Adrian Gerardo
Poeta fiel al portal
Oigo la llave… la muerte a sellado su hora, les cuesta abrir la puerta, como si aplazar la agonía en sí, ya fuera una de sus oscuras obras.
Solo pido en mi corazón, como cuando uno solo hace el bien y está totalmente seguro, que esta carta, la lleve el destino a buenas manos, he visto un poco el futuro, pero solo pedazos, vislumbro unas manos con arena, pero temo que sea mi deseo y no realidad, lo que construye mi acto.
Se oye un crujido, la puerta se abre, entran los típicos corpulentos con cara de acero, sin expresión aparente de vida, dicen con voz firme, ven, ha llegado la hora.
Se entrega sin resistencia, arrastrado por esos gigantes, le colgaban los pies, pues eran mucho más grande que él, pero la vida a veces se manifiesta en extrañas situaciones, como poniendo una flor en medio del desierto.
Uno de esos niños curiosos, llenos de mocos, pobre, que la gente muchas veces rechaza, como con miedo de contagiarse de su desgracia, si si, desgracia pero solo para un ojo material.
Este niño, como una hormiga entre dinosaurios, imposible de ser visto, avanza cautivo, pegado a esa sombra bendita, toma el escrito y sale como una ratita por tirante, sin que lo alcancen, baaa, dicen, solo es un mocoso.
Nada más que valga la pena contar, sobre nuestro ahora amigo, el Mago Antisocial, su muerte como la de todos, es solo un cuerpo sin vida, esta historia continua con el pequeño.
Ya a salvo, detrás de una carreta de mercaderes, lee la historia con lagrimas en los ojos, decide hacer su parte, robar un barquito de madera, ese que siempre quiso tener, de la vieja juguetería, recuerda todas las veces que empaño el vidrio y soñaba con ser el capital de ese velero, siempre limpio en sus sueños, se remontaba a la mar a conquistar islas vírgenes.
Obviamente era el capitán, de aquel intrépido navío, descubría tesoros y abundaba la comida, banquetes enormes con gente de cara regordeta, pero esa es otra historia.
Cae de su sueño, se acerca un policía y con la velocidad de un rayo, toma una piedra, rompe el cristal, uno le marca la mejilla, alza su mano, como una espada que nada en el mundo detendrá, llameante por una causa, el barquito ya es suyo, a todo lo que da, escapa, lo persigue el policía, pero aquí sucede lo impensado.
Aparece una gigante luz del cielo, una especie de nave encandila a la gente, muchos duros como piedra, no se atreven a emitir sonido, pero el niño no teme, solo siente curiosidad, escucha una voz que resuena muy dentro, una de esas calmas que jamás se tienen, que le dice.
Hemos venido a darte una mano, pequeño gran ser, venimos de un futuro distante, comprende, no somos tan distintos a ti, toma esta botella y dentro pon tu barquito, asegúrate de contar toda la historia, tu corazón va a trasmutar a muchos en otros tiempos y lugares, les vas a abrir el corazón, de una manera que no esperan.
Y así fue que lo dejaron a salvo, dormido, a orillas de un arroyo, donde a pocos metros el mar se alzaba, como un gigante indomable …(continuara)
Solo pido en mi corazón, como cuando uno solo hace el bien y está totalmente seguro, que esta carta, la lleve el destino a buenas manos, he visto un poco el futuro, pero solo pedazos, vislumbro unas manos con arena, pero temo que sea mi deseo y no realidad, lo que construye mi acto.
Se oye un crujido, la puerta se abre, entran los típicos corpulentos con cara de acero, sin expresión aparente de vida, dicen con voz firme, ven, ha llegado la hora.
Se entrega sin resistencia, arrastrado por esos gigantes, le colgaban los pies, pues eran mucho más grande que él, pero la vida a veces se manifiesta en extrañas situaciones, como poniendo una flor en medio del desierto.
Uno de esos niños curiosos, llenos de mocos, pobre, que la gente muchas veces rechaza, como con miedo de contagiarse de su desgracia, si si, desgracia pero solo para un ojo material.
Este niño, como una hormiga entre dinosaurios, imposible de ser visto, avanza cautivo, pegado a esa sombra bendita, toma el escrito y sale como una ratita por tirante, sin que lo alcancen, baaa, dicen, solo es un mocoso.
Nada más que valga la pena contar, sobre nuestro ahora amigo, el Mago Antisocial, su muerte como la de todos, es solo un cuerpo sin vida, esta historia continua con el pequeño.
Ya a salvo, detrás de una carreta de mercaderes, lee la historia con lagrimas en los ojos, decide hacer su parte, robar un barquito de madera, ese que siempre quiso tener, de la vieja juguetería, recuerda todas las veces que empaño el vidrio y soñaba con ser el capital de ese velero, siempre limpio en sus sueños, se remontaba a la mar a conquistar islas vírgenes.
Obviamente era el capitán, de aquel intrépido navío, descubría tesoros y abundaba la comida, banquetes enormes con gente de cara regordeta, pero esa es otra historia.
Cae de su sueño, se acerca un policía y con la velocidad de un rayo, toma una piedra, rompe el cristal, uno le marca la mejilla, alza su mano, como una espada que nada en el mundo detendrá, llameante por una causa, el barquito ya es suyo, a todo lo que da, escapa, lo persigue el policía, pero aquí sucede lo impensado.
Aparece una gigante luz del cielo, una especie de nave encandila a la gente, muchos duros como piedra, no se atreven a emitir sonido, pero el niño no teme, solo siente curiosidad, escucha una voz que resuena muy dentro, una de esas calmas que jamás se tienen, que le dice.
Hemos venido a darte una mano, pequeño gran ser, venimos de un futuro distante, comprende, no somos tan distintos a ti, toma esta botella y dentro pon tu barquito, asegúrate de contar toda la historia, tu corazón va a trasmutar a muchos en otros tiempos y lugares, les vas a abrir el corazón, de una manera que no esperan.
Y así fue que lo dejaron a salvo, dormido, a orillas de un arroyo, donde a pocos metros el mar se alzaba, como un gigante indomable …(continuara)