El manco y la ciega

Antxuron

Poeta recién llegado
Un manco de los dos brazos

por las calles mendigaba

sorteando los rechazos

de todo el que se acercaba.



Por la misma calle abajo

también pedía una ciega

que no veía un carajo

ni una gran columna griega.



El se le acercó y le dijo

que podían unir fuerza

y darse mutuo cobijo

cuando el camino se tuerza.



Que aunque fueran dos despojos

tratados como inhumanos

el prestaría sus ojos

y ella sería sus manos.



Así quedó el juramento

para curar sus fracasos,

ella daría el sustento

y el le guiaría sus pasos.



Un día muy caluroso

el manco mucho sudaba

y la ciega al sudoroso

de agua su boca llenaba.



Y no hay mucho que pensar

ni nada que discurrir

que todo lo que ha de entrar

también tiene que salir.



El quería desaguar

y así le rogó a su amiga

que le ayudara a aliviar

su incontenible vejiga.



La ciega de nacimiento

creyó topar con un muro

y en ese mismo momento

lo vio todo aun más oscuro.



Ella dijo que accedía

por humana caridad,

el ir a un sitio pedía

donde hubiera intimidad.



En un descampado oscuro

sonrojada y con estrés

la invidente con apuro

extrajo aquel gran ciempiés.



La culebra chorreaba

y a la par se endurecía

el gran reptil que se hinchaba

y la mano que le escocia.



Como notaba al tullido

totalmente entusiasmado

ella sacó de seguido

un gran cuchillo afilado.



Seccionando de un plumazo

con amputacíón eterna

al manco de los dos brazos...

...y de la tercera pierna.


©ALFONSO NIETO CARRETERO

 

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