, el único bien material que le quedaba luego de quince años de trabajo e igual cantidad de años de matrimonio, "al menos —solía decir— algo me ha quedado".

El recibimiento es el esperado. Siendo el menor de los hermanos gozaba de un profundo afecto protector, a pesar de su edad, le veían como un niño, en este caso un niño abandonado y solitario, ese niño que recién acababa de perderlo todo, excepto ese automóvil que añoraba volver a conducir por las avenidas oscuras de su soledad.

Un grato reencuentro con la familia, una botella de buen whisky y unas cervezas, las mejores en comparación con las tantas que había tomado en las consuetudinarias noches de farra en el transcurso de su viaje a la ausencia; ¡y ella!, la amiga de su familia; ella, que estaba allí igual que él, de visita; ella, la que tanto le atraía pero que respetaba por ser una mujer casada; ella, la misma que a pesar de haber cruzado alguna que otra mirada pícara en el pasado, entendía como un imposible siquiera insinuarle algo del deseo de pecar que le provocaba, allí estaba, ¡ella!

El destino, confabulado con la providencia había hecho posible este inesperado reencuentro después de tanto tiempo. Tantos kilómetros, tanta tierra y tanto mar se reducían hoy a unos pocos metros. Esta vez ya todo era distinto, mucho había cambiado; ambos divorciados, necesitados de amor y dispuestos a brindarlo. Ella y él se encontraron esa tarde en la encrucijada al final de la avenida de la soledad por la que ambos conducían en sentido opuesto el uno del otro, sin pensar en cruzarse.

Destino y providencia, razón y motivo que se hicieron excusa, la excusa necesaria. ¡Ya se verá —pensaban ambos— dejemos que el licor surta efecto, por ahora solo miradas complacientes y cómplices sonrisas... pero ya se verá!

Se escucha la música al fondo de la estancia —¡Coño, qué lástima que no tenga con quien bailar!, dijo él y los presentes rieron al unísono por la ocurrencia, a sabiendas que efectivamente sí había con quien hacerlo, precisamente con ella. Todos la miraban, esperaban su reacción incluyéndolo a él, por supuesto. —¡Sácala a bailar!, dijo alguien, a lo que ella responde gesticulando negativamente con la cabeza; tenía que esperar un poco, —pensaba— tan solo esperar un poco más para no hacer evidente lo que ya se entendía como evidente. La excusa para llegar a la acción parecía desvanecerse, ¿Qué hacer? (de nuevo la eterna pregunta).

Las risas, la charla, las horas continuaban su curso para lo demás, pero para ellos el tiempo parecía suspenderse, eran las miradas las que sonreían, las que hablaban, las que marcaban el compás de las horas y las que, de madrugada, consintieron el ansiado beso. Ya todo estaba hecho; los presentes reían al saberse testigos de ese primer beso, el que dió inicio a una nueva historia de amor, a un nuevo viaje con rumbo a lo desconocido. La música al fondo de la estancia había cesado.

Lo demás, lo sucesivo, formará parte de otra historia o quizá, conformará la excusa necesaria para escribir un nuevo capítulo de esta.

continuará...
 
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Acababa de regresar de un viaje al extranjero, aunque no era amante de los largos viajes, este lo había realizado apremiado por las circunstancias: un desempleo auto infligido, un reciente divorcio y esa necesidad absurda de olvidarse, al menos, de los últimos quince años de su vida, alejarse de todo, no ver por un tiempo las mismas caras que conformaban ese pasado del que quería huir. Parece que en buena medida algo de ello había logrado.

De nuevo en su tierra, otra vez las mismas caras, la misma gente y los mismos recuerdos. ¿Qué hacer ahora?, es necesario —piensa— comenzar desde cero, y eso se propone, con sus treinta y tantos años a cuestas eso se propone.

Inicia otro viaje, esta vez mucho más corto, tan solo unas decenas de kilómetros, desde su ciudad a la ciudad de sus hermanos, el motivo: buscar el automóvil que meses antes había dejado allí, el único bien material que le quedaba luego de quince años de trabajo y once de matrimonio, "al menos —solía decir— algo me ha quedado".

El recibimiento en casa de sus hermanos es el esperado. Siendo el menor de los hermanos gozaba del afecto de quienes, a pesar de su edad, lo veían como un niño, en este caso un niño abandonado y solitario, ese niño que recién acababa de perderlo todo, excepto ese automóvil que añoraba volver a conducir por las avenidas oscuras de su soledad.

