El peregrino y la peste

Ayax

Poeta que considera el portal su segunda casa
Un peregrino muy sabio,
según antigua conseja,
por arenoso camino
se encontró a la peste negra.
El hombre santo, al instante,
a la figura siniestra.
-¿A dónde vas?-, le pregunta;
y la peste da respuesta.


-A tu ciudad me dirijo-
responde con voz muy quieta.
-A matar seis mil personas-:
sonríe, y sin más, se aleja.
Transcurren las estaciones
y por otra vieja senda,
a la peste, el peregrino,
una vez más, él, la encuentra.

-Dijiste que matarías-
el hombre sabio le expresa.
-Nada más seis mil personas;
y sin embargo sesenta
fueron los miles de gente
que tu guadaña perversa
sin piedad las tiene, hoy,
descansando bajo tierra.

La peste, sin inmutarse,
al peregrino le espeta.
- Yo sólo maté a seis mil,
no tiene razón tu queja.
Los demás que fallecieron-
la peste agrega, risueña-,
-los mató su propio miedo-
y sin decir más, se aleja.

 
Última edición:
Bien aprovechado el momento para compartir este romance que retrata esa pandemia que una y otra vez nos asola como castigo a todo el mal que causamos a la tierra.

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Te agradezco Maramin, por la amable deferencia que has tenido al visitar este romance. Gracias. Saludos, poeta
 
Te agradezco, poetisa Geortrizia, por tu amable visita a estas letras. Un cordial saludo.
 
Gracias, marlen2m, por tu amable visita y comentario a este romance. Un saludo cordial, poetisa.
 
Un peregrino muy sabio,
según antigua conseja,
por arenoso camino
se encontró a la peste negra.
El hombre santo, al instante,
a la figura siniestra.
-¿A dónde vas?-, le pregunta;
y la peste da respuesta.


-A tu ciudad me dirijo-
responde con voz muy quieta.
-A matar seis mil personas-:
sonríe, y sin más, se aleja.
Transcurren las estaciones
y por otra vieja senda,
a la peste, el peregrino,
una vez más, él, la encuentra.

-Dijiste que matarías-
el hombre sabio le expresa.
-Nada más seis mil personas;
y sin embargo sesenta
fueron los miles de gente
que tu guadaña perversa
sin piedad las tiene, hoy,
descansando bajo tierra.

La peste, sin inmutarse,
al peregrino le espeta.
- Yo sólo maté a seis mil,
no tiene razón tu queja.
Los demás que fallecieron-
la peste agrega, risueña-,
-los mató su propio miedo-
y sin decir más, se aleja.

Interesante. Sobre los abanicos del miedo y su mortal aire.
Saludos Ayax.
 

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