El niño que no firmaría por ti

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal

Hay un niño que te mira desde adentro, sin llamarte, sin interrumpirte, sin hacer ruido, como si observar fuera la única forma que le queda de existir en ti. Está sentado en una esquina sin paredes, con las rodillas sucias de haber creído demasiado y las manos abiertas, como si aún no hubiera aprendido a cerrarlas para protegerse. No te pide explicaciones, no te exige nada, pero te sostiene con esa mirada que no juzga y sin embargo, incomoda, porque en ella hay una pregunta que no termina de formularse: en qué momento te fuiste sin decir adónde.

Tú lo sientes a veces, en esos silencios que se alargan más de lo necesario, en esas palabras que dices sin creerlas del todo, en esa forma tuya de quedarte donde antes habrías huido. Él no entiende cómo llegaste aquí, no entiende por qué ahora piensas antes de sentir, por qué mides lo que das, por qué aprendiste a irte antes de que alguien pudiera pedirte que te quedaras. No entiende cómo te volviste tan hábil para sostenerte sin caer y tan incapaz de abandonarte sin cálculo.

No te admira. Y eso es lo que pesa. Porque no hay reproche en él, no hay rabia, no hay decepción aprendida; solo esa distancia limpia de quien mira algo que no reconoce como propio. Tú, en cambio, lo elegirías sin dudarlo, volverías a su manera torpe de amar, a su forma imprudente de confiar, a ese impulso sin defensa que lo llevaba a quedarse incluso cuando no había razones. Volverías, aun sabiendo cómo termina todo. Pero él no volvería a ti.

Intentas explicarle. Le hablas de lo que dolió, de lo que se rompió, de las veces en que no había otra salida. Pero él no entiende de argumentos, no negocia con la lógica del cansancio ni con la inteligencia del que ya aprendió a no perder. Solo te mira, con esa calma que no es paz sino certeza, como si todo lo que dices fuera una forma distinta de renunciar.

Y entonces se queda. No se acerca, no se va, no te interrumpe. Permanece ahí, intacto en su forma de sentir, como una posibilidad que no se repite, como una versión de ti que no sabe vivir a medias. Y en ese quedarse sin moverse hay algo más fuerte que cualquier palabra: la espera. No de que vuelvas a ser él, sino de que recuerdes, en algún momento, cómo era estar completo antes de aprender a sobrevivirte.
 
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Hay un niño que te mira desde adentro, sin llamarte, sin interrumpirte, sin hacer ruido, como si observar fuera la única forma que le queda de existir en ti. Está sentado en una esquina sin paredes, con las rodillas sucias de haber creído demasiado y las manos abiertas, como si aún no hubiera aprendido a cerrarlas para protegerse. No te pide explicaciones, no te exige nada, pero te sostiene con esa mirada que no juzga y sin embargo, incomoda, porque en ella hay una pregunta que no termina de formularse: en qué momento te fuiste sin decir adónde.

Tú lo sientes a veces, en esos silencios que se alargan más de lo necesario, en esas palabras que dices sin creerlas del todo, en esa forma tuya de quedarte donde antes habrías huido. Él no entiende cómo llegaste aquí, no entiende por qué ahora piensas antes de sentir, por qué mides lo que das, por qué aprendiste a irte antes de que alguien pudiera pedirte que te quedaras. No entiende cómo te volviste tan hábil para sostenerte sin caer y tan incapaz de abandonarte sin cálculo.

No te admira. Y eso es lo que pesa. Porque no hay reproche en él, no hay rabia, no hay decepción aprendida; solo esa distancia limpia de quien mira algo que no reconoce como propio. Tú, en cambio, lo elegirías sin dudarlo, volverías a su manera torpe de amar, a su forma imprudente de confiar, a ese impulso sin defensa que lo llevaba a quedarse incluso cuando no había razones. Volverías, aun sabiendo cómo termina todo. Pero él no volvería a ti.

Intentas explicarle. Le hablas de lo que dolió, de lo que se rompió, de las veces en que no había otra salida. Pero él no entiende de argumentos, no negocia con la lógica del cansancio ni con la inteligencia del que ya aprendió a no perder. Solo te mira, con esa calma que no es paz sino certeza, como si todo lo que dices fuera una forma distinta de renunciar.

Y entonces se queda. No se acerca, no se va, no te interrumpe. Permanece ahí, intacto en su forma de sentir, como una posibilidad que no se repite, como una versión de ti que no sabe vivir a medias. Y en ese quedarse sin moverse hay algo más fuerte que cualquier palabra: la espera. No de que vuelvas a ser él, sino de que recuerdes, en algún momento, cómo era estar completo antes de aprender a sobrevivirte.
Me ha gustado como ese niño interior representa una posibilidad que no se repite.

Saludos
 

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