Un grato reencuentro con la familia, una botella de buen whisky y unas cervezas, las mejores en comparación con las tantas que había tomado en las consuetudinarias noches de farra en el transcurso de su viaje a la ausencia, ¡y ella!, la amiga de su familia; ella, que estaba allí igual que él, de visita; ella, la que tanto le atraía pero que respetaba por ser casada; ella, la misma que a pesar de haber cruzado alguna que otra pícara mirada en el pasado, entendía como un imposible siquiera insinuarle algo del deseo de pecar que le provocaba, allí estaba, ¡ella!

El destino se había confabulado con la providencia y juntos habían hecho posible este reencuentro después de tanto tiempo. Tantos kilómetros, tanta tierra y tanto mar se reducían hoy a unos pocos metros. Esta vez ya todo era distinto, mucho había cambiado; ambos divorciados, necesitados de amor y dispuestos a brindarlo. Ella y él se encontraron esa tarde en la encrucijada al final de la avenida de la soledad por la que ambos se conducían sin pensar en encontrarse.

Destino y providencia, razón y motivo que se hicieron excusa, la excusa necesaria. ¡Ya se verá —pensaban ambos— dejemos que el licor surta efecto, por ahora solo miradas complacientes y cómplices sonrisas... pero ya se verá!

Se escucha la música al fondo de la estancia —¡Coño, qué lástima que no tenga con quien bailar!, dijo él y los presentes rieron al unísono por la ocurrencia, a sabiendas que efectivamente sí había con quien hacerlo, precisamente con ella. Todos la miraban, esperaban su reacción incluyéndolo a él, por supuesto. —¡Sácala a bailar!, dijo alguien, a lo que ella responde gesticulando negativamente con la cabeza; tenía que esperar un poco, —pensaba— tan solo esperar un poco más para no hacerse evidente lo que ya se entendía como evidente.

La excusa para llegar a la acción parecía desvanecerse, ¿Qué hacer? (de nuevo la eterna pregunta) ¿Cómo hacerlo? —¡Voy a bailar (dijo ella) pero si abusas te baño de cerveza! Las risas pararon y el tiempo pareció suspenderse por unos segundos. —Pues si me mojas...¡Te beso! fué la respuesta de él.

Todo estaba dicho, los presentes rieron al saberse testigos de ese, el primer beso, el que dió inicio a una nueva historia de amor, a un nuevo viaje con rumbo a lo desconocido. Lo demás, lo sucesivo, formará parte de otra historia o quizá, conformará la excusa necesaria para escribir un nuevo capítulo de ella.

continuará...
Pues no esperó mucho tiempo para meterse bajo las patas de otro caballo.
Un abrazo, Manuel.
 
Pues no esperó mucho tiempo para meterse bajo las patas de otro caballo.
Un abrazo, Manuel.
Saludos Sergio, bueno... cosas que suceden cuando la atracción rebasa las barreras de lo que algunos consideran correcto.
Gracias amigo por estar presente en estas letras.
Un abrazo
 
Ayyy AMADO poeta-amigo no sabes el gusto que me da leer tu hermosa prosa, sabes como te aprecio, lo mucho que te admiro y aprendo de ti. En la distancia se te quiere y aprecia, besos de colores a tu bello mundo,
Guadalupe estimada amiga, disculpa lo tardío de mi respuesta.
Yo te agradezco profundamente, sabes que esta prosa y algunos otros ejercicios nacen entre otras cosas de las conversaciones que hemos venido sosteniendo, has sido un impulso necesario para desprenderme de la zona de confort que significa para mí la poesía clásica.
Muchas gracias siempre
Con aprecio y respeto
MANUEL
 
Acababa de regresar de un viaje al extranjero, aunque no era amante de los largos viajes, este lo había realizado apremiado por las circunstancias: un desempleo auto infligido, un reciente divorcio y esa necesidad absurda de olvidar, al menos, los últimos quince años de su vida, alejarse de todo, no ver por un tiempo las mismas caras que conformaban ese pasado del que quería huir. Parece que en buena medida algo de ello había logrado.

De nuevo en su tierra, otra vez las mismas caras, la misma gente y los mismos recuerdos. ¿Qué hacer ahora?, es necesario —piensa— comenzar desde cero, y eso se propone, con sus cuarenta y tantos años a cuestas eso se propone.

Inicia otro viaje, esta vez mucho más corto, tan solo unas decenas de kilómetros a la ciudad de sus hermanos, el motivo: buscar el automóvil que meses antes había dejado allí, el único bien material que le quedaba luego de quince años de trabajo e igual cantidad de años de matrimonio, "al menos —solía decir— algo me ha quedado".

