Sira
Poeta fiel al portal
Lo vi en el suelo, con su plumaje níveo y algodonoso lleno de barro.
En sus ojos titilaba el terror, la desesperación y la angustia más acerba.
Me acerqué poco a poco a su lado, guareciéndolo entre mis manos;
después, reparé en el rastro carmesí que brillaba sobre la verde hierba.
Ay, pajarillo mal herido, en mala hora se cruzaron nuestros caminos...
Caído del cielo a mis pies, como un cometa, como un Ícaro abatido,
trato de ofrendar un consuelo que no te llega, ni querías o aprecias,
mientras tus alas rotas y exánimes baten débilmente sobre la verde hierba.
No volverás a remontar el vuelo, ni a surcar los cielos de azur rutilante,
ni los vientos te empujarán a lejanos destinos con caricias en el semblante.
Sí que puedo, no obstante, acompañarte en esta última y definitiva senda
y enterrar tu liviano cuerpecillo bajo su eterno sudario de verde hierba.
En sus ojos titilaba el terror, la desesperación y la angustia más acerba.
Me acerqué poco a poco a su lado, guareciéndolo entre mis manos;
después, reparé en el rastro carmesí que brillaba sobre la verde hierba.
Ay, pajarillo mal herido, en mala hora se cruzaron nuestros caminos...
Caído del cielo a mis pies, como un cometa, como un Ícaro abatido,
trato de ofrendar un consuelo que no te llega, ni querías o aprecias,
mientras tus alas rotas y exánimes baten débilmente sobre la verde hierba.
No volverás a remontar el vuelo, ni a surcar los cielos de azur rutilante,
ni los vientos te empujarán a lejanos destinos con caricias en el semblante.
Sí que puedo, no obstante, acompañarte en esta última y definitiva senda
y enterrar tu liviano cuerpecillo bajo su eterno sudario de verde hierba.