Eduardo Morguenstern
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL MISTERIO DE LA CATEDRAL
Yo era un novicio de una logia arcana
Y debía bajar al horrible Abismo
Como inexorable prueba necesaria,
debía enfrentar la Sombra de mí mismo
que mora en lo hondo del mundo Inconsciente
(en la jerga gnóstica el Guardián del Umbral)
debiendo vencerla con amor valiente
para que se me abriera el Augusto Portal.
Me dieron un cáliz con negros licores
de un dulzón nauseabundo el mágico filtro
que bebí con prisa al sonar los tambores
y los ensueños vinieron solícitos.
Descendí al infierno con Dante y Virgilio
para redimir mis aspectos malditos.
Lo tenebroso y el aroma enrarecido
daban el espanto sensual de un delirio...
Los dos psicopompos guiaban mis pasos
por tortuoso túnel en el laberinto,
todo era lúgubre, y mil espantajos
proferían tristes lamentos y gritos.
No temas, me dijo, apretando mi brazo
la serena voz del Maestro Virgilio,
Son formas astrales, demonios y trasgos
nacidos aquí por tus actos malignos
Son elementales, tus hijos nocturnos,
creados por tus fantasías obscenas,
lúbricos hijos de tus actos impuros,
y con cada orgía fuiste su mecenas...
Iban y venían, sus monstruosos rostros
sus bocas babeantes, sus viejos colmillos,
sus cuerpos enfermos, sus ojos de fuego.
(Ya en mis pesadillas los había visto...)
Hijos de mi mente, pobres hijos míos,
que sin advertirlo en mis actos crueles
nacían cual ratas en el negro abismo
y que ahora rogaban que yo los libere...
Y escuché decir al Eterno Dante
- Hasta no lograr su total redención
les verás en sueños siempre visitarte
en tus noches febriles bañado en sudor.
- ¿¡ Cómo liberarme !? grité sollozando
¡ que ya no me persigan, que no vengan más,
no quiero acordarme de mis males tantos,
sólo quiero escribir mis poemas en paz!
Mis nobles guías dejaronme solo,
Las formas me rodearon, sudé de terror
hacían en ronda un deplorable coro
de ridículas voces y absurdo clamor
asaz mi desconcierto, miré atónito
y pude sorprendido observarlos mejor
todos eran de algún modo insólito
mis caricaturas, noté con estupor...
Sus ojos vampíricos eran los míos,
las muecas en los rostros me eran familiar
empecé a apiadarme de esos hijos míos,
admití honestamente mi paternidad.
Comenzó sincero mi arrepentimiento
por fornicaciones y actos de maldad,
por tantas mentiras, por tantos momentos
de hirientes palabras llenas de crueldad...
Y uno me tocaba, y otro me besaba,
y el otro me imploraba Sácanos de acá.
Todos me decían que es triste el Averno,
que cese el castigo, que cese el encierro
que sufrían hambre, que sufrían frío,
que los alimente con pecados nuevos,
que no me olvidara que eran hijos míos,
o que los libere del horrible Infierno.
Lágrimas saladas quemaban mis ojos
sufriendo en conciencia por mis desatinos
que trajeron vida a tales despojos,
en espurios goces de mis egoísmos...
En un largo llanto abracé a mis hijos
besándolos quise abrir los cerrojos,
que los liberara del triste destino
sintiendo en el alma un amor doloroso...
En radiante aura volvió Virgilio
junto con El Dante y un Ángel Glorioso
que era Metratón, el dueño del Hades
luciendo una espada de fuego en el cinto.
Los tres sonreían, con mirada tierna,
y al iluminarse el vasto recinto
con la luz gloriosa de miles de estrellas
los coros angélicos cantaban Himnos
Y vi se acercaba dejando Su Trono,
envuelto en centellas el Divino Cristo
con una radiante sonrisa en Su Rostro
y con esos ojos de azules zafiros...
Me hinqué de rodillas, me hice un ovillo,
y llegando ante mí Sus pasos detuvo,
y me habló con Su voz de Arcángel Divino:
Tu amor redimió a aquellos hijos tuyos,
Ya los liberé, ángeles son ahora
para obedecerte cual celeste tropa,
para que te inspiren las virtudes todas,
para acompañarte en difíciles horas
Desperté llorando de la ensoñación,
me había dormido en la Montserrat...
¿Todo ha sido un sueño, todo una ilusión?
¿La experiencia toda no ha sido real?
Los vivos recuerdos no me abandonaban,
del altar los cirios ya chisporroteaban.
Y desde la alta cruz Sus ojos miraban
cómplices los míos mientras yo le oraba...