El recibimiento es el esperado. Siendo el menor de los hermanos gozaba de un profundo afecto protector, a pesar de su edad, le veían como un niño, en este caso un niño abandonado y solitario, ese niño que recién acababa de perderlo todo, excepto ese automóvil que añoraba volver a conducir por las avenidas oscuras de su soledad.

Un grato reencuentro con la familia, una botella de buen whisky y unas cervezas, las mejores en comparación con las tantas que había tomado en las consuetudinarias noches de farra en el transcurso de su viaje a la ausencia; ¡y ella!, la amiga de su familia; ella, que estaba allí igual que él, de visita; ella, la que tanto le atraía pero que respetaba por ser una mujer casada; ella, la misma que a pesar de haber cruzado alguna que otra mirada pícara en el pasado, entendía como un imposible siquiera insinuarle algo del deseo de pecar que le provocaba, allí estaba, ¡ella!

El destino, confabulado con la providencia había hecho posible este inesperado reencuentro después de tanto tiempo. Tantos kilómetros, tanta tierra y tanto mar se reducían hoy a unos pocos metros. Esta vez ya todo era distinto, mucho había cambiado; ambos divorciados, necesitados de amor y dispuestos a brindarlo. Ella y él se encontraron esa tarde en la encrucijada al final de la avenida de la soledad por la que ambos conducían en sentido opuesto el uno del otro, sin pensar en cruzarse.

Destino y providencia, razón y motivo que se hicieron excusa, la excusa necesaria. ¡Ya se verá —pensaban ambos— dejemos que el licor surta efecto, por ahora solo miradas complacientes y cómplices sonrisas... pero ya se verá!

Se escucha la música al fondo de la estancia —¡Coño, qué lástima que no tenga con quien bailar!, dijo él y los presentes rieron al unísono por la ocurrencia, a sabiendas que efectivamente sí había con quien hacerlo, precisamente con ella. Todos la miraban, esperaban su reacción incluyéndolo a él, por supuesto. —¡Sácala a bailar!, dijo alguien, a lo que ella responde gesticulando negativamente con la cabeza; tenía que esperar un poco, —pensaba— tan solo esperar un poco más para no hacer evidente lo que ya se entendía como evidente. La excusa para llegar a la acción parecía desvanecerse, ¿Qué hacer? (de nuevo la eterna pregunta).

Las risas, la charla, las horas continuaban su curso para lo demás, pero para ellos el tiempo parecía suspenderse, eran las miradas las que sonreían, las que hablaban, las que marcaban el compás de las horas y las que, de madrugada, consintieron el ansiado beso. Ya todo estaba hecho; los presentes reían al saberse testigos de ese primer beso, el que dió inicio a una nueva historia de amor, a un nuevo viaje con rumbo a lo desconocido. La música al fondo de la estancia había cesado.

Lo demás, lo sucesivo, formará parte de otra historia o quizá, conformará la excusa necesaria para escribir un nuevo capítulo de esta.

continuará...
Venustas esperas y excusas, todavía más sublimes son los dos últimos párrafos; estoy casi seguro que al leer primero esos dos; para comprender el resto solo es necesaria pura hilación, su síntesis es admirable, y también curioso el modo de contactar con el lector haciendo explícita la excusa del nuevo capítulo. A esperar como los protagonistas. Muy buena lectura, gracias por compartir. Saludos afables; cuídese.
 
Acababa de regresar de un viaje al extranjero, aunque no era amante de los largos viajes, este lo había realizado apremiado por las circunstancias: un desempleo auto infligido, un reciente divorcio y esa necesidad absurda de olvidar, al menos, los últimos quince años de su vida, alejarse de todo, no ver por un tiempo las mismas caras que conformaban ese pasado del que quería huir. Parece que en buena medida algo de ello había logrado.

De nuevo en su tierra, otra vez las mismas caras, la misma gente y los mismos recuerdos. ¿Qué hacer ahora?, es necesario —piensa— comenzar desde cero, y eso se propone, con sus cuarenta y tantos años a cuestas eso se propone.

Inicia otro viaje, esta vez mucho más corto, tan solo unas decenas de kilómetros a la ciudad de sus hermanos, el motivo: buscar el automóvil que meses antes había dejado allí, el único bien material que le quedaba luego de quince años de trabajo e igual cantidad de años de matrimonio, "al menos —solía decir— algo me ha quedado".

El recibimiento es el esperado. Siendo el menor de los hermanos gozaba de un profundo afecto protector, a pesar de su edad, le veían como un niño, en este caso un niño abandonado y solitario, ese niño que recién acababa de perderlo todo, excepto ese automóvil que añoraba volver a conducir por las avenidas oscuras de su soledad.

