Juno
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tengo una casa en la cima del Monte Olvido. Se llega por un camino escarpado que nace a los pies de un sueño moribundo y transcurre, abrazando la ladera bronca, hasta la misma garganta de su holgura silenciosa.
Dicen que se trata de un volcán dormido. Tal vez sea, por la escoria arracimada en sus taludes, o por el tizne que se anuda al talón del peregrino o acaso, por ese aliento cálido que desprende aun en las noches frías, vistiendo el tímpano de sus cornisas con fumarolas de cetrinas alas.
Apenas encontrarás entre las pizarras latidos nacientes de primavera mas, de tanto en tanto, si tus pasos no te apremian y fijas la mirada más allá de tu sombra, podrás descubrir algún pensamiento germinando en el basalto, su efímero arrebol.
A mitad del ascenso hay un lago de aguas mansas. En su espejo inhóspito se embeben de sal los párpados del alma atrapando en sus pestañas carcelarias, el llanto vertido desde el raigón de las nubes.
Acampada en la orilla, una barca yace de espaldas al cielo con las costillas descarnadas y su nombre, desliéndose en el viento. Encalló su verde estela en la intemperie de su derrota y sin remos, ni timón, ni velamen, renegó de los rumbos de la memoria. A su lado, arrebujadas, capitulan las redes que antaño codiciaron preñarse de escamas plata. Hoy, aquel vientre que aparejaba sólo alberga, estéril, un ramillete de olas desahuciadas lamiendo serenas su naufragio.
Desde allí, ya se atisba la techumbre coronando el túmulo donde se asienta. Y poco a poco, según se avanza, ves quebrarse el horizonte por recios muros poblados de musgo. La casa no tiene puertas, nada guarda que valga la pena pues no hay pena que quiera ser guardada.
Traspaso su dintel deshojado pagando el tributo con el sollozo que lastro y me pierdo, para encontrarme, en sus estancias polvorientas de ciegas ventanas, libre de aquel peso de orfandad del que siempre espera ante su marco.
Tengo una casa en la cima de un monte, se llama Paz, la Paz del Olvido....
Dicen que se trata de un volcán dormido. Tal vez sea, por la escoria arracimada en sus taludes, o por el tizne que se anuda al talón del peregrino o acaso, por ese aliento cálido que desprende aun en las noches frías, vistiendo el tímpano de sus cornisas con fumarolas de cetrinas alas.
Apenas encontrarás entre las pizarras latidos nacientes de primavera mas, de tanto en tanto, si tus pasos no te apremian y fijas la mirada más allá de tu sombra, podrás descubrir algún pensamiento germinando en el basalto, su efímero arrebol.
A mitad del ascenso hay un lago de aguas mansas. En su espejo inhóspito se embeben de sal los párpados del alma atrapando en sus pestañas carcelarias, el llanto vertido desde el raigón de las nubes.
Acampada en la orilla, una barca yace de espaldas al cielo con las costillas descarnadas y su nombre, desliéndose en el viento. Encalló su verde estela en la intemperie de su derrota y sin remos, ni timón, ni velamen, renegó de los rumbos de la memoria. A su lado, arrebujadas, capitulan las redes que antaño codiciaron preñarse de escamas plata. Hoy, aquel vientre que aparejaba sólo alberga, estéril, un ramillete de olas desahuciadas lamiendo serenas su naufragio.
Desde allí, ya se atisba la techumbre coronando el túmulo donde se asienta. Y poco a poco, según se avanza, ves quebrarse el horizonte por recios muros poblados de musgo. La casa no tiene puertas, nada guarda que valga la pena pues no hay pena que quiera ser guardada.
Traspaso su dintel deshojado pagando el tributo con el sollozo que lastro y me pierdo, para encontrarme, en sus estancias polvorientas de ciegas ventanas, libre de aquel peso de orfandad del que siempre espera ante su marco.
Tengo una casa en la cima de un monte, se llama Paz, la Paz del Olvido....
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