Arturo Vergara Godoy
Poeta asiduo al portal
Esa tarde con el rojo sol del poniente
entraba yo por el pétreo portal, y avizoraba,
entre sonajeros que a la brisa de la montaña
dispersaban monótonas y lúgubres tonalidades.
La entrada al templo era por múltiples vericuetos
pasillos, galerías, escaleras en largos caracoles.
El frío de las piedras y los mármoles daba la sensación
de una tumba gigantesca.
Una enorme nave alta y cargada de arabescos
brillaba con piedras preciosas alumbradas por los cebos.
Los claroscuros de Murillo y lás músicas de Bach
voces espirituales arrebataban los sentidos
de quien va cabizbajo, cubierto de gruesas pieles
a gritar un nombre sagrado.
¡Debe hacerlo a voz en cuello, tres veces;
y luego, sin mediar palabra humana,
extraer maciza daga del cofre sagrado,
...y partirse el corazón!
entraba yo por el pétreo portal, y avizoraba,
entre sonajeros que a la brisa de la montaña
dispersaban monótonas y lúgubres tonalidades.
La entrada al templo era por múltiples vericuetos
pasillos, galerías, escaleras en largos caracoles.
El frío de las piedras y los mármoles daba la sensación
de una tumba gigantesca.
Una enorme nave alta y cargada de arabescos
brillaba con piedras preciosas alumbradas por los cebos.
Los claroscuros de Murillo y lás músicas de Bach
voces espirituales arrebataban los sentidos
de quien va cabizbajo, cubierto de gruesas pieles
a gritar un nombre sagrado.
¡Debe hacerlo a voz en cuello, tres veces;
y luego, sin mediar palabra humana,
extraer maciza daga del cofre sagrado,
...y partirse el corazón!