Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Jugamos a ser, ¿te diste cuenta?
A ser lo que no somos, lo que soñamos,
lo que la noche nos susurra
cuando el insomnio se acuesta entre nosotros.
Jugamos a reírnos con los ojos cerrados,
a caminar por calles que nunca existieron
y a olvidarnos del mundo
como si olvidar fuera una forma de ganarle.
Es un juego extraño, lleno de reglas que nadie escribió.
Un "sígueme pero no me encuentres",
un "te quiero pero no demasiado",
un "aquí estoy pero no tanto".
Y así vamos, moviendo piezas en un tablero roto,
fingiendo que sabemos las reglas
cuando en realidad nadie las sabe.
Jugamos con palabras que nunca terminan de decirse,
con silencios que pesan más que cualquier grito,
con gestos que son medias verdades
y verdades enteras que nunca decimos.
Es el juego que todos jugamos,
el que aprendimos de niños
cuando nos enseñaron a esconder
más de lo que mostramos.
Jugamos a perdernos,
porque encontrarse da miedo,
porque encontrarse es un riesgo
que pocos se atreven a correr.
Nos vestimos de personajes,
de máscaras brillantes,
y en el fondo sabemos
que nadie gana en este juego,
pero igual seguimos,
porque jugar es mejor que admitir
que estamos solos.
Y al final,
cuando las piezas caen,
cuando el juego se detiene
y queda el silencio,
nos miramos de lejos,
con esa tristeza que sólo
entienden
los que alguna vez jugaron a amar.
A ser lo que no somos, lo que soñamos,
lo que la noche nos susurra
cuando el insomnio se acuesta entre nosotros.
Jugamos a reírnos con los ojos cerrados,
a caminar por calles que nunca existieron
y a olvidarnos del mundo
como si olvidar fuera una forma de ganarle.
Es un juego extraño, lleno de reglas que nadie escribió.
Un "sígueme pero no me encuentres",
un "te quiero pero no demasiado",
un "aquí estoy pero no tanto".
Y así vamos, moviendo piezas en un tablero roto,
fingiendo que sabemos las reglas
cuando en realidad nadie las sabe.
Jugamos con palabras que nunca terminan de decirse,
con silencios que pesan más que cualquier grito,
con gestos que son medias verdades
y verdades enteras que nunca decimos.
Es el juego que todos jugamos,
el que aprendimos de niños
cuando nos enseñaron a esconder
más de lo que mostramos.
Jugamos a perdernos,
porque encontrarse da miedo,
porque encontrarse es un riesgo
que pocos se atreven a correr.
Nos vestimos de personajes,
de máscaras brillantes,
y en el fondo sabemos
que nadie gana en este juego,
pero igual seguimos,
porque jugar es mejor que admitir
que estamos solos.
Y al final,
cuando las piezas caen,
cuando el juego se detiene
y queda el silencio,
nos miramos de lejos,
con esa tristeza que sólo
entienden
los que alguna vez jugaron a amar.