Un grato reencuentro con la familia, una botella de buen whisky y unas cervezas, las mejores en comparación con las tantas que había tomado en las consuetudinarias noches de farra en el transcurso de su viaje a la ausencia; ¡y ella!, la amiga de su familia; ella, que estaba allí igual que él, de visita; ella, la que tanto le atraía pero que respetaba por ser una mujer casada; ella, la misma que a pesar de haber cruzado alguna que otra mirada pícara en el pasado, entendía como un imposible siquiera insinuarle algo del deseo de pecar que le provocaba, allí estaba, ¡ella!

El destino, confabulado con la providencia había hecho posible este inesperado reencuentro después de tanto tiempo. Tantos kilómetros, tanta tierra y tanto mar se reducían hoy a unos pocos metros. Esta vez ya todo era distinto, mucho había cambiado; ambos divorciados, necesitados de amor y dispuestos a brindarlo. Ella y él se encontraron esa tarde en la encrucijada al final de la avenida de la soledad por la que ambos conducían en sentido opuesto el uno del otro, sin pensar en cruzarse.

Destino y providencia, razón y motivo que se hicieron excusa, la excusa necesaria. ¡Ya se verá —pensaban ambos— dejemos que el licor surta efecto, por ahora solo miradas complacientes y cómplices sonrisas... pero ya se verá!

Se escucha la música al fondo de la estancia —¡Coño, qué lástima que no tenga con quien bailar!, dijo él y los presentes rieron al unísono por la ocurrencia, a sabiendas que efectivamente sí había con quien hacerlo, precisamente con ella. Todos la miraban, esperaban su reacción incluyéndolo a él, por supuesto. —¡Sácala a bailar!, dijo alguien, a lo que ella responde gesticulando negativamente con la cabeza; tenía que esperar un poco, —pensaba— tan solo esperar un poco más para no hacer evidente lo que ya se entendía como evidente. La excusa para llegar a la acción parecía desvanecerse, ¿Qué hacer? (de nuevo la eterna pregunta).

Las risas, la charla, las horas continuaban su curso para lo demás, pero para ellos el tiempo parecía suspenderse, eran las miradas las que sonreían, las que hablaban, las que marcaban el compás de las horas y las que, de madrugada, consintieron el ansiado beso. Ya todo estaba hecho; los presentes reían al saberse testigos de ese primer beso, el que dió inicio a una nueva historia de amor, a un nuevo viaje con rumbo a lo desconocido. La música al fondo de la estancia había cesado.

Lo demás, lo sucesivo, formará parte de otra historia o quizá, conformará la excusa necesaria para escribir un nuevo capítulo de esta.

continuará...
Buenas tardes.
Bonita lectura me dejas para esta tarde.
Gracias por ponerla a mi alcance.
La leeré despacito.
Un saludo
 
Venustas esperas y excusas, todavía más sublimes son los dos últimos párrafos; estoy casi seguro que al leer primero esos dos; para comprender el resto solo es necesaria pura hilación, su síntesis es admirable, y también curioso el modo de contactar con el lector haciendo explícita la excusa del nuevo capítulo. A esperar como los protagonistas. Muy buena lectura, gracias por compartir. Saludos afables; cuídese.
Amigo mío siempre resulta un gusto tenerte en estos espacios.
Gracias hermano poeta por los conceptos que emites.
Recibe mi saludo cordial.
MANUEL
 
Acababa de regresar de un viaje al extranjero, aunque no era amante de los largos viajes, este lo había realizado apremiado por las circunstancias: un desempleo auto infligido, un reciente divorcio y esa necesidad absurda de olvidar, al menos, los últimos quince años de su vida, alejarse de todo, no ver por un tiempo las mismas caras que conformaban ese pasado del que quería huir. Parece que en buena medida algo de ello había logrado.

De nuevo en su tierra, otra vez las mismas caras, la misma gente y los mismos recuerdos. ¿Qué hacer ahora?, es necesario —piensa— comenzar desde cero, y eso se propone, con sus cuarenta y tantos años a cuestas eso se propone.

Inicia otro viaje, esta vez mucho más corto, tan solo unas decenas de kilómetros a la ciudad de sus hermanos, el motivo: buscar el automóvil que meses antes había dejado allí, el único bien material que le quedaba luego de quince años de trabajo e igual cantidad de años de matrimonio, "al menos —solía decir— algo me ha quedado".

