El paseante moribundo

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EL PASEANTE MORIBUNDO

Lentamente, intentando descifrar el angular petroglifo de la inmensa escalinata, fue descendiendo de La Butte. Pero aquel absurdo diágnostico...

París a sus pies, una vez más. Como una delicuescente constelación imaginada por Kandinsky.

Vaya, sólo quince días.

Eso sí, sin sufrimiento.

Hoy, con Madeleine, el amour fou en el pequeño apartamento de la Rue des Abbesses alcanzó las notas más excelsas en su particular pentagrama de deleites.

Por la mañana, en el Jardin des Plantes, el descomunal rinoceronte blanco era toda una sinfonía de vida. Para que después aquel raquítico doctor se atreva a ...

La Torre Eiffel, delicadamente delineada, orfebrería tallada en el ópalo de la noche... pero no aquella Torre Eiffel.

El prefería la otra, aquella distorsionada versión de Delanuy. Siempre había amado lo deforme, la distorsión como apéndice, como puerta tal vez, del caos.

Mansamente aceptaba: quince días, eso sí, sin dolor.

Cómo bailaron: alocadamente, como druídas giróvagos, aquel enloquecedor “La Valse à mille temps”.

Madeleine era aquel trompo multicolor de su infancia, que ahora se le presentaba en esa vacía pantalla de sus últimos quince días.

Mirándolo bien, así no tendría tiempo de ser el funcionario cascarrabias que tanto temía, cuando era presa de la depresión, cuando Madeleine no era un trompo, cuando apenas el pernod podía evitar la humillación de vivir.

Siempre pensó que si un día, en alguna improbable conjunción de circunstancias, su alma se sintiese colmada de belleza: entonces, allí, en ese mismo instante, paladeando ese cenit de placer, se quitaría la vida.

Ahora, ya en Rochechouart, la vida no era tan bella, ni siquiera tenía ya la placidez de la rutina.

Pero él seguía inmerso en un indefinible globo dorado, en un sueño trizado de armonías: Brel, Satie, Mozart (¿porqué venía ahora Mozart?. Ah, quizá su pérfido Requiem...)

Aquel rostro bellísimo entrevisto en el reflejo insidioso de una ventanilla del Metro... No, quizá no fue allí, ya nada es cierto...

Puede que Delvaux. Sí, Delvaux, tan onírico.

Pero abajo, tan cerca, apenas a veinte minutos, el canal de Saint-Martin, uno de sus paseos preferidos.

Los recurrentes reflejos de las viejas, queridas farolas.

Bueno.

Quizá sería un buen epílogo. Un poco monocromo, como finalmente ha sido su vida toda.

Sólo, tal vez, Madeleine en su pequeño apartamento, tan kistch.

El agua amiga, verdinegro espejo de la noche.

Tranquilamente, porque claro, quizá no sin dolor... sólo quince días, y no vamos a dejar el albur del sufrimiento...

El agua amiga.

El último abrazo femenino, no de Madeleine, no...

Pero también dulce …




 
Última edición:
De la mano de tu paseante he bajado la butte de Montmartre intentando ver con los ojos de Kandinsky, imaginando ese recorrido impregnada en el requiem de Mozart que me parece sublime del todo, de hecho he decidido escucharlo mientras visualizaba las orillas del Sena, éstas las he visto con Monet porque tengo frente a mi ése óleo que disfruto a diario, bien sùr, imaginando los impresionistas y el arte onírico y finalmente la disolución....

Cierras con un ballet de lujo.

Gracias Miguel, qué lujo....

Un gran abrazo.

Palmira
 
Muchas gracias, Palmira, mi estimada Uqbar, nunca desaparecida. París tiene, a mi entender (aunque ¿qué entendimiento se le puede atribuir a un enamorado?) la eterna fascinación que siempre mantendrá a un grupo de seres humanos unidos en el ideal de la Utopía. Mi agradecimiento por compartir ese sentimiento junto a Kandinsky, Mozart y Monet y ¿porqué no? yo mismo. Un abrazo, amiga mía
miguel
 
Muchas gracias, Palmira, mi estimada Uqbar, nunca desaparecida. París tiene, a mi entender (aunque ¿qué entendimiento se le puede atribuir a un enamorado?) la eterna fascinación que siempre mantendrá a un grupo de seres humanos unidos en el ideal de la Utopía. Mi agradecimiento por compartir ese sentimiento junto a Kandinsky, Mozart y Monet y ¿porqué no? yo mismo. Un abrazo, amiga mía
miguel


Así es, sin tu paseante, sin ti en definitiva, sin tu mirada y sin tu corazón puesto en ese tiempo no hubiera revivido...
Gracias Miguel.
 

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