Eduardo Morguenstern
Yo era un novicio de una logia arcana
Y debía bajar al horrible Abismo
Como inexorable prueba necesaria,
debía enfrentar la Sombra de mí mismo
que mora en lo hondo del mundo Inconsciente
(en la jerga gnóstica el Guardián del Umbral)
debiendo vencerla con amor valiente
para que se me abriera el Augusto Portal.
Me dieron un cáliz con negros licores
de un dulzón nauseabundo el mágico filtro
que bebí con prisa al sonar los tambores
y los ensueños vinieron solícitos.
Descendí al infierno con Dante y Virgilio
para redimir mis aspectos malditos.
Lo tenebroso y el aroma enrarecido
daban el espanto sensual de un delirio...
Los dos psicopompos guiaban mis pasos
por tortuoso túnel en el laberinto,
todo era lúgubre, y mil espantajos
proferían tristes lamentos y gritos.
No temas, me dijo, apretando mi brazo
la serena voz del Maestro Virgilio,
Son formas astrales, demonios y trasgos
nacidos aquí por tus actos malignos
Son elementales, tus hijos nocturnos,
creados por tus fantasías obscenas,
lúbricos hijos de tus actos impuros,
y con cada orgía fuiste su mecenas...
Iban y venían, sus monstruosos rostros
sus bocas babeantes, sus viejos colmillos,
sus cuerpos enfermos, sus ojos de fuego.
(Ya en mis pesadillas los había visto...)
Hijos de mi mente, pobres hijos míos,
que sin advertirlo en mis actos crueles
nacían cual ratas en el negro abismo
y que ahora rogaban que yo los libere...
Y escuché decir al Eterno Dante
- Hasta no lograr su total redención
les verás en sueños siempre visitarte
en tus noches febriles bañado en sudor.
- ¿¡ Cómo liberarme !? grité sollozando
¡ que ya no me persigan, que no vengan más,
no quiero acordarme de mis males tantos,
sólo quiero escribir mis poemas en paz!
Mis nobles guías dejaronme solo,
Las formas me rodearon, sudé de terror
hacían en ronda un deplorable coro
de ridículas voces y absurdo clamor
asaz mi desconcierto, miré atónito
y pude sorprendido observarlos mejor
todos eran de algún modo insólito
mis caricaturas, noté con estupor...
Sus ojos vampíricos eran los míos,
las muecas en los rostros me eran familiar
empecé a apiadarme de esos hijos míos,
admití honestamente mi paternidad.
Comenzó sincero mi arrepentimiento
por fornicaciones y actos de maldad,
por tantas mentiras, por tantos momentos
de hirientes palabras llenas de crueldad...
Y uno me tocaba, y otro me besaba,
y el otro me imploraba Sácanos de acá.
Todos me decían que es triste el Averno,
que cese el castigo, que cese el encierro
que sufrían hambre, que sufrían frío,
que los alimente con pecados nuevos,
que no me olvidara que eran hijos míos,
o que los libere del horrible Infierno.
Lágrimas saladas quemaban mis ojos
sufriendo en conciencia por mis desatinos
que trajeron vida a tales despojos,
en espurios goces de mis egoísmos...
En un largo llanto abracé a mis hijos
besándolos quise abrir los cerrojos,
que los liberara del triste destino
sintiendo en el alma un amor doloroso...
En radiante aura volvió Virgilio
junto con El Dante y un Ángel Glorioso
que era Metratón, el dueño del Hades
luciendo una espada de fuego en el cinto.
Los tres sonreían, con mirada tierna,
y al iluminarse el vasto recinto
con la luz gloriosa de miles de estrellas
los coros angélicos cantaban Himnos
Y vi se acercaba dejando Su Trono,
envuelto en centellas el Divino Cristo
con una radiante sonrisa en Su Rostro
y con esos ojos de azules zafiros...
Me hinqué de rodillas, me hice un ovillo,
y llegando ante mí Sus pasos detuvo,
y me habló con Su voz de Arcángel Divino:
Tu amor redimió a aquellos hijos tuyos,
Ya los liberé, ángeles son ahora
para obedecerte cual celeste tropa,
para que te inspiren las virtudes todas,
para acompañarte en difíciles horas
Desperté llorando de la ensoñación,
me había dormido en la Montserrat...
¿Todo ha sido un sueño, todo una ilusión?
¿La experiencia toda no ha sido real?
Los vivos recuerdos no me abandonaban,
del altar los cirios ya chisporroteaban.
Y desde la alta cruz Sus ojos miraban
cómplices los míos mientras yo le oraba...
Eduardo Morguenstern