El recibimiento es el esperado. Siendo el menor de los hermanos gozaba de un profundo afecto protector, a pesar de su edad, le veían como un niño, en este caso un niño abandonado y solitario, ese niño que recién acababa de perderlo todo, excepto ese automóvil que añoraba volver a conducir por las avenidas oscuras de su soledad.

Un grato reencuentro con la familia, una botella de buen whisky y unas cervezas, las mejores en comparación con las tantas que había tomado en las consuetudinarias noches de farra en el transcurso de su viaje a la ausencia; ¡y ella!, la amiga de su familia; ella, que estaba allí igual que él, de visita; ella, la que tanto le atraía pero que respetaba por ser una mujer casada; ella, la misma que a pesar de haber cruzado alguna que otra mirada pícara en el pasado, entendía como un imposible siquiera insinuarle algo del deseo de pecar que le provocaba, allí estaba, ¡ella!

El destino, confabulado con la providencia había hecho posible este inesperado reencuentro después de tanto tiempo. Tantos kilómetros, tanta tierra y tanto mar se reducían hoy a unos pocos metros. Esta vez ya todo era distinto, mucho había cambiado; ambos divorciados, necesitados de amor y dispuestos a brindarlo. Ella y él se encontraron esa tarde en la encrucijada al final de la avenida de la soledad por la que ambos conducían en sentido opuesto el uno del otro, sin pensar en cruzarse.

Destino y providencia, razón y motivo que se hicieron excusa, la excusa necesaria. ¡Ya se verá —pensaban ambos— dejemos que el licor surta efecto, por ahora solo miradas complacientes y cómplices sonrisas... pero ya se verá!

Se escucha la música al fondo de la estancia —¡Coño, qué lástima que no tenga con quien bailar!, dijo él y los presentes rieron al unísono por la ocurrencia, a sabiendas que efectivamente sí había con quien hacerlo, precisamente con ella. Todos la miraban, esperaban su reacción incluyéndolo a él, por supuesto. —¡Sácala a bailar!, dijo alguien, a lo que ella responde gesticulando negativamente con la cabeza; tenía que esperar un poco, —pensaba— tan solo esperar un poco más para no hacer evidente lo que ya se entendía como evidente. La excusa para llegar a la acción parecía desvanecerse, ¿Qué hacer? (de nuevo la eterna pregunta).

Las risas, la charla, las horas continuaban su curso para lo demás, pero para ellos el tiempo parecía suspenderse, eran las miradas las que sonreían, las que hablaban, las que marcaban el compás de las horas y las que, de madrugada, consintieron el ansiado beso. Ya todo estaba hecho; los presentes reían al saberse testigos de ese primer beso, el que dió inicio a una nueva historia de amor, a un nuevo viaje con rumbo a lo desconocido. La música al fondo de la estancia había cesado.

Lo demás, lo sucesivo, formará parte de otra historia o quizá, conformará la excusa necesaria para escribir un nuevo capítulo de esta.

continuará...
Por lo que sé de vos, esta historia ha sucedido hace varios años, por lo escrito perdura... y hasta el momento no has necesitado otra historia. Mi deseo es que no sea necesario.
Buena prosa !
Un abrazo mi amigo
 
Por lo que sé de vos, esta historia ha sucedido hace varios años, por lo escrito perdura... y hasta el momento no has necesitado otra historia. Mi deseo es que no sea necesario.
Buena prosa !
Un abrazo mi amigo
Martín amigo, gracias por tu paso y comentario.
Es un placer tenerte en mis letras hermano.
Saludos cordiales y te reitero mi agradecimiento.
 
Muy interesante relato mi abuela decía extraños on los designios de Dios y en este caso quizá se pudeira decir que cuando se conocieron muchos años atrás si en ese entonces se hubieran relacionado hubieran terminado como termianro ambos: en un divorcio, pero ahora la experiencia les da la oportunidad de establece un vínculo más sólido. Asi lo interpreto. Mi saludo cordial.
 
Muy interesante relato mi abuela decía extraños on los designios de Dios y en este caso quizá se pudeira decir que cuando se conocieron muchos años atrás si en ese entonces se hubieran relacionado hubieran terminado como termianro ambos: en un divorcio, pero ahora la experiencia les da la oportunidad de establece un vínculo más sólido. Asi lo interpreto. Mi saludo cordial.
Rigel agradecido de tu visita y la sapiencia que como lector muestras a través de tu comentario que me ha gustado mucho.
Sabes que la sabiduría de nuestros abuelos son joyas añadidas al tesoro de nuestras vidas.
Un gran abrazo
MANUEL